Don Cornelio como manifiesto de una generación

Palo Pandolfo, voz y guitarra de Don Cornelio
Palo Pandolfo, voz y guitarra de Don Cornelio
Don Cornelio, el espíritu adolescente y la última Navidad de una primavera democrática.
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18 de enero de 2017  • 19:09

Por Santiago Llach

Esto no debe estar en Google: aunque fue un hecho público, quizás solo ocupa bites en la caja misteriosa del pasado que aloja mi cerebro. Durante todo el sábado 24 de diciembre de 1988, el joven Mario Pergolini dio a conocer en un programa especial, transmitido por la Rock & Pop, los resultados de una encuesta sobre las mejores canciones del rock argentino. Empezaron al mediodía por el puesto número 100 (o el 50, quizás) y fueron pasando una a una todas las canciones. Por algún motivo (mi sensibilidad extrema, ser el hijo de un economista, tener 16 años), esa encuesta era importantísima para mí. Mario era una especie de Moisés que bajaba con los mandamientos rockeros en formato canción. Me quedé todo el día pegado a la radio, por momentos en un reducto que me había hecho en la buhardilla, donde había pintado leyendas rockeras con pintura roja, y por momentos en mi cama, con el extremo de los auriculares clavado en un walkman enorme y blanco.

Cuando empezaba a caer el sol y Mario comenzó con la cuenta de los últimos 10, mi viejo entró al cuarto a regar las macetas del balcón y me dijo que en un rato nos íbamos al festejo de Nochebuena. Yo lo chisté: no quería perderme un solo instante, una sola nota del countdown pergoliniano. Por la puerta ventana se veían las ramas del jacarandá de la vereda, con sus últimas flores lilas. Todavía faltaba un rato para la floración de enero, que solía coincidir con una invasión de vaquitas de San Antonio. Se oía a mi mamá ponerse linda para el evento navideño.

No puedo decir cuáles fueron las canciones más votadas. Seguro que Sumo y Virus (Federico se acababa de morir y Luca se había ido el anterior). Varias canciones de Páez. Todas las etapas y las bandas de Charly. Spinetta y sus eternas. Quizás los Cadillacs o los Pericos nacientes apuntaron alguna. Me animo a decir que los Redondos, que todavía tocaban en lugares chicos como Cemento, Airport o la Casa Suiza, no rankearon demasiado arriba; es más que probable que “Ji ji ji”, de futuro inmortal, no haya figurado. Sí, en cambio, poroteó a lo loco nuestra megabanda del momento, Soda Stereo, y en mi cabeza se encaminaba a clavar el mejor tema de la historia del rock nacional.

Don Cornelio y La Zona (1987)
Don Cornelio y La Zona (1987)

Yo tenía un favorito total. Esa que decía “Y sus labios de rouge dirán «algas»”: “Ella vendrᔠde Don Cornelio y la Zona. Durante todo ese año, había escuchado con devoción insana el primer disco de Cornelio, su pospunk surrealista, sus metáforas sombrías del fin de la primavera democrática, que al año siguiente llevarían a un extremo zarpado en Patria y Muerte, segundo y último disco de la banda, como un Pornography de The Cure pero politizado, criollo y ardiente. En el barro del antirock que practicaba la banda de Palo Pandolfo, brillaba la frambuesa policera de “Ella vendrá”: pero ni en su momento más pop y divino de esa primera etapa musical Palo dejaba de rockearla, en este caso con una letra de masturbación existencialista. Me gustaba tanto Cornelio (o me sentía tan especial por el hecho de que la banda me gustara) que el año anterior, cuando me había ido a hacer mi experiencia proletaria cosechando uvas en una finca en Nonogasta, La Rioja, había usado todo el verano una remera pintada a mano con la tapa cubista de aquel disco de oro de mi sensibilidad. En mi cuarto había pegado una nota de la revista Pelo en la que Palo ensayaba su estilo loquito de declarar. “El ritmo es la belleza que nos queda”, era el título. Después de disolver Cornelio, Palo armaría en los 90 Los Visitantes, y mi amigo Nagy y yo los seguiríamos por los antros de San Telmo. En la espuma de las olas cocainómanas, Palo siguió cultivando lo festivo y lo inaceptable, sacando discos como artimañas de sus estados de ánimo y lookeando como profeta antisistema del Oeste. Después lo abandoné, pero sé que en los 2000 siguió curtiendo la misma con algo de populismo zen.

Se acercaba la Nochebuena del 88 y Mario anunció que el puesto número tres era para “Noche de paz” de Sumo, que sonó más punk que nunca. Número dos: “Persiana americana”. Yo estaba indignado: entre las 50 canciones que había escuchado con dedicación toda la tarde, no figuraba “Ella vendrá”. Aunque albergaba una esperanza secreta. Y, por segunda y última vez en mi vida (la primera había sido Central campeón el año anterior), se produjo el milagro. Pergolini anunció que la mejor canción del rock argentino era “Ella vendrá”. Lo grité casi tanto como el penal del Negro Palma contra Temperley. Sentí que compartía un secreto y una estructura de sentimientos con un montón de gente. “Ella vendrᔠera el pleno lírico de una generación inadvertida, la mía.

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