El declive de la curiosidad

Guillermo Jaim Etcheverry
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7 de septiembre de 2008  

Desde hace pocos meses, Nicholas Penny dirige la National Gallery de Londres, uno de los más importantes museos del mundo. En una reciente entrevista periodística hizo esta sorprendente afirmación: "No tengo ningún interés en hacer de la National Gallery un lugar popular entre los jóvenes". A la obvia pregunta del asombrado periodista, Penny respondió: "Porque si les gusta a ellos, sólo habrá gente joven. El sector social más elitista de hoy son los jóvenes. Excluyen todo lo que no sea como ellos. No quiero que la National Gallery se convierta en uno de sus clubes. Los que entren deben desear formarse. La gente debe acudir a los museos para descubrir cosas que desconoce".

En tan breve párrafo el director del museo londinense identifica una de las características centrales de nuestra cultura, que describe no sólo lo que sucede en los museos, sino que, sobre todo, desnuda la causa profunda de la crisis que atraviesa la educación en general. Mediante un titánico esfuerzo promocional se induce a los jóvenes a excluir todo lo que no sea como ellos. Eso hace que no manifiesten interés por formarse, tarea que no se limita a visitar museos: supone, sobre todo, encarar el esfuerzo de construcción personal. De allí que el "elitismo de los jóvenes", que tan acertadamente evoca Penny, los esté incitando a excluir toda posibilidad de ser diferentes. Precisamente esa alternativa de mutación permanente es la que ofrece la cultura.

El periodista avanzó: "¿Cómo se puede lograr que la gente se interese por lo desconocido?" "La gente acude a los museos a ver algo que cree reconocer, algo famoso –afirmó Penny–. Y lo mejor de los museos es lo que encontramos y no conocíamos. Eso es aprender." Acertada definición de aprendizaje, ya que se centra en la disposición de la persona para encontrarse con lo desconocido.

Dice Penny más adelante: "Los museos son fuente de conocimiento. No de espectáculo". Esta afirmación expresa otra idea esencial: la oposición entre el conocimiento y la sociedad del espectáculo en la que vivimos. Para interesar a las personas, parecería que la única alternativa es la de entretenerlas, la de brindarles un espectáculo que, además, les resulte lo más familiar, lo más conocido posible. El objetivo es convencerlas de que no tendrán que realizar el esfuerzo que implica incorporar algo nuevo. Asegurarles que lo que experimentarán no hará sino reafirmar lo que ya les es conocido. También los museos se incorporan a esa lógica y hacen lo imposible por transformarse en instituciones integrantes del mundo del espectáculo para poder atraer así nuevos públicos. A esta política responde Penny: "Soy escéptico, por una razón; es fácil hacer que otro tipo de visitante venga a los museos: sólo tienes que organizar un concierto pop en él. La gente vendría. ¿Pero se quedarían después?"

Ese es el verdadero dilema: ¿se quedarían después en el museo? ¿Aprovecharían las oportunidades de aprendizaje que les ofrece? ¿O, en realidad, se acercarían al espectáculo conocido con la actitud elitista que implica excluir todo lo que no sea como ya se es? Porque, como señala Penny, "una visita a un museo proporciona placer y exige esfuerzo, como la lectura de un libro".

Esta glosa de las agudas expresiones del director de la National Gallery no se puede cerrar sin citar uno de sus pasajes más inquietantes. Dice en un tramo de la entrevista: "Me preocupa el declive de la curiosidad." Tal vez ésa sea la mejor explicación de lo que nos sucede. Asistimos a una creciente indiferencia, a un peligroso ocaso de la curiosidad, a la anestesia de ese rasgo esencialmente humano que es, precisamente, el que nos ha llevado a conocer, y en consecuencia a crear, la realidad en la que hoy vivimos.

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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