El día que la Thatcher nos tuvo que escuchar

En 1997, el autor de esta nota asistió a una conferencia en una escuela de diplomacia de Estados Unidos, donde la ex premier británica concurrió como invitada. Aquí, una crónica visceral de ese encuentro efímero donde la Dama de Hierro le respondió sobre la causa Malvinas
Luis Rosales
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29 de abril de 2012  

Era el año 1997. Quince habían pasado de la tragedia del Atlántico Sur y también quince faltaban para el trigésimo aniversario que ahora recordamos. El otoño de Boston brindaba un espectáculo sobrecogedor, inundando de dorados y ocres las bucólicas colinas, que en las afueras de la ciudad son sede de la Fletcher School of Law and Diplomacy. Como es habitual, un estadista extranjero invitado se aprestaba a dar su conferencia dentro de un ciclo que complementa el año lectivo de la escuela de diplomacia más antigua de los EE. UU. Esta vez la elegida no era otra que la mismísima Dama de Hierro, la ex premier británica Margaret Thatcher. Una mujer admirada en extremo por estos habitantes de la Nueva Inglaterra americana, que paradójicamente celebran todo lo británico, a pesar de que en ese mismo puerto, en 1773, la rebelión del té contra el rey Jorge inició el proceso emancipador en este lado del Atlántico.

Hacía un tiempo que la reina le había otorgado el título de baronesa por los servicios prestados a la corona, lo que se traducía en un trato muy formal de Lady Thatcher al que casi todos los presentes respetaban sin titubeo alguno. La conferencia giró en torno de los temas típicos en un ciclo en el que antes habían participado el ex presidente Bush padre y el ex secretario de Estado James Baker III, entre otros. El fin de la Guerra Fría, el colapso del imperio soviético, hacia dónde iba el mundo encaminándose al cambio de milenio… Al final, como siempre, algunas preguntas del público, compuesto principalmente por las autoridades de la escuela, el cuerpo docente y nosotros, los alumnos que cursábamos las maestrías.

Las consultas de mis otros compañeros giraron en torno de esos temas, ya que los que queríamos tener la oportunidad de dialogar con la conferencista nos tuvimos que anotar varios días antes y señalar el tema por profundizar, siempre vinculado con el contenido de la charla. Pero los sentimientos pudieron más y cuando llegó mi turno, después de presentarme como argentino, algo que empezó a deformar el rostro ya adusto de la señora, giré mi vista al decano, un general de cuatro estrellas del ejército norteamericano que había sido comandante supremo de las fuerzas de la OTAN y pedí permiso para apartarme del tópico central de la conferencia. Luego de recibir la autorización del anciano militar me dirigí a la ex premier, con bastante nerviosismo y algo de temor, llamándola Mrs. Thatcher, sin hacer referencia a su título. Saqué desde lo más profundo la mezcla fuerte de sensaciones que se amontonaban en mi corazón y en mi mente. Le dije que frente a ella yo experimentaba una dual combinación de admiración y repudio. Admiración por haber sido una de las grandes protagonistas de la historia moderna, cuando junto con el presidente Reagan y el papa Juan Pablo II habían encabezado un verdadero frente contra el vetusto y arcaico sistema soviético y habían conseguido liberar a millones de humanos del yugo esclavizante que se imponía desde el Kremlin. Pero que al mismo tiempo, como argentino, no podía sino sentir algo de rabia, bronca y desprecio. Le pregunté si quince años después de los sucesos del Atlántico Sur, especialmente del hundimiento del crucero Gral. Belgrano, no experimentaba algo de remordimiento o al menos de arrepentimiento, y le sugerí si la historia de las Malvinas podía terminar con un final feliz para nosotros, como en Hong Kong para los chinos.

Un rayo de autoridad pareció iluminarle el rostro. Su mirada ya penetrante se intensificó y concentró hasta llegar a niveles intolerables. La Dama de Hierro crecía desde el atril mientras miraba a este impertinente habitante del sur de la Tierra, que osaba contradecir su obra maestra. Inmediatamente me contestó que nada de eso sentía ni sentiría nunca hasta el final de sus días. Que había sido un reclamo inventado por el gobierno fascista del General Perón el que había originado nuestra causa nacional por las Malvinas y que otro general fascista, Galtieri, había decidido invadirlas, dejando de lado los derechos y deseos de sus habitantes. Que ella sólo había salido en defensa de un territorio británico y de sus súbditos. Que además los argentinos debíamos estarle agradecidos, ya que por ella disfrutábamos de la actual democracia. La ofensiva verbal, tan intensa como la que ordenara contra nuestras tropas allá por 1982, culminó con una profecía también de hierro: que nunca la Union Jack, su bandera, iba a seguir el destino que siguió en la ex colonia de Hong Kong. "Las Falklands fueron, son y serán británicas for ever, and ever."

Finalizada esa verdadera diatriba, volví a mirar al decano y le insistí a la señora, pero esta vez para ver si accedía a posar para los fotógrafos luego de su charla. Ella accedió refregándome su título nobiliario por mis narices: "La lady accede al pedido del caballero", contestó. Cuando todo terminó me acerqué al estrado y ella preguntó para qué quería la foto. Le dije que no se preocupara, que en la Argentina no era común practicar el vudú con las imágenes de los que no nos caen bien, aunque ganas no me faltaban, a lo que respondió con una sonrisa, tal vez la primera en toda la tarde. Le comenté que mis amigos, la gente de la generación que había combatido en aquella guerra, no me iban a creer lo que había vivido si no tenía ese documento gráfico.

Las luces se apagaban, y mientras bajaba por las colinas bostonianas no pude dejar de pensar en el enorme error de cálculo que se cometió en 1982 al creer que podíamos intimidar a esta señora y a su pueblo por la fuerza, y de paso dividir la siempre vigente alianza estratégica que mantienen británicos y norteamericanos. Una grave equivocación que nos costó muchas vidas inocentes y que nunca más deberíamos volver a repetir. Reflexioné que nuestras Islas Malvinas las recuperaremos con diplomacia, insistencia e ingenio, y nunca por desplantes o por la fuerza.

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