El hombre que solo deseaba mirar la Luna como el resto

Javier Navia
Javier Navia LA NACION
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30 de diciembre de 2018  

Cuando Neil Armstrong falleció, el 7 de agosto de 2012, varios editores nos preguntamos, durante la habitual reunión para definir la tapa de este diario, qué lugar debería ocupar la noticia en la portada del día siguiente. Si bien se trataba del primer hombre en haber pisado la Luna, llevaba años sin ser casi mencionado en los medios y pocas personas hubieran reconocido una fotografía suya. Bastaba escribir su apellido en un buscador para encontrar más referencias al ciclista Lance Armstrong, denunciado por doping ese mismo año, que al astronauta que el 21 de julio de 1969 había hecho que el mundo contuviera la respiración al verlo descender torpemente por la frágil escalerilla del módulo lunar Eagle.

Ningún humano había llegado tan lejos antes que él, pero su hazaña no era parte de una empresa personal, como la de Cristóbal Colón, sino de un proyecto que lo trascendía. Su logro, como él mismo declaró, no era el de un individuo sino el de una especie que desde los pantanos había levantado su vista hacia las estrellas.

"¿Cuánto tiempo tendrá que pasar hasta que la gente se olvide de que soy un astronauta?", preguntó Armstrong a un periodista semanas después de su regreso a la Tierra. Incómodo con el protagonismo, estaba ansioso porque la etapa de giras mundiales y condecoraciones pasara rápido. Se apuraba a aclarar que cualquiera de sus compañeros de misión, Buzz Aldrin o Michael Collins, podrían haber ocupado su lugar y haber dado aquel primer paso gigante. Renunció a la NASA, y eligió por un tiempo la tranquila vida universitaria en Ohio, el estado donde había nacido. Esporádicamente asesoró y colaboró con empresas norteamericanas como hombre de negocios, pero rehuyó de las entrevistas y las conferencias, algo con lo que Aldrin se llevó mucho mejor.

Tras volverse a casar, Armstrong se recluyó en su granja, alejado de todo. En los últimos años de su vida, le asqueaba descubrir que su firma era a menudo subastada por Internet y que incluso quien fuera por años su peluquero vendía mechones de su pelo. Nunca había querido ser una celebridad, sino un piloto de combate y luego regresar a su vida de granjero. Pero en las noches despejadas no contemplaba la Luna como el resto de los hombres. Él había estado allí.

Cuando murió, todo el mundo lo recordó con honores y su fotografía estuvo en todas las portadas, incluida la de este diario. Numerosos libros revivieron su hazaña y una película sobre su vida, El primer hombre, vio la luz hace semanas. El año que comienza lo tendrá otra vez como protagonista cuando se cumplan 50 años de su alunizaje. Será uno de los grandes hitos de 2019. Aunque él prefería el olvido, su nombre y su huella ya pertenecen a la Historia.

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