Dulce espera en Rusia

En un tren de Pekín a Irkutsk, un test chino devela la incógnita: la Negra está embarazada; un ingrediente especial al fascinante viaje por Moscú y San Petersburgo, entre dobles de Lenin, históricos palacios y vestigios del comunismo
Marcos Crotto
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19 de enero de 2014  

Fuente: LA NACION - Crédito: Marcos Crotto

Somos los únicos pasajeros del vagón que custodia un vigilante ruso, serio, impecable en su uniforme de pantalón azul, camisa y chaleco. No bien el tren abandona la estación de Pekín, el ruso se queda en short, ojotas y musculosa. Su trabajo, durante 48 horas, consistirá en acomodar una y otra vez la alfombra del pasillo cuando alguno de nosotros vaya a buscar una taza de agua caliente para preparar una sopa o un té.

En el primer amanecer, la Negra entra al movedizo baño del vagón con el test de embarazo. Su atraso, conjeturamos al principio, respondía al dengue que la dejó groggy durante dos semanas en Camboya y le hizo perder ocho kilos. Pero en los últimos días afloraron síntomas equívocos: incipiente voluptuosidad (podría responder a un efecto rebote del adelgazamiento), llamativa necesidad de siestas (cansancio después de cuatro meses de mochilear por Asia), mareos abruptos (baja presión y calor), comportamiento psicológico errático (hartazgo de mi compañía).

Yo miro por la ventana donde pasa Manchuria, zona conflictiva en toda la mitad del siglo XX, tironeada por japoneses, rusos y chinos. Praderas de arroz y maizales, campos de martillos de petróleo y ciudades enteras que se construyen de la nada, todos los edificios a la par, ayudados por un ejército de grúas.

Regresa la Negra, el test chino trazó dos rayitas paralelas. De acuerdo con las gráficas del instructivo, existen tres resultados posibles de doble rayita; cada uno de ellos está explicado en ideogramas. Agarro el test y voy atravesando vagones en busca de algún chino que me confirme si voy a ser padre o no. Encuentro cuatro señoras en un camarote, están comiendo sopa de fideos de una caja de cartón. Estudian el test y las instrucciones, se ríen, se ríen mucho, y con los palitos hacen señas como que hay algo en la panza. Después, levantan un dedo. ¿Un niño?, pregunto; ¿un mes de embarazo?, pregunto. Imposible comunicarnos, no importa, la información fundamental ya fue dada con mímicas.

–Estás preñada –le digo a la Negra, nos abrazamos, llora–. Espero que no salga parecido al Sadu.

Una vez que se cruza la frontera, se desploma la densidad demográfica y el guardia ruso deja los shorts y las ojotas y se pone el uniforme reglamentario. El tren se dispone a descansar cuatro horas en un pueblo en medio de la estepa. Bajamos al cielo azul más limpio de todo el viaje.

Almorzamos croquetas en una fonda y así rompemos nuestra dieta de tostadas untadas con atún de lata avinagrado. Originalmente, el atún no tenían gusto a ese condimento, pero la botella de cinco litros de agua que compré en Pekín minutos antes de subir al tren resultó ser de cinco litros de vinagre de vino blanco.

Estoy en la tierra que quise conocer desde chico, la que aguantó el embate de las tropas de Napoleón y de Hitler; la que durante medio siglo lideró la superpotencia comunista hasta caer por su propio peso y desde adentro sin que nadie le tirara una piedra, y que ahora se encuentra controlada por los nuevos barones del gas y del petróleo.

Pero más allá de las vicisitudes históricas y políticas, lo que más me interesa de Rusia, le comento a la Negra, aunque no sé si me está escuchando, es que revolucionó todas las artes. Los rusos son fuertes, originales y cultos, le digo, tienen una voz propia en el arte y siempre están a la vanguardia.

Un cosaco en la mesa de al lado, uno grandote con chaqueta militar, nos pregunta con su inglés rústico de dónde somos. Cuando le contesto, dice algo que no es Maradona ni Messi. El tipo sigue repitiendo un nombre, sonríe, tararea una melodía, la Negra enarca las cejas. Cuando el ruso se pone a cantar cambio dolor por libertad , medio como separándola por sílabas, entiendo que se refiere a Natalia Oreiro.

