El hipertrofiado ego del que se la cree

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
(0)
1 de junio de 2019  

La imagen da tristeza. El aficionado sale de entre el público que presencia el recital del ídolo de la canción folclórica y pide cantar junto a él. El idolatrado músico accede, pero, luego, parece arrepentirse. La música empieza y el aficionado canta, entusiasta (y nada mal, por cierto) mientras el ídolo rechaza el micrófono, se corre del centro del escenario para sentarse más atrás, visiblemente despectivo.

Terminando la canción el aficionado se acerca a saludar a su ídolo, pero este lo rechaza de manera ostentosa. El "fan", de manera inexplicable, aun así decide cantar una segunda canción, al parecer, de acuerdo con los músicos acompañantes. Es allí cuando el ídolo se levanta y se va, mientras la gente implora que le cumpla el sueño al aficionado que deseaba, sobre todo, compartir un tema con el famoso folclorista. El sueño, claro está, no se cumplió ni se cumplirá.

El frustrado seguidor manifiesta que hubo insultos de parte del ídolo tanto arriba como abajo del escenario. No hay pruebas de eso. Pero lo que el video muestra permite una reflexión sobre el ego, en particular en su versión hipertrofiada. O, en lenguaje coloquial, inflada.

Pobre ego. En realidad no es malo, más allá de lo que digan algunos que denuestan su existencia y malentienden algunas prácticas religiosas o espirituales que tienden a darle un lugar adecuado. Él está allí con el propósito de dar referencia de identidad a la persona que, en una primera instancia, se reconoce a través de su cuerpo, su nombre y sus características. Sin él no empieza el partido, pero si todo lo ponemos sobre sus hombros, deberá agrandarse y allí empiezan los problemas.

Dicen que hay que desapegarse del ego. Si bien al afirmar lo antedicho se olvida que para desapegarse, primero hay que haberse "pegado".

El ego es la identidad psicológica primera, y ha motivado complejísimos textos de famosos estudiosos del psiquismo humano. Sin embargo cuando el ego se transforma en "la" identidad empiezan los problemas, porque así vivido brilla como lo hace la luna: con luz robada al sol.

Cuando la luz de la mirada de los otros es mucha, como a veces les ocurre a los ídolos, el peligro es creer que esa luz es propia y allí ocurre aquello de "creérsela".

De hecho, todos podemos sucumbir a eso, lo que no significa negar las propias virtudes, sino saber distinguirlas y conocer su origen. Por caso, los que creen ser dueños de la luz, temen que su realidad aflore, y de allí que los llamados "ególatras" sean crueles con los otros que, eventualmente, puedan develar que el ego es, así agrandado, un barniz hecho de la luz que viene de los otros, no autogenerada.

Messi en ese sentido enseña porque, además de jugar bien, la tiene clara. "No hice nada… fue Dios el que me dio el don para jugar así, sin Él no hubiese llegado a nada. Después yo hice lo imposible para superarme y triunfar", dijo en un reportaje. El bueno de Lionel sabe que su talento es un don que viene de otro lado. No de su ego, sino de un lugar que está más allá de él. Tiene claro sí que él se esmeró por acrecentar y alimentar ese don, con su propio empeño. Su genuina identidad personal está en el trabajo, el esfuerzo y el gozo del jugar. Él recibió la buena tierra, pero supo hacer que de ella crezcan buenas cosas.

Como el capullo de la mariposa que nace, el ego se va retirando una vez que ha logrado su cometido. Pero si perdura como falso sostén de identidad, el brillo será bobo, como el de los ídolos que se la creen y temen ser eclipsados. Tienen miedo de que se compruebe que su brillo real es un don recibido, pero que ellos malversan haciéndolo pasar por propio, cuando en realidad no lo es.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.