Easy o el sentido de la verdadera empatía

Mercedes Funes
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12 de octubre de 2019  

La imagen causó indignación. Una gran bandera violeta sobre la que se leía en rosa: "Ni machos ni fachos. Colectivo de Varones Antipatriarcales". Detrás, las cabezas de diez hombres de riguroso pañuelo verde y puño en alto. En el posteo, un tal Tomás se pronunciaba orgulloso de militar con sus compañeros. "Se va a caer y si no lo pueden tirar las chicas, lo tiraremos nosotros". Tomás resultó no ser ninguno de los muchachos de la foto, pero el tuit sirvió para plantear la pregunta: ¿qué esconden los supuestos aliados que para sentirse pares necesitan sobreactuar deconstrucción? ¿No debería ser un gesto cotidiano, sin necesidad de puños alzados, que los varones trataran como pares a sus compañeras en la vida y en el trabajo?

Hace rato, por suerte, que venimos cambiando conductas que habíamos naturalizado. Y sin embargo a veces olvidamos que el cambio es un ejercicio, no una pose. Mientras la revolución avanza, cuesta no ver la realidad desde los manuales que explican lo que pasa y lo que debe ser, como si bastara una sola clave para entender algo tan complejo como la conducta humana. Pero el cambio real requiere volver a pensar algunas convenciones juntos y revisar nuestras historias con esa empatía que tanto reclaman quienes se suponen jueces de una verdad siempre blindada y absoluta.

Relaciones actuales

Por eso me gustó tanto un capítulo reciente de Easy, una serie que explora puntos de vista diversos (y a veces antagónicos) sobre el sexo y las relaciones actuales. Uno de los personajes centrales, Jacob, es un reconocido autor de novelas gráficas; en este capítulo es sorprendido por una publicación autobiográfica de una ex alumna, que lo retrata como un profesor abusivo. Todos los personajes, al principio, leen la situación de acuerdo con los estereotipos de la época: Jacob, en el papel de macho a la defensiva, despotrica contra el clima social (nefasto para los varones, dice) y desconfía del timing de la publicación (¿por qué, pregunta sarcástico, nunca habló del tema en catorce años y elige hacerlo ahora?). Confirmando los temores de Jacob -a quién, hasta este capítulo, no le vimos actitudes machistas-, le cancelan una conferencia en forma preventiva. Es otra convención de la época: tanto ignoró la Justicia a las víctimas de abusos, que aceptamos que toda denuncia de una mujer debe tomarse al pie de la letra. Si no hay condena judicial, que haya condena social.

Cuando Jacob y su ex alumna se encuentran, por fin, también su discurso es estereotipado. La chica asegura que la experiencia "la marcó" y que para ella es "liberador" expresarla después de tantos años. Pero entonces ocurre algo delicado, casi mágico: a medida que los personajes hablan, la historia se humaniza. La lente ideológica, las frases hechas, la explicación única para todos los males, se transmutan en algo más vivo: la historia de dos individuos. El discurso de la chica se despoja de clichés, se hace más personal. Dice: "Lo que pasa es que vos decías que yo era una artista genial y, después de que nos acostamos, dejaste de prestarme atención". Jacob, a su vez, explica: "Yo no te elogié para acostarme con vos y después dejarte. Realmente creo que sos una gran artista. Lo que pasó fue que me puse paranoico: había estado con una alumna, que además era casada, tuve miedo de perder mi trabajo y de que tu marido me matara."

Los dos entienden que lo que sucedió años antes, en efecto, lastimó a la chica, pero no por las razones que ella (y el mundo laboral que cancela a Jacob) habían interpretado. Jacob entiende que se portó mal, aunque no necesariamente por las razones que el manual del #MeToo asigna hoy a estos casos: el dibujante no era, a fin de cuentas, el agente de un patriarcado opresor, sino apenas un hombre egoísta y no muy valiente. Tal vez la deconstrucción no requiera esconder nuestra humana cobardía detrás de una bandera, sino pasar en limpio nuestras historias con empatía real.

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