Volvemos al vagón. Rusia, en ese primer día, es un desierto de pasto, pueblitos de casas de madera azules, rojas, verdes, naranjas, caballos y vacas sueltas entre las casas y algún nene rubio que le hace fuck you al tren. Hamacada por el traqueteo suave, la Negra duerme y duerme con una mano sobre su panza chata, ya conectada a esa diminuta potencia. Resplandece la luna en el desierto, más tarde amanece en los bosques de abedules, las montañas y la niebla. Así será todo el día, bosques y bosques y el tren cruzando ríos, rodeando lagos y dejando atrás pueblitos solitarios de madera.

A la tarde llegamos a Irkutsk, la París de Siberia de acuerdo con la guía, aunque, a simple vista, se asemeja más a la Rosario de Siberia: una ciudad junto a un río, con algo vinculado al comercio fluvial y monumentos estalinistas.

Irkutsk y lago Baikal

En el andén nos espera Julia, couchsurfer, profesora de inglés, peinado punk teñido de rojo. Nos lleva a pasear por la ciudad, mitad de diseño italiano barroco, mitad de igualitarismo comunista. En un sótano muy agradable cenamos unos extraordinarios panqueques de papas con huevos de pescado y crema ácida. Dormimos en lo de Julia, un monoambiente invadido de cucarachitas. Ella dice que hace calor, nos deja su cama y se acuesta sobre unos almohadones en el balcón. Le pedimos un refuerzo de frazadas.

Al otro día nos vamos en combi hacia la isla Olkhon, en el lago Baikal, el más profundo del mundo, dato poco práctico para mí porque con este frío no voy a meter ni un pie. Nos hospedamos en un albergue ecológico , regenteado por una familia local. Lo ecológico obedece a que hacemos nuestras necesidades en un pozo que compartimos con el resto de la familia y los vecinos de toda la cuadra, en una casucha a la intemperie.

El pueblo es muy simpático, calles anchísimas de arena donde pasan Ladas y demás autos que no paran de toser, señoras que se tapan el pelo con pañuelos coloridos, barbudos medio borrachos de vodka vestidos de milicos y jaurías de perros que llevan siempre una cruza de siberiano.

A la Negra le empieza a caer la responsabilidad por el embrión que se acelera dentro de ella. A la siesta se encierra en una casa rodante, el único lugar del pueblo donde hay Internet, a consultar páginas de embarazadas hasta que la saco de ahí y nos vamos a caminar por la zona de los acantilados. Llora y ríe al mismo tiempo.

–Son las hormonas –me dice–, vos ahora me tenés que tener paciencia y acompañar emocionalmente.

A mi intelecto varonil, el mandato le resulta un tanto abstracto.

Todas las tardes descansamos bajo un pino cerca de un peñón blanco, que surge desde el turquesa profundo del lago. Históricamente, esa isla fue una zona de chamanes de una tribu vieja y nómada de Mongolia que practicaba ritos frente al fuego, de modo que no falta el hippie con una pluma de águila trinchada en la cabeza que intenta vendernos artesanías.

Dejamos la isla, en Irkutsk dormimos una noche más en lo de Julia, nos tomamos un avión a Moscú.

Moscú

Después de un colectivo, tres combinaciones de metro y otro colectivo, Alex, couchsurfer, nos abre la puerta de su departamento.

Alex tiene treinta y cinco años, es programador de sistemas free lance y vegano. Me comenta que está escribiendo una novela de ciencia ficción. La historia trata de unos marcianos que dominan la Tierra y reducen a los humanos a vivir en campos de concentración. No sé si lo habrá influido más la política de Stalin o el señor McFly de Volver al Futuro.

Esos días vamos a visitar la catedral de San Basilio, que es esa famosa coronada por conos que parecen de pastelería y a caminar por la Plaza Roja, tan vinculada al comunismo. De ese proyecto humano, sólo quedan puestitos ambulantes de merchandising y tres Lenin y dos Stalin pedigüeños que se sacan fotos con los turistas. También hay muñecos humanos de Bob Esponja, Avatar, Shrek y demás personalidades que forman una murga molesta.

