
Dresde, en zepelín
Como en sus mejores épocas, un gigante del aire vuela otra vez sobre la ciudad germana y acompaña el último lanzamiento de una tradicional firma de relojes, que volvió a surgir después de la reunificaciónde Alemania. LNR se sube al globo para contar la experiencia en esta nota
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DRESDE.– Con la silueta de la imponente cúpula de la Frauenkirche (iglesia de Nuestra Señora), los techos reconstruidos de los viejos edificios y los interminables parques recortándose en el horizonte, unas diez personas caminaban muy temprano en la mañana por un terreno descampado hacia el gran dirigible. Mientras lo abordaban, otros descendían de la barquilla casi invisible debajo del globo. A los pocos minutos, la ciudad de Dresde, conocida como la Florencia del Elba, era testigo del majestuoso despegue.
En el ascenso del zepelín, lento y silencioso, uno podía comenzar a imaginarse cómo el río Elba se convertía en una serpiente que se arrastraba cruzando la ciudad. Sin embargo, la expectativa y la ansiedad provocaban una calma tensa entre los pasajeros. Así fue todo el viaje, que duró media hora. Algunos, más confiados, abrían las ventanillas para tomar fotos desde una perspectiva única: el puente de Augusto, el famoso palacio Zwinger, la Frauenkirche, la Opera Semper o el paisaje verde que rodea la metrópoli.
Gran parte de los edificios emblemáticos de esta ciudad, capital de Sajonia, en la ex Alemania del este, hoy lucen restaurados. Hablan de la imborrable tragedia del 13 de febrero de 1945, en la que los bombardeos de los aliados los destruyeron en un ataque con bombas incendiarias y dejaron más de 130.000 muertos.
Así, todavía con algunos en reconstrucción, Dresde, que ya celebró su 800° aniversario, conforma una postal apreciable sólo a unos metros de altura. La misma percepción de aquellos viajeros que, a principios del siglo pasado, realizaban sus pacíficos traslados en estos aeróstatos. "En el dirigible uno no vuela ni conduce, sino que viaja de la forma más bella que pueda asociarse a la palabra viajar", resumió Hugo Eckener, un legendario de la aviación y sucesor del pionero, Ferdinand Graf (conde) von Zeppelin.
Y fue con un moderno zepelín volando sobre la ciudad que la tradicional empresa de relojes A. Lange & Söhne celebró el lanzamiento de su último modelo, el Richard Lange de alta precisión. Su creación remite a un vínculo histórico: en 1935, la firma entregó dos grandes cronómetros de a bordo a la empresa del zepelín. Estos aparatos garantizaban la navegación fiable de los reyes del aire, y sólo se habían fabricado 15.
Esta vez, Walter Lange, bisnieto del creador de la firma, otorgó el nuevo reloj a un descendiente del conde, Wolfgang von Zeppelin, para que acompañara a los pilotos. De ese modo, se produjo el reencuentro de dos nombres en un territorio que los vio crecer: aquí se inauguró, en 1913, el primer aeropuerto civil para dirigibles y fue también el lugar donde nació el fundador de la empresa relojera, Ferdinand Adolph Lange.
Ambos colosos hoy cuentan en su haber con una historia digna de ser contada.
"Como un pez plateado..."
Varios hechos convirtieron a los reyes del aire en una leyenda: en 1929, el dirigible LZ 127 Graf Zeppelin logró dar la vuelta al mundo en 12 días, con 20 pasajeros a bordo. Otra hazaña: en 1931, el mismo dirigible transportó a varios científicos para explorar el Polo Norte. Sin olvidar el 2 de julio de 1900, cuando se elevó el primer zepelín por encima del lago Constanza.
En los comienzos, para comercializar su proyecto el precursor Ferdinand Graf von Zeppelin eligió al periodista Hugo Eckener, quien al poco tiempo se convirtió no sólo en el primer relacionista público de Luftschiffbau Zeppelin GMBH, sino también en el principal capitán de la flota.
Tras la muerte del conde, en 1917, y como director de la empresa, Eckener logró llevar a los dirigibles a la cúspide de la ingeniería alemana. Los comandantes a bordo fueron venerados como después lo serían los astronautas. En ese entonces, los zepelines eran considerados más rápidos que los transatlánticos y más flexibles que los ferrocarriles. Eso sí, no eran muy útiles para la guerra por ser pesados, grandes y lentos para las maniobras sorpresa.
Cada vez más gigantes, al final eran tan lujosos como los grandes hoteles. Contaban con habitaciones y salones donde los cocineros servían sus manjares. Quienes podían disfrutar de estos viajes eran ante todo personalidades del cine, de la política o de la economía.
