Eliminatorias '94: El ciclo del desencanto de la Selección

Y un día tenía que pasar: de locales y ante una multitud, la selección pos-Maradona sufrió una goleada histórica contra Colombia.
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30 de abril de 2014  • 15:58

Fue la mejor y la peor de las épocas, la era de la sabiduría y la de la desesperación, la edad de la inocencia y la del cinismo, la de la luz y la de las tinieblas, el verano de la esperanza y la primavera de la desolación. Con camisas leñadoras, una guitarra al hombro y nuestras melenas latinas dejadas al estilo de las rubias cabelleras de la periferia de Seattle, nos fuimos a Buzios, al sur argentino y a Manhattan a hacernos hombres, hombres del estado libre asociado al mundial.

Estábamos en el colmo de nuestro estado atlético. Se habían apoderado de Buenos Aires los años noventa: Caix, el Cielo, los campos verdes del fútbol de zona norte, la piedad musulmana, Nirvana, los Red Hot y tantos toques que ya perdimos la cuenta.

Sobre nuestras ligeras mochilas sentimentales, imágenes que nos había dado la tele se posaban tan fuertes como las canciones suicidas del indie que sonaban en nuestros discmans. Por ejemplo: el Cani en película muda diciendo "¡Diego, Diego!", habilitando el toque del mago para subir a lo alto del verano italiano. Los 20 son la edad más tonta, y en eso estábamos. Integrábamos bandas que afilaban con piedad el futuro del mundo: nos entregamos con mansedumbre a la esperanza de la apertura de la cuenta capital, al impulso vital de lo que prometían los magos blancos.

Y estuvo la noche en que fuimos inmortales por última vez. Fue el 5 de septiembre de 1993 en el estadio de River: hay historias perfectas, días en que la sinfónica toca poseída por el oído de Dios. ¿Pero qué pasa cuando la banda que la toca es una banda aparte, una banda de afuera? Nosotros, los chicos de la época, estábamos haciendo el trámite del posdieguismo y estábamos, no lo sabíamos, apenas en una escala más, no la última, en la historia de la pasión de ese al que llamábamos Dios, que resucitaría después del Desastre de Núñez, para llevarnos al Mundial. Nosotros nos hacíamos hombres sensitivos mirando arder la juventud de Winona Ryder en Generación X. El Mundial se jugaba en los Estados Unidos, Pompeya y más allá: esa iba a ser otra historia, la enfermera y el enfermo de la mano rumbo a la cirugía de las piernas más hábiles de la historia.

Estábamos inundados por los espejos de colores del mundo. Fue la era de los delanteros de pelo largo, bestias holladas por Copas América. Y esa tarde fuimos a Núñez al encuentro de -como diría ese que vino a decir que todo ya estaba dicho, Borges- nuestro destino sudamericano.

Y, desde las alturas panópticas del Monumental, vimos aparecer a los muñecos de Playmobil que iban a tocar la música fina de la banda café. Negros ralentados y el de la peluca amarilla salido de un videoclip de hip-hop. Colombia era una banda amiga, traficantes de la dulzura infernal, el fútbol total en versión realista mágica.

Eran poetas oscuros en tiempos luminosos. Fue apenas un partido de fútbol, mirá qué nombres terribles: los poetas Valderrama, Rincón, Leonel Álvarez, Faustino Asprilla, el Tren Valencia, el Chonto Herrera, Óscar Córdoba. Era la era de los jeroglíficos cubistas fosforescentes en los buzos de los arqueros, el joint venture del capitalismo y el peronismo, el fulbito hecho show minimalista musicalizado por Vangelis. Era la era cuando todavía creíamos que Subiela, Benedetti y Menotti escribían buena poesía: esa noche terminaron los años setenta.

Esa tarde el fútbol tuvo rosca. Esa noche el Tino Asprilla bailó sobre cáscaras de banana. Fue una noche gloriosa pero al revés. No hacía mucho que habíamos abandonado nuestros sueños. Los 20 son la edad más tonta. Un grupo de gurúes colombianos puso a Basile contra los fantasmas de Diego y de Bilardo. El fútbol total de Maturana brilló esa noche, la noche en que aprendimos que los buenos eran los otros.

Ese partido ya no pudo narrarlo Gabo, refugiado en la isla de la impiedad. Fue la crónica de una muerte inesperada. ¿Qué nació y qué murió en esa noche de los pelos largos? La sucesión maradoniana, quizás: no era con los mandobles de Batistuta y Medina Bello. Éramos humanos, éramos argentinos. Con soberbia insegura buscábamos la síntesis del bilardismo y el menottismo, con tanta soberbia que el romanticismo terminó siendo de los malos, de los luchadores, de las bestias. Ni Redondo y su ideología de pedir la pelota pudieron con la noche brillante de la selección caribe. Colombia y Argentina se unieron para siempre, con metáforas que nacerían de esa cópula: cumbia, tropicalismo y cartelería.

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