Entramos al Kremlin y a su colección de capillas y edificios. Desde ahí gobernaban los zares. La guía de un grupo de mexicanos, al que nos acercamos discretamente charlando entre nosotros en francés de acento bruto, comenta la historia del primer zar, Iván el Terrible, quien mandó durante casi cincuenta años, en el siglo XVI. Centralizó el poder en Moscú, formó las bases de un estado moderno, conquistó territorios e importó la imprenta. También, de acuerdo con la guía, que ya empieza a mirarnos de reojo, Iván arrojaba perros desde las torres, empalaba a amigos o enemigos, se encerraba días enteros a rezarle al Dios ortodoxo y también a brujos, gritaba en medio de la noche y también de día cuando se tiraba fuertemente de la barba, y, en un ataque de rabia, mató a su hijo mayor a bastonazos. Nadie, después de Adán, ha pecado tanto como yo , escribió Iván.

Vamos al mausoleo de Lenin. El líder intelectual de la revolución quería que lo enterraran junto a su madre, en San Petersburgo, pero los comunistas lo embalsamaron para exhibirlo en un mausoleo, en la Plaza Roja.

La fila está llena de chinos, tengo un déjà vu con la experiencia de la visita a Mao, en Pekín, aunque digamos que el mausoleo de Lenin es más sobrio. En el medio está la pecera con Lenin, bastante más petiso que sus dobles turísticos; es un hombrecillo, acostado, de traje. Los chinos le ofrecen sus tres reverencias y siguen de largo. Los rusos lo miran con algo de nostalgia. Me desorienta un poco la reverencia sentida de la Negra hacia la pecera. Su aporte a la izquierda internacional, hasta ahora, que yo sepa, ha sido votar en todas las elecciones por Lilita Carrió. Ya de nuevo en la luz del día le pregunto si se siente bien. Me comenta que justo la estaba mirando el soldado, serio, y por eso hizo eso. Aparentemente, la presión psicológica del régimen todavía tiene algún efecto de adoctrinamiento.

Caminamos sin rumbo por esta lindísima ciudad. Hasta el subte es imponente, el Palacio Subterráneo . Las estaciones son de mármol, tienen mosaicos, esculturas, cúpulas, arañas, faroles de hierro.

A orillas del Moscova, el río que atraviesa Moscú, una estatua inmensa desentona groseramente. Es un Colón empuñando un mapa enrollado a bordo de una carabela que también es de bronce. La hizo un escultor en 1992 para ubicarla en algún país hispanohablante con motivo de los 500 años de la conquista. Previsiblemente, nadie quiso saber nada con la estatua, que incluso, en algunos lugares, amenazaba la seguridad del tráfico aéreo. Rápido y algo desesperado, supongo, el escultor cambió la cara de Colón por la de Pedro el Grande, dijo que el mapa en verdad era el nuevo corpus jurídico de Pedro y la carabela pasó a ser un barco de la flota del zar. Como el intendente de Moscú era amigo del escultor, y chanchullo mediante, la ubicaron ahí. Los moscovitas la odian y no sólo por motivos estéticos: fue Pedro el Grande quien decidió mover la capital a San Petersburgo. Los bolcheviques, tres siglos más tarde, la trasladaron de nuevo a Moscú.

Bien entrada la noche volvemos a lo de Alex, que sigue frente a su computadora, donde lo dejamos a la mañana, con el mismo jogging y su taza de té, los anteojos y unas cervezas para ofrecernos. El último día, antes de despedirnos, nos da un consejo: "Lo más lindo de San Petersburgo son sus nubes, vienen del mar del Norte y eso las hace únicas, mírenlas". Poético Alex. Nos tomamos un tren hacia San Petersburgo.

San Petersburgo

Llueve en la estación. Protegida con un paraguas, nos espera Katya, 21 años, couchsurfer. Su departamento queda en el centro de la ciudad. Es un departamento antiguo, de techos altos. Bohemia Katya. En la casa se amontonan guitarras, guitarritas, un piano. De acuerdo con el estado de ánimo, ella agarra un instrumento y ejecuta algo mientras canta no demasiado afinada.

