
Francisco Vignale es el único argentino que completó la vuelta al mundo en la Volvo Ocean Race 2015, la célebre regata transoceánica. Entre olas de 20 metros, vientos que tumban gigantes y noches plácidas de delfines y luciérnagas marinas, cumplió su misión: registrar todo lo que pasaba a bordo durante los nueve meses que duró la carrera.
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Por Constanza Coll - Fotos Gentileza Francisco Vignale
En el medio del océano Pacífico, entre las latitudes 40° y 50° Sur, el viento sopla a 100 kilómetros por hora y las olas alcanzan los 20 metros de altura. Por estos mares australes se corría la quinta etapa de la Volvo Ocean Race, las 6.700 millas (12.400 km) de agua que separan Nueva Zelanda de Itajaí, en la costa de Brasil. Francisco Vignale estaba en cubierta, bajo un cielo infinito de nubarrones cargados de lluvia y relámpagos, cumpliendo su guardia con otros tres tripulantes. Sabía que este era el tramo más difícil de toda la regata, que por algo lo llaman "la ruta imposible", pero ya había superado unas cuantas malas y estaba tranquilo. De hecho, lo reconfortaba pensar que el barco finalmente navegaba en las condiciones de viento y de ola para el que había sido construido: ahora podía demostrar su verdadero potencial. Como en una recta de Fórmula 1, el equipo venía apretando duro, con toda la vela arriba, ciñendo al límite. Hasta que el mar les recordó su naturaleza indomable. Y, ahí sí, Francisco dejó de estar tranquilo.
"Íbamos demasiado rápido y entramos mal en una ola. El barco quedó totalmente inclinado, a 90° de la superficie del agua. Los que estábamos afuera quedamos colgados de las líneas de vida, con la mitad del cuerpo sumergido. Y los de adentro, que habían quedado atrapados por todas las cosas que salieron disparadas con la trabuchada, empezaron a golpear el casco y a gritar pidiendo ayuda. Perdimos el control total del barco y en ese momento, por primera vez, sentí que la cosa se podía poner fea de verdad".
Lo primero que hizo Francisco fue soltar al timonel que había quedado enroscado en el arnés y, después, apretar el crash button para registrar lo que había sucedido. En la popa del barco, esta cámara graba de manera continua y retiene las imágenes cuatro minutos antes y cuatro minutos después de apretar el botón de REC. Tenía que hacerlo porque, especialmente en las situaciones límite, su trabajo era reportar lo que sucedía a bordo del MAPFRE, uno de los siete barcos que corrieron la edición 2015. "Una vez que te pegás un palo, tenés la obligación de registrarlo, así es el trabajo", explica Francisco, y agrega que de esa manera se logran esas tomas tan impactantes que recorren el mundo y convierten la regata en noticia.
Por reglamento, en cada equipo hay una persona encargada de documentar la regata: todos los días debe enviar a las bases en tierra un mínimo de ocho fotos, 300 palabras, dos minutos de video y uno de audio. Francisco cumplía esa función. "Había horarios para hacerlo: a las 6 UTC tenía que mandar el video, a las 8 UTC, las líneas de texto, y así. Nos manejábamos con dos relojes, la hora de Greenwich para hacer estos envíos, para las alarmas de los cambios de guardia, para desalinizar el agua y preparar la comida. Y la hora local del barco, para entender si era de mañana, de tarde o cuánto faltaba para que oscureciera". El reportero de cada equipo tenía prohibido ayudar en la navegación propiamente dicha, en el trimado de velas, en el timón. Sí podía mover pesos bajo cubierta, mantener el barco en orden, hacer agua dulce, cocinar: "Al no participar de las maniobras, yo era una figura neutral dentro del equipo, y eso hacía que mi función principal fuera canalizar los problemas, tratar de dar vuelta la situación cuando alguno se frustraba o se enojaba. Era el primero al que acudían para descargarse".
