El hombre que se largó a escribir

Un dato curioso: en los concursos literarios internacionales, el país del que proceden más libros, además del organizador, es la Argentina. Y una pregunta: ¿qué pasa en un país en virtual estado de disolución que muchos de sus habitantes se encuentran en auténtico estado de escritura?
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18 de mayo de 2003  

Hay una cosa que, invariablemente, despierta el comentario y la curiosidad de extranjeros que integraron jurados de concursos literarios internacionales, en habla hispana. Sucede que, además del organizador, el país del que proceden más libros es del nuestro: entre un 20 y un 30 por ciento de los originales vienen rubricados por compatriotas. Si a esto se le suman los libros que nutren los certámenes locales, la cifra es verdaderamente llamativa. Descontando que casi nunca calidad y cantidad se llevan de la mano, la copiosa convocatoria es todo un caso que no tiene explicaciones únicas. Y que, por lógica, genera preguntas, a veces, no exentas de suspicacia. ¿Qué pasa en un país en virtual estado de disolución y en el que muchos de sus sufridos habitantes se encuentran en auténtico estado de escritura?

Algunos buscan la consagración afuera, tal vez por aquello de que nadie es profeta en su tierra o porque un inicial interés ajeno garantizará la apertura de puertas en territorio propio. Y, por qué no, debido a que en el exterior los premios cotizan en dólares y en euros. En la última Feria del Libro he escuchado referencias sobre este fenómeno. "En una nueva forma de demostrar nuestra omnipotencia, a lo mejor los argentinos creemos que siempre tenemos algo para decir", supuso un consagrado escritor. Algunos le advirtieron, no sin razón, que escribir podía ser un acto de vanidad, pero que nadie hace un libro sin dedicarle tiempo, esfuerzo, gasto de energía, compromiso.

Otro experimentado intelectual intervino: "Es una cosa doble. Por un lado, cualquier argentino (yo incluido) cree que merece ascender a algún podio, pero también piensa en los concursos como si jugara al Quini 6, sabiendo que está muy bien intentarlo, pero que, seguramente, continuará en la categoría de los perdedores".

Aquí hay una clave y una explicación acerca de la llamativa profusión de escritores. El que escribe podrá ser un perdedor, pero de ninguna manera un derrotado, porque hacer un libro es símbolo de dar pelea, de no aceptar la realidad mansamente y, fundamentalmente, de haber pensado una determinada cuestión. Y todo eso, en cualquier caso, es una victoria. No me disgusta la idea de un país cuyos días –los más y los menos pensados– vengan reseñados por miles de escritores. El hombre, o la mujer, que se largó a escribir es alguien que encontró la manera de construir algo propio o a imaginar su interpelación más valiente o su desafío más glorioso, la demostración de que, pese a todo, sus manos no están atadas.

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