San Petersburgo era un pantano hasta que a Pedro el Grande, en el 1700, se le ocurrió que los rusos debían civilizarse y parecerse más a los europeos. Tapó el pantano y trajo los mejores arquitectos italianos para que diseñaran la ciudad imperial y elegante que es hoy. Caminamos por palacios, iglesias, puentes, canales y más canales ("a los rusos no nos gustan los canales, nos gusta la tierra", nos dijo Alex).

Vamos al impresionante Palacio Peterhof, en las afueras de la ciudad. Paseamos entre su proliferación de fuentes y cascadas casi vulgares de tanto dios y angelito. Desde ese palacio, los nazis coordinaron el sitio de Leningrado, en 1941. Duró más de tres años y más de un millón de ciudadanos murieron de hambre. Los sobrevivientes comieron gatos, perros, palomas y hasta cadáveres humanos. Un libro que me prestó Katya cuenta la historia de Tatiana Sávicheva, una niña de 11 años. Tatiana anotó en su libreta el día y la hora en que se fue muriendo toda su familia: abuela, tíos, la mamá, los hermanos. En cada página escribió un nombre y junto a él la hora en que murió. Cuando ya no quedaba nadie de su familia, escribió: "Murieron todos". Y, en la última página, y en tercera persona: "Sólo quedó Tatiana". Así de simple, objetivista y triste es el diario de Tatiana.

En el muelle del palacio nos tomamos un barco que nos deja frente al Hermitage, el museo con la colección más grande del mundo. Entre tanto objeto artístico, la utilidad marginal para valorarlos se me acerca a cero a la hora, hora y media como mucho. La de la Negra, tal vez por el sueño que le produce el embarazo, se desploma más rápido. No bien entramos en una sala, se sienta en algún sillón y observa los cuadros con la audioguía pegada a la oreja. A los pocos minutos, empieza a cerrar los ojos y a cabecear; yo la despierto una y otra vez. La Negra deambula sonámbula entre cuadros y esculturas hasta que encuentra otro sillón. Ya afuera, vamos a un parque y se echa en el pasto.

–Dormiría hasta mañana –me dice.

Al rato ronca. Agarro un palo y la empiezo a pinchar en el hombro.

–Dale, Negra, hay que aprovechar, no exageres, dale.

Como no reacciona, le meto un pastito en la nariz. Hubiera sido más prudente levantar de la siesta a Iván el Terrible. Aparentemente no estoy cumpliendo mi rol de contenerla emocionalmente.

La que sí la contiene es Katya. Cada noche le prepara baños de espuma y le ofrece el pastel nuestro de cada día. No hay modo de escaparle al pastel de limón, cruda la masa casera y demasiado ácido el relleno. Katya nos mete porciones gruesas en el tupper que nosotros les ofrecemos a las palomas de la ciudad, y a la noche, contenta ella de ver cómo lo terminamos, nos hornea otro.

El último día, Katya insiste en llevarnos al aeropuerto. Se levanta temprano para hornearnos de sorpresa el último pastel de limón, pero por algún motivo lo demora en el horno, así que ahí estamos con la Negra, en la cocina, pesados de valijas y mochilas, mirando nerviosos el reloj. Cuando por fin el pastel está listo, Katya busca las llaves del auto y se viste al mismo tiempo y agarra los apuntes de la facultad y llena su termo con té verde. En la calle, no se acuerda dónde dejó el auto la noche anterior. Al final lo encuentra y maneja como una loca en la lluvia. Para somatizar mis nervios, me atraganto con el pastel, que por lo menos esta vez no tiene la masa cruda.

De milagro llegamos al avión que nos llevará a Israel. Desde el cielo observo por última vez la ciudad más linda que vi en mi vida, escondida por las nubes.

  • El autor es escritor. Ganó el Premio de Cuentos Juan Rulfo en 2011. Acaba de publicar Sacramenta (Paradiso, 2013), su primer libro de relatos
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