Después de apretar el crash button, Francisco miró alrededor y supo que la situación era muy complicada. No conseguían adrizar (enderezar) el barco y se habían roto tres velas –la mayor, el fraccional y el J3–, de las que no tenían recambio a bordo. Desde las bases en tierra, enseguida notaron que el barco se había detenido por completo y empezaron a llamar. No estaban navegando. "Habrán sido diez minutos, demasiado, hasta que pudimos recuperar el barco. Y todavía había que arreglar las velas con parches y pegamento. Perdimos mucho tiempo; hay que pensar que las diferencias entre el primero y el segundo en este tipo de competencias son mínimas, y diez minutos a cero nudos de velocidad te pueden hacer perder un puesto".
Francisco se tira apenas del pelo, hace una pausa en el relato acelerado para tomar un mate. Piensa en el 4º lugar que consiguieron en el podio final, en cómo podrían haber hecho mejor tiempo. Porque en esta regata, como en ninguna otra, los resultados dependen exclusivamente del desempeño de los regatistas: los siete Volvo Ocean 65 fueron diseñados y construidos de forma idéntica por el mismo consorcio de astilleros. La diferencia que consigue cada equipo es mérito absoluto de los deportistas.

<b>CONTRA VIENTO Y MAREA</b>
Si bien la quinta etapa era la más larga en distancia de toda la vuelta al mundo, no sería la más larga en tiempo: tardaron 19 días en ir de Auckland a Itajaí. El barco volaba bajito. La velocidad promedio de toda la vuelta fue de 22 nudos para el barco español, con máximas de 36,5. Esto equivale a casi 70 kilómetros por hora, muchísimo en relación con cualquier velero de nuestro Río de la Plata, que con toda la furia alcanza los 25 km/h. Construidos en carbono hasta el inodoro y con velas North Sails de última generación, estos Volvo Ocean 65 son los veleros más rápidos del mundo. No por nada cuestan 5.000.000 de euros. Francisco habla en plural, como parte del equipo de españoles que integró: "Adquirimos el barco en mayo de 2014. Al sponsor no le cerraban las cuentas y no se decidió hasta último momento. Trabajamos contrarreloj; los equipos que salieron en primer y segundo puesto tuvieron más de un año de preparación, mientras que nosotros tuvimos menos de seis meses".
Desde que consiguieron el sponsor, todos los candidatos a tripulantes y reporteros empezaron un entrenamiento fuerte en Galicia, con rutinas de gimnasio para ganar músculo, navegadas para testear los equipos, prácticas de supervivencia en pileta y en el mar. "Salíamos a correr, nos sacaban sangre, nos medían la grasa en cuerpo, nos trataban de ahogar, nos mataban de frío en agua helada… Fue duro, pero es un mal necesario, porque cuando hay calmita está todo bien, pero cuando hay rosca se puede morir un tipo ahí arriba. Y si yo me caigo, espero que mi compañero deje la escota y me ataje, así como yo dejaría la cámara y me tiraría de cabeza a buscar a un hermano". En el barco eran nueve regatistas (que también hacían las veces de médicos, mecánicos o meteorólogos) y un reportero, y dos de ellos, por reglamento, tenían que ser menores de 30 años. La regata arrancó el 11 de octubre de 2014, y Francisco cumplió los 25 un día después. Esa mañana, el equipo le regaló un sobre con fotos de su familia, un ancla de plata, un chupetín con forma de corazón y una petaca de ron. Francisco es de Libra, toca el bajo y, antes de empezar el gran viaje que lo llevó hasta la Volvo, estudiaba Arquitectura en la UBA.
