El efecto #MeToo cambia la noche de las vacaciones

Lejos de la desinhibición y la espontaneidad que se asocia al verano, el “levante” asume formas menos espontáneas, más respetuosas, incluso a veces tensas, en las que varones y mujeres ensayan nuevos roles
Lejos de la desinhibición y la espontaneidad que se asocia al verano, el “levante” asume formas menos espontáneas, más respetuosas, incluso a veces tensas, en las que varones y mujeres ensayan nuevos roles Fuente: LA NACION
Darío Palavecino
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12 de enero de 2019  

MAR DEL PLATA.– Un roce, tan común en un boliche atestado, aunque sea espalda con espalda, puede despertar la confusión y hasta la furia. Más hoy, que la piel está más sensible y la prudencia pide dosis más altas.

De ahí que el tono de esta temporada no sea solo espontaneidad y desinhibición. Acercarse a una mujer para conocerla, "avanzar" o "chamuyar" –según lugar y generación– se ha vuelto una jugada que no puede quedar librada al impulso. "Agarrar" –otro término que en los últimos tiempos se había instalado como sinónimo de conquistar– quedó definitivamente desterrado; más que "agarrar", con cautela se "arrima". Como era de esperar en una época en que los temas de género atraviesan la charla cotidiana y en la que el "no es no" parece haber echado raíces, las reacciones cambiaron y los límites son cada vez más claros y, también, distantes.

Lo notan en todas las edades. En esta temporada que arrancó fuerte en la costa, la buena onda fluye, la diversión reina desde las fiestas en la playa hasta las noches de discoteca, pero definitivamente hay otro nivel de distancia permitida.

En esa amplia franja que va de la adolescencia a los 40 años, todos coinciden en que hay cambios. Sobre todo para las generaciones con más recorrido, que supieron de tiempos en los que un piropo subido de tono se celebraba aunque a la destinataria le cayera pésimo, o en los que la congestión de un pasillo de bar era oportunidad para algún manoseo. Algunas se animaban a levantar la voz y hasta a denunciar, y la mayoría de las veces sus alertas eran descartadas.

Un empleado de seguridad de un bar/disco de Playa Grande reconoce que hay chicas, sin distinción de edades, que "avanzan" casi al ritmo de los hombres. Pero también las que reaccionan abiertamente ante una situación de acoso, aunque sea verbal. "Al que se pasa lo ponen", confirma. Eso significa codazo, cachetazo, empujón o patada. Y si el físico no alcanza, la herramienta es el grito: "Te mandan al frente y son los flacos cercanos los que ubican al pesado", detalla de lo que ve noche a noche.

"Cuando vemos que un amigo hace o dice algo mal se lo señalo, no es que digo: ‘Bueno, ya pasó’. Como que todos no lo estamos dejando pasar", cuenta Victoria Leonardo, de 20 años, que por estos días veranea en Punta del Este, donde se vive la reformulación de los códigos del acercamiento entre varones y mujeres, que atraviesan una visible etapa de transición.

"Claro que las cosas cambiaron, que hay otra clima, que ya hay una tendencia instalada a no permitir más determinadas maneras de que un tipo se te acerque", reconoce Eugenia Uriarte, que tiene 27 y celebra este cambio. Juan Costa, que es de La Plata y veranea por aquí, también percibe que las mujeres dejaron de aceptar modos que molestan. "Soy entrador, vinculo fácil, pero también sé leer rápido cuando algo no va y entonces no queda otra que irse", cuenta. Asegura que no ha tenido reacciones de rechazo fuertes y lo entiende por el respeto con que se maneja a la hora de intentar establecer charla.

Débora Tajer, doctora en Psicología a cargo de la cátedra Introducción a los Estudios de Género, de la Universidad de Buenos Aires, sostiene que el cambio en los códigos de relacionamiento tiene como núcleo el consenso en torno al consentimiento: "El consentimiento es una novedad que tiene que ver con propiciar relaciones más democráticas. Pienso que es una novedad tan grande como lo fue el uso del preservativo en la década de los noventa, que cambió las relaciones en el sentido en que había que negociar su utilización. Entonces se decía: ‘Se acabó la espontaneidad’, como se dice ahora, pero nos fuimos acomodando a que el preservativo forma parte de una relación a partir de la epidemia de VIH/sida. El consentimiento es como un preservativo, preserva en tanto conduce a que la otra persona quiera lo mismo que uno quiere para avanzar".

Camila Uriarte tiene 18, es de la nueva generación que se mueve por los boliches, contemporánea de esta ola del #MeToo y el más reciente y local #MiráCómoNosPonemos, movidas fuertes que instalaron a la mujer en una posición de autodefensa. "Acepto al que se me arrima con respeto, pero mi límite es lo grosero y lo físico, el que viene y te toca el pelo o te pone la mano en el hombro", dice. "Ese se va rápido porque no permito ese contacto", asegura desde una mesa de Estación Central.

Algo de eso le ha ocurrido y más de una vez a Juliana Dragotto, que tiene 22 y es camarera en una cervecería de la calle Alem. La atención con las mesas de hombres suele ser agradable al inicio de la noche, pero después de un par de horas y varias pintas los comportamientos mutan. Y para mal. "Que te preguntan qué hacés después, que no les importa que tengas novio, hasta que te quieren agarrar del brazo", cuenta sobre estas situaciones –aún más comunes en las discos–que las resuelve enviando al jefe de mozos a continuar la atención de ese grupo.

Ya casi sin matinés, los más chicos –a partir de 17– coinciden en discotecas donde conviven con otros de no más de 22 o 23 años. Aseguran que en esa franja los jóvenes son más atrevidos. "Se arriman como para hablar, pero te tiran el picotazo", cuentan dos tucumanas de 18, sorprendidas porque a la pasada les roban besos que indignan. "Al que puedo, trompada o patada", responden sobre la reacción que les surge ante la invasión.

Entre los consultados, la mayoría reconoce que el movimiento feminista que impulsó esta defensa de los derechos de la mujer ha llevado la consigna a un extremo a veces difícil, rayano casi en la intolerancia. Pero también valioso porque instaló el debate y ayudó a desterrar vicios masculinos que parecían normalizados.

"Se generó otra tensión y se nota mucho en el trato, con mujeres que marcan más distancia y hombres que parece que tienen algo más de cuidado en cómo encarar", asegura Rosario Fernández, que tiene 22 y la certeza de que ella no ha cambiado: siempre fue de marcar límites claros.

Eleonor Faur, socióloga y doctora en Ciencias Sociales, concluye con mirada optimista: "Históricamente el encare incorporaba la insistencia y la mujer quedaba siempre a la espera del otro. En el futuro, un escenario con reglas que valoren los deseos y las necesidades de las mujeres también libera a los varones de un mandato. De tener que mostrarse hipersexualizados y siempre dispuestos para la conquista".

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