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Grandes Esperanzas

El diagnóstico psiquiátrico de su hija les dejó una enseñanza transformadora

Carina Durn
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21 de diciembre de 2018  • 00:44

La vida de Lucila aparentaba ser como la de otros niños: hija de padres divorciados y que trabajaban tiempo completo, ella asistía a un colegio bilingüe y tenía un grupo de buenas amigas.

"Mirando para atrás, uno puede reconocer ciertas situaciones que fueron un antecedente: era una chica inquieta, que le costaba prestar atención en clase y que constantemente desafiaba los límites. Esto puede que lo hagan muchos chicos, entonces no es fácil detectar si pasa algo, pero la diferencia estaba en la intensidad y en la dificultad o imposibilidad para que acepte las reglas de juego", explica su padre, Gonzalo. "Hoy puedo ver esa intensidad y esa imposibilidad como dos indicadores claros. Pero tampoco las maestras sabían cómo manejarse en estos casos. Y lo que proponían para `encauzarla´ no solo no funcionaba, sino que agravaba la situación", continúa.

Más allá de las circunstancias, Lucila era una niña muy cariñosa y generaba vínculos afectivos intensos. Fue por ello que el cierre del colegio primario al que asistía la afectó en lo profundo y le provocó una sensación de pérdida tremenda no solo por las amistades, sino por la contención de un espacio que le era familiar. "Si existían dificultades en el primero, en este nuevo colegio se multiplicaron", revela Gonzalo.

En aquel nuevo entorno, el estado anímico de Lucila entró en una espiral descendente e incontrolable: comenzaron los desmayos, seguidos por ataques de pánico y un cuadro de bulimia que los llevaron a decidir un nuevo cambio de escuela. "Y allí comenzó a sufrir bullying, situación de la cual se defendió de un modo inesperado y que terminó impactando en toda la división", continúa su padre.

Lucila junto a sus padres en su infancia.
Lucila junto a sus padres en su infancia.

Algo emocional

Ante el panorama desolador, las consultas psicológicas de Lucila aumentaron, a la par de sus desmayos y ataques de pánico, tanto en lugares cerrados en donde sentía que le faltaba el aire, así como en la calle, en lugares públicos. Y cuando llegaba desmayada con sus padres a algún un hospital la respuesta siempre era la misma: "No tiene nada, es algo emocional".

"La situación fue creciendo y complicándose, y seguíamos cambiando de psicólogos y psiquiatras, porque no podían ayudar. En ese momento llegamos a una Fundación que me dieron como referencia, que tenían equipos multidisciplinarios como para atenderla. En paralelo, negociaba con la Obra Social la cobertura de todos los gastos que esto ocasionaba, porque es una problemática en donde uno paga para solucionar la crisis y luego ve cómo hace para que te cubran esos gastos. Allí comienza con medicación, a la cual yo me negaba en un principio", revela Gonzalo.

Sin embargo, el momento cúlmine llegó con un episodio de autolesión grave que terminó con una reunión en la que se sugirió la internación de Lucila, para evitar males mayores. La misma resultó efectiva y puso freno a una escalada de autolesiones, que podían tener un final fatal. "Por suerte tuve mucho apoyo en mi trabajo, que sin saber qué pasaba me dieron los días para que me ocupara del tema. Lucila siguió en la misma institución que la trataba, con mayor cantidad de sesiones con los especialistas y en donde, además, tanto la mamá como yo, íbamos para aprender a ayudar en esta problemática.", afirma emocionado.

Personalidad borderline

Al principio no hubo diagnóstico preciso. Este llegó de la mano de una necesidad de justificar de forma contundente la cantidad de faltas para que no dejaran a Lucila libre. Su nuevo colegio resultó de gran ayuda, porque escucharon, comprendieron y colaboraron a la solución. "Siempre se los agradeceré, porque le abrieron la puerta cuando todos los demás se la cerraron. Ese colegio reinsertó a Lucila en la sociedad aceptándola como es", continúa su padre.

Personalidad borderline, decía el diagnóstico. "Algo que no fue tan impactante para mí, porque al final es una etiqueta para caracterizar la personalidad de individuos que realizan determinadas conductas. Y, de hecho, no todos los psiquiatras coincidían entre sí, pero reconozco que me sirvió para buscar más información. El diagnóstico tuvo ventajas en relación a la comprensión y la motivación para seguir observando bien el problema, y desventajas desde lo social, por la estigmatización y la ignorancia, que pueden agravar la problemática", opina Gonzalo.

