El amor está a prueba

La gravedad de la crisis económica y social parece poner en suspenso o incluso condenar la necesidad de expresar y consolidar los afectos
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30 de diciembre de 2001  

Todo iba bien hasta que el padre de Pablo decidió no salir más de su pieza.

–¡Vamos, abuelo! –gritaba Micaela, la hija de Pablo, golpeando la puerta del altillo donde el viejo vivía–. ¡Papá se casa!

Ahí entraba yo en la historia. Como era su amigo, y padrino de la boda, Pablo quería que convenciera a su viejo de que saliera. “¿Cómo va a faltar a mi casamiento? –decía–. ¡Pobre viejo!” Había sido periodista y cada vez que el país hacía crac y se hundía un poco más, se encerraba y se negaba a hablar.

–¿Qué hago? ¿Llamo a Adriana y le cuento? –me preguntó Pablo preocupado.

–¿Por qué no? ¿Acaso ella no te llama y te cuenta todas sus malas noticias? –respondió Gastón, el hijo mayor de Pablo, que quería ser director de cine y ahora trabajaba de noche en la heladería de la esquina. Gastón y Micaela no querían saber nada con el nuevo casamiento de su padre.

¡Tenían sus razones! Su madre, la ex mujer de Pablo, alcohólica reincidente, ahora estaba internada con esquizofrenia.

El mismo Pablo, bioquímico, había visto cómo cerraba su laboratorio y vivía de un contrato temporal en un ministerio.

Por el lado de Adriana, las cosas no eran más fáciles. Rubén, el padre de su hijo, que nunca había querido formalizar con ella, era un conocido funcionario que estaba preso por robar; la misma Adriana, que ahora trabajaba en la farmacia de su hermano, había recibido la noticia de que ese mes iba a cobrar la mitad.

–Cierto, papá –agregó Micaela–. ¿No pueden seguir cada uno en su casa? ¿No ven cómo está todo? ¡Esa era la gran pregunta! ¿En la crisis había lugar para el amor? Mirar con ternura a los ojos amados, ¿era traicionar a los suyos, a los amigos necesitados, a la sociedad? De pronto sonó el teléfono. Atendí. Era Adriana. –¿Cómo estás? –me dijo–. ¡No paro de vender pastillas para dormir! Mi hermano puso una cara horrible cuando le dije que mañana me caso. Su mujer no para de hablarle mal de mí cuando llega tarde a la casa. ¡Y como si esto fuera poco, me llamó Rubén desde la cárcel! ¡Tuvo un ataque de misticismo! ¡Me habló de Dios! ¡Me dijo que pronto va a salir y que si me caso con otro lo va a matar, porque no permite que “un cualquiera” toque a su hijo! –Es Adriana –le dije a Pablo–, que te quiere mucho.

–¡Yo te quiero más! –agregó Pablo y cortó.

Esa noche me quedé pensando. ¿Había “una conjura de los astros” contra ellos, como dicen los poetas? El día de la boda, el teléfono empezó a sonar temprano.

–¡Más malas noticias! –me dijo Pablo–. El hermano le dijo a Adriana que se tiene que quedar en la farmacia hasta que él cene y vuelva. Entonces, digo yo, ¿vale la pena hacer un asado a las 11 de la noche? Ella no le puede decir nada porque su chico se cayó y se torció un pie; tiene que dejar el trabajo para llevarlo al hospital. Además, mis compañeros me informaron que hacemos un piquete frente al ministerio porque no nos pagaron. Y el gallego del club avisó que si no le adelantamos plata no puede comprar la carne para hacer el asado. ¡Ah, y mis hijos me anunciaron que no van a venir! A la misma hora, hay un recital gratis.

–¡También pueden tomar el supermercado que está frente al club! –le dije–. ¿No querés que te ponga un custodio por si sale Rubén y viene a matarte? ¡Vamos, hay que seguir! ¡Yo hablo con los muchachos para juntar un anticipo!

–No te olvides de mi viejo... –me repitió. A la tarde fui, le hablé, le rogué que saliera.

–Usted no me comprende, váyase –me dijo después de un silencio.

Entendí. Era su manera de resistir. Así expresaba su desagrado a todo lo que pasaba.

Nos juntamos a medianoche en el fondo del club.

No había asado, pero sí sidra y cerveza. Y, en un gesto que lo honraba, el gallego había conseguido un poco de queso y salame. No hacía falta más.

–¡Que vivan los novios! –gritamos alzando los vasos.

Adriana estaba hermosa y Pablo radiante, más divertido que nunca. Ahí comprendí que por mal que nos vaya, el que está vivo pelea y sigue adelante. ¿O hay que pedir permiso para ser feliz?

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