"Me fui. A los 19 dejé la facultad, el trabajo que tenía en una constructora y me fui a probar suerte a otro lado. Con mi novia de entonces surfeábamos y decidimos que Hawái era un buen lugar para empezar esa otra vida que soñábamos". Se compraron una van para vivir, surfear y viajar, y cuando se les terminó la plata, empezaron a trabajar: Francisco fue jardinero, pintor, músico a la gorra, trabajó en una empresa de mudanzas y como fotógrafo de surfistas. Con el tiempo, ya soltero, se fue a California, de ahí a Costa Rica, ahorró plata, invirtió en equipo y, finalmente, un amigo de un amigo le ofreció un puesto de reportero en la Volvo 2011, pero en tierra. "Necesitaban a alguien para seguir al equipo que entonces sponsoreaba Puma; tenía que viajar a todas las escalas, filmar, sacar fotos, era una fiesta. Algo sabía de lo que era la Volvo, pero no lo entendí hasta que estuve ahí y me subí a uno de estos animales barcos". Hasta entonces, Vignale había navegado un par de veces en el Río de la Plata, en veleros de papás de amigos de su club, con picadas a bordo y buenos atardeceres. La había pasado bien y entendía que la vela era un complemento perfecto para el surf, que lo podía llevar a los mejores points del mundo, y gratis. Con esa primera experiencia, Francisco empezó la carrera para aprender a navegar y estar a la altura de esta regata transoceánica, algo así como el Mundial de Fútbol pero para la náutica.

Ahora se acomoda en el sillón de su departamento en Barrancas de Belgrano. Le duele la parte baja de la espalda. Dice que en la regata se le gastó la membrana que hay entre hueso y hueso, como un amortiguador que no quiere más y hay que cambiar. "Teníamos que mover cosas todo el tiempo, porque el peso de las velas y de los equipos influye muchísimo en la estabilidad y la performance general del barco. Ayer fui al médico, dice que si me cuido voy a andar bien. Pero entiendo que es parte de la cosa, yo quiero llegar a los 80 años roto, decir "puta, qué buen viaje tuve hasta acá", no arrepentirme de no haber hecho las cosas. Si en el medio la espalda me duele, que duela nomás, no voy a parar". Esa misma actitud es la que lo metió en el MAPFRE. Francisco habló con todos los que tenía que hablar, picó cabezas, pidió y siguió todos los consejos que le dieron, llamó, insistió, incluso viajó a Europa sin tener el puesto confirmado, ni mucho menos. Sabía que lo iba a conseguir. Ya había ganado experiencia al timón y tenía una carpeta de presentación con trabajos como reportero náutico, ahora solo le faltaba conquistar al resto de la tripulación: "El entrenamiento físico no es lo más difícil, para entrar tenés que ser un tipo solidario, estar al servicio de los demás. No esperar a que otro haga el laburo por vos ni esperar a que te pidan ayuda. Creo que eso fue lo que terminó de definir mi entrada".
La zarpada fue desde Alicante, en España, y en nueve meses dio la vuelta al mundo parando en Sudáfrica, Abu Dhabi, China, Nueva Zelanda, Brasil, Estados Unidos, Portugal, Francia, Países Bajos y Suecia. En cada puerto, se organizaban fiestas de recibimiento, recitales y regatas amistosas. Eran de 20 a 25 días en altamar, por diez en tierra. La recalada más linda para Vignale fue la de Auckland. Venían de Sanya, China, había sido una etapa muy dura, y a pesar de todo, su barco llegó primero: "Entre Filipinas y Nueva Zelanda se nos rompió todo, nos quedamos sin satélite, le metimos agujeros al casco, el barco se autodestruyó. Lo que trabajamos en esa etapa no tiene nombre, emparchamos con pedazos de carbono y Sikaflex a morir. Después de tanto esfuerzo, llegar primeros a Auckland, City of Sails, fue uno de los momentos más lindos de todo el viaje. Salieron a recibirnos miles de veleros, no sé ¿3.000? ¿2.800? ¡Hasta era peligroso navegar así!". En los puertos, los tripulantes podían invitar a sus familias e incluso viajar a sus casas. En el caso de Francisco, en los 14 meses que duró todo el proyecto Volvo, viajó dos veces a Buenos Aires, la primera por cuatro días y la segunda por tres, para pasar la Navidad con su papá y sus dos hermanos.