"Como un pez plateado en el océano azul del cielo", así definió Eckener al zepelín que flotaba a unos 300 metros sobre la tierra. Para él era la forma más bella de progreso humano, hasta que sucedió la catástrofe del aeródromo de Lakehurst, en Nueva Jersey (1937). Justo antes de que el dirigible Hindenburg se acoplara al mástil de anclaje, los pasajeros sintieron una sacudida y, de repente, la parte trasera del vehículo descendió bruscamente. Murieron 36 personas bajo las llamas de los 190.000 metros cúbicos de hidrógeno; sobrevivieron 62, aunque gran parte de ellas con heridas graves. Hasta hoy no ha habido una respuesta definitiva sobre la causa del fuego.
El gobierno alemán embargó todos los zepelines y, en 1940, fueron desguazados. Recién en 1997, después de casi 60 años de interrupción, el Zeppelin NT, en Friedrichshafen, retomó la tradición de la navegación aérea iniciada por el conde.
Ligada históricamente con este icono de la aviación, una empresa relojera también tuvo sus momentos de esplendor y una brusca interrupción.
Con la marca del pasado
Dresde tiene una población que ronda los 500.000 habitantes. Y algunas perlas culturales que la hacen única. Su Orquesta Estatal es la agrupación de música más antigua del mundo. La Königliche Hofcantorey, su predecesora, fue fundada en 1548. Por allí pasaron, entre otros, Richard Wagner y Carl María von Weber.
Desde el aire se pueden ver los bellos edificios de sus museos, como el que alberga la Galería de los Antiguos Maestros, donde nadie puede perderse la Madonna Sixtina, de Rafael.
A pesar de que conserva sus tradiciones y cuida su patrimonio, Dresde no se ha quedado atrás en su desarrollo industrial. Alberga, por ejempo, sucursales de compañías dedicadas a la nanotecnología y otras disciplinas que miran con ansias al futuro. En la fábrica de A. Lange & Söhne, ubicada a pocos kilómetros, Kerstin Richter, jefa del departamento de montaje, realiza el ensamblaje minucioso de cada pieza y cuenta algunos pormenores del desarrollo industrial local. La historia de la firma en la que trabaja es, de algún modo, un ejemplo paradigmático de lo que ocurrió con muchas empresas alemanas antes y después de la guerra.
Fundada en el siglo XIX por el experto relojero Ferdinand Adolph Lange, la firma fue una de las más solicitadas hasta su expropiación, tras la Segunda Guerra Mundial. Luego el nombre desapareció y se volvió una leyenda entre los coleccionistas.Pasaron varios años de pausa forzosa hasta que, gracias a la reunificación alemana, en 1990,Walter Lange, junto con Günter Blümlein, entonces director de IWC (Internacional Watch Co. AG, en Schaffhausen, Suiza), creó la empresa Lange Uhren GMBH. Para garantizar su seguridad financiera la colocó bajo el techo del grupo relojero LMH (Les Manufactures Horlogères), que en 2000 fue adquirido por el consorcio suizo Richemont. Hoy que la industria relojera está en auge, Walter Lange se siente orgulloso de contar con 400 empleados y de seguir aliado a los viajes en zepelín, que son otra vez objeto de culto de los coleccionistas más exigentes.
Para los que pueden subirse a estos gigantes del aire, la silueta de Dresde a orillas del río resulta un espectáculo único. El viaje siempre tendrá asegurada una yapa: el clima excepcional con el que la ciudad supo ganarse el apodo de la Florencia del Elba.
awhite@lanacion.com.ar
Para saber más
- www.lange-soehne.com
- www.zeppelin-nt.com
Un gigante en Buenos Aires
Durante el amanecer del 30 de junio de 1934, el imponente LZ 127 Graf
Zeppelin surcó el cielo porteño rumbo a Campo de Mayo. Una multitud siguió su avance desde las torres y las azoteas, a pesar del frío matinal.
El dirigible (de 236 m de largo y 30,5 de diámetro máximo) había partido de Alemania siete días antes. Durante el trayecto, después de cruzar el océano Atlántico, amarró en Río de Janeiro, donde el escritor Manuel
Mujica Lainez, por entonces periodista de La Nacion, se embarcó para vivir una experiencia distinta: viajar hasta
Buenos Aires en dirigible. El zepelín tenía capacidad para transportar de 24 a 35 pasajeros.
En 1937, cuando se lo retiró del servicio, había realizado 590 vuelos, entre ellos, 144 cruces del océano.
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