Para ella, la música la salvó
Para ella, la música la salvó

"Alguien con personalidad borderline tiene ciclos de euforia y depresión muy pronunciados y cortos. Picos altos y bajos seguidos uno detrás de otro, a diferencia de los bipolares, donde esos ciclos son tal vez menos profundos, pero mucho más extensos", explica el padre de Lucila. "Es una forma de ser. Una personalidad. Nada malo necesariamente, más allá de que hay mucho por manejar y aprender, y que trae muchas cosas buenas si se las sabe aprovechar y entender. La gente con este diagnóstico es ultrasensible y por eso hay muchos artistas y gente muy talentosa que han tenido esta personalidad", continúa.

Para Lucila y sus padres, el recorrido hacia el bienestar anhelado fue muy largo, de aprendizaje lento, por estar ante un nuevo paradigma y forma de ver la vida. "Lucila dice que la salvó la música. Puso toda su obsesión en hacer sus canciones, en componer y escribirlas, y en armar su banda que lleva su nombre. Empezó con la música apenas salió de la internación y no paró más. Hoy es una profesional increíble", cuenta Gonzalo, "Le puso un sentido a lo que hace y lleva justamente un mensaje de inclusión. Dejar los estereotipos e incluir todo lo que se suele percibir como diferente y por ello se rechaza", continúa.

Aceptar, incluir, amar

Para Gonzalo, una de las mayores dificultades ante este tipo de diagnósticos suele ser la contención familiar y social. "He visto casos de gente que termina mal, porque la familia y la sociedad no tienen paciencia. La familia cree que puede arreglar todo con medicación. Y la sociedad le cierra las puertas. Cuando se incluye a la persona, cuando se la entiende - que no significa estar de acuerdo-, simplemente eso, aceptarla, la recuperación es mucho más fácil. Como sucedió con su colegio en su momento: la incluyeron, aprendió, no le fue fácil, pero le dieron la oportunidad y la salvó", afirma.

Para los padres de Lucila, la travesía vivida les enseñó la importancia de aceptar a los hijos como son, amarlos como son, apoyarlos para que se realicen en la vida haciendo lo que sienten y aman, y comprender que no hay que solucionar todo. "Si estamos queriendo solucionar todo les estamos transmitiendo rechazo. Esto es fácil decirlo, difícil verlo y mucho más difícil aún ponerlo en práctica. Y los chicos sienten, más allá de las palabras, esa aceptación o ese rechazo. Y lamentablemente en estos casos se da mucho lo segundo", explica Gonzalo.

Hoy la vida de Lucila transcurre en armonía con la aceptación, entre la música y el mensaje el inclusivo que quiere llevar. "Porque a pesar de todos los que la discriminaron por su cuerpo, o su personalidad, ella demuestra que se puede soñar y llevar adelante el proyecto que cada uno tiene. Ella transmite que la inclusión significa borrar etiquetas, ver y comprender al ser humano que tenemos enfrente. Esto no quita que comprender al otro signifique que no se castiguen delitos o lo que está mal, pero nos permite actuar con conciencia humana", continúa su padre, con orgullo.

Lucila y sus padres
Lucila y sus padres

El para qué que le da sentido

Con todo lo aprendido, Gonzalo se preguntó qué podía hacer para ayudar, fue así que unió su experiencia con su trabajo y desarrolló cursos de inteligencia emocional y talleres para descubrir ese para qué de la gente que da sentido a la vida.

"Y uno cambia sus prioridades. Cosas que antes eran irrelevantes ahora han cobrado significado. Uno ama más, con más profundidad y a más seres. Por ejemplo, yo decía que no me gustaban los perros, y rescatar perros fue parte de la recuperación de Lu en un momento. Aprendí a conocerlos y ahora los amo y tengo 5 conmigo. Y agradezco tanto amor de mis perros. Sin dudas, Lucila agrandó mi corazón", afirma Gonzalo, emocionado.

"Y a todos aquellos que atraviesan experiencias que no saben cómo enfrentar, quisiera transmitirles que se armen de paciencia y empiecen a buscar el sentido a lo que están viviendo. Que sepan que el amor es lo que te salva, que al final del camino, que es largo, es más lo que ganás que lo que perdés, aunque lo que perdés te duela; que las situaciones traumáticas te hacen más sabio, que entendés más de qué se trata vivir; que lo desconocido nos da miedo, pero nos puede llevar a descubrir un nuevo mundo que también nos da muchas satisfacciones", concluye Gonzalo con una sonrisa en su rostro.

@lucilamusica

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