<b>SOBRE UN MAR BRILLANTE</b>
Francisco volvió con poco de la vuelta al mundo. Trajo un bolso con las botas y la ropa de la regata –capas pesadas de prendas rojas y negras a prueba de tormentas de varios días y temperaturas bajo cero–, y un reconocimiento al Onboard Reporter, que ahora decora la mesa ratona del living. Es de metal y en una de las esquinas tiene el dibujo de una lente de fotografía que recuerda las millas náuticas navegadas: 38.739. Vale decir que, a la altura del Ecuador, la circunferencia de la Tierra es de casi 25.000 millas.
–¿Cuál fue el momento más lindo del viaje?
–Vimos ballenas, albatros y casi todos los días nos acompañaban delfines. Pero hubo una noche en especial, camino a Omán, que el cielo estaba totalmente cubierto y el mar empezó a brillar por las noctilucas, que son como bichitos de luz del mar que se encienden con el movimiento. Tanto brillaban que iluminaban el casco del barco y las velas, y de repente, empezaron a aparecer los delfines, que saltaban y nadaban a nuestro lado dejando una estela fosforescente, parecían torpedos de luz.
–¿En algún punto te sentiste demasiado lejos?
–Para nada, eso de no ver tierra 360° a la redonda me gusta, es una sensación de libertad total. Sí tuve miedo algunas veces, por ejemplo navegando por Vietnam, que había muchísimos pesqueros sin radares ni luces, para no llamar la atención de los peces. Esa noche no pude pegar un ojo, me quedé en cubierta tratando de ayudar al timonel a no comerse ninguno. Y, de hecho, estuvimos en situaciones muy cerca de choque.
–¿Qué extrañabas de tierra?
–Número uno, la ducha. No hay duchas en los veleros de la Volvo, solo te bañás cuando llueve, salís a cubierta, te sacás la ropa y te tirás un tarrito de shampoo. La primera vez usamos uno que nos hizo picar los ojos mal, nos quedamos ciegos. Después aprendimos y cambiamos por uno para bebés. Número dos, la comida: la nuestra era deshidratada, polvos a los que les agregás agua y en quince minutos se convierten en pedazos de bife con puré o pastas con pollo, para nada rico, solo para saciar las ganas de comer. Las vitaminas y proteínas las sacábamos de las barritas energéticas. Teníamos una dieta diaria de 6.000 calorías.
–¿Cómo era el sistema de guardias?
–Cuatro horas arriba, por cuatro horas de descanso. Por eso, la dieta hipercalórica, porque no tenés ocho horas corridas de sueño, porque tenés que estar afuera, comerte treinta y cinco olas, con el frío, navegar el barco, y en el medio, tratar a toda costa de ganar la regata.
–¿Te arrepentiste de no llevar algo a bordo?
–No, porque no te dan la opción de elegir. Te pesan absolutamente todo lo que llevás. Sí podría haber tenido más música, más películas para el iPod. Teníamos restringida la comunicación, para no recibir ayuda externa, como datos meteorológicos o corrientes; de hecho, todos nuestros mails pasaban por control y escuchaban nuestras conversaciones telefónicas. Una vez por semana podías llamar a tu casa. Otra cosa que me hubiera gustado es ver el partido en que Racing salió campeón.
–¿Qué es la náutica para vos?
–Es un deporte, un estilo de vida. Creo que para ser buen navegante tenés que ser multitalento, saber del viento, de tu barco, de las velas, ser "manitas". Es una actividad con los elementos, con el viento y con el agua, y justamente porque estás lidiando con la naturaleza, te hace pasar de situaciones hermosas a otras muy jodidas, a momentos de adrenalina pura y de vuelta a la gloria, ¡todo en un mismo día! La vela es una escuela de vida muy intensa. Y dicen que correr la Volvo es como tener un hijo, porque son nueve meses de mucha intensidad, con momentos de extrema alegría y situaciones en las que no entendés por qué estás ahí, por qué lo elegiste, cómo llegaste hasta ese punto.
Como una embarazada a punto de parir, Francisco hubiera jurado que nunca más, que con una vuelta al mundo era suficiente. Hoy, a menos de dos meses de haber concluido la Volvo Ocean Race, ya está pensando en la edición 2016.
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