El arte de la caligrafía renace en Manhattan

Juana Libedinsky
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11 de mayo de 2013  

Quienes crean que la caligrafía está muerta que pasen un par de días en el superconservador Upper East Side de Manhattan. Toda misiva tiene que ser escrita a mano y en papel membretado. Por ejemplo, si es el cumpleaños de alguno de mis hijos, sus amigos de uno a tres años vienen a casa y traen el regalo de rigor. Supongo que como ejercicio de gratificación diferida (después de todo, hay estudios que dicen que los niños que lo logran resultan adultos más exitosos en lo laboral), no está bien visto dejarles que abran el regalo inmediatamente. Recién cuando termina la fiesta, y en privado, pueden hacerlo. Al día siguiente, acercarse a una mamá a la salida de la escuela y decirle "mil gracias, a fulanito le encantó el osito de peluche", es un faux pas tremendo. Hay que escribir, a mano, un largo relato como si se estuviera en la piel del hijo explicitando las delicias que traerá a su vida la mochila de Dora la Exploradora, el tren con la cara de Thomas o el disfraz de princesa/bombero/asistente dental (por alguna razón que no queremos particularmente explorar hemos recibido varios de este último tipo). Reconozco que esta vuelta a una especie de etiqueta victoriana me encanta, pero también me parece exagerada.

Tras cualquier fiesta, cocktail o té canasta hay que mandar una misiva a mano aunque haya sido con la gente con la que nos lo pasamos texteando e intercambiando mails y whatsapps. Cartas de recomendación para un consorcio de copropietarios, club, escuela o grupo que juega a las bolitas: todo debe ser de puño y letra también.

Dicen que Manhattan es una isla muy aislada del resto de Estados Unidos y quizás esto sea una nueva prueba. Porque, mientras en la Gran Manzana, o al menos, en sus sectores más burgueses, todo el mundo tiene su pluma lista para cualquier eventualidad cotidiana, el órgano central de educación de Estados Unidos dictaminó que ya no es obligatorio enseñar cursiva en la escuela.

Algunos especialistas aplaudieron la decisión. Morgan Polikoff, de la Universidad de California del Sur, en The New York Times sostuvo que en la era digital aprender cursiva es una pérdida de tiempo y que con que los chicos sepan a tipear y escribir en mayúsculas, basta. Otros se están rasgando las vestiduras. Señalan estudios que muestran que escribir letras unidas entre sí ayuda a un tipo particular de desarrollo mental (algo que Polikoff desestima) y que todo lo que se enseña no tiene por qué ser práctico, puede ser bello también. Y que necesitar un decodificador electrónico para entender las cartas de amor de la abuela (ni que hablar de cualquier archivo histórico) equivale, mas o menos, al fin de la civilización occidental.

Personalmente, siento que al tomar notas manuscritas se me "graba" en la cabeza lo que dice una persona mucho más que si lo hago con un teclado. Cuando apuntaba los compromisos en mi agenda de papel, solía olvidarme mucho menos de ellos que ahora que uso una versión electrónica (aunque claro que entonces no tenía niños y retenía mayores facultades mentales). Pero la buena caligrafía, finalmente, es un arte. Muchos somos particularmente poco dotados para escribir en cursiva, o para que salga moderadamente bien tenemos que dedicarle una cantidad extraordinaria de tiempo. Sí, puede ser algo lindísimo: cuando mis padres, ambos arquitectos, hacen una lista de compras para el supermercado o el corralón, dan ganas de enmarcarla por la delicadeza de cada garabato. Pero qué bueno, para mí, estar escribiendo esta columna en un teclado.

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