El impacto cero no existe

Crédito: Natalia Zaidman. Producción de Florencia Vicente Lago
Hay mucho por hacer para minimizar nuestra contaminación, aunque sigamos siendo depredadores del planeta por naturaleza. Tomá conciencia y elegí tu causa.
Joy Schvindlerman
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1 de enero de 2015  • 00:00

Sabemos que se trata de la salud de nuestro planeta y que es el lugar que van a habitar nuestros hijos. Reconocemos que es tiempo de cambiar nuestros hábitos y cuidar el ambiente. Y aun así, vivir con conciencia ecológica no es fácil. Está lleno de contradicciones, de idas y vueltas y –alguien tiene que decirlo– de mucha pereza. La mayoría de nosotras, por cómo fuimos educadas, somos nuevas en estos conceptos: tenemos que aprenderlos, incorporarlos ¡y además mantenerlos! El esfuerzo vale la pena, eso es innegable, pero en el proceso podemos tropezar con algunas dudas. Quizá la más esencial tenga que ver con cómo adaptar nuestro estilo de vida a uno más respetuoso del entorno, teniendo en cuenta que el mundo funciona con reglas que tenemos que seguir si no estamos dispuestas a dejar todo y mudarnos a una ecoaldea en el corto plazo.

Lo primero que hay que tener presente es que el impacto cero no existe. Sería ilusorio –y extremista– pensar que podemos vivir sin afectar la naturaleza. Todas las actividades humanas, incluso las más pequeñas y aparentemente inofensivas, generan un impacto en el ambiente. Desde que nos levantamos, preparamos un café y viajamos al trabajo hasta que nos vamos a dormir y nos secamos el pelo o miramos la tele, estamos presionando los ecosistemas, ya sea derrochando recursos o contaminando. Es necesario asumir que somos parte de este mundo y que la vida cotidiana, queramos o no, nos exige trasladarnos, consumir, usar la electricidad, generar residuos. Una vez derribados los mitos que existen en torno a la vida "ecofriendly", tenemos dos opciones: resignarnos o, por insignificante que parezca, intentar hacer un cambio.

En el primer caso, los razonamientos típicos ya son marca registrada. Pequeñas consignas que muchos repiten para justificar su inacción. "¿Para qué separar la basura, si total después viene el camión y se lleva todo junto?", "Que yo use la bicicleta, con la cantidad de autos que circulan, no cambia nada". Las excusas para no hacer son infinitas. Y, para qué negarlo, resignarse siempre es el lugar cómodo y fácil.

Pero lo cómodo y fácil muy pocas veces coincide con lo correcto. A eso se refiere, justamente, aquella frase ahora tan popular de "salir de la zona de confort": los escépticos deben sacudirse los malos hábitos y hacerse cargo de la naturaleza de la que forman parte. Pensando que no vamos a cambiar nada, seguramente no cambiemos nada.

La otra opción es ser parte del cambio. Convencernos de que lo que hagamos cuenta. Nadie espera que seamos grandes héroes ni nos vayamos a vivir a la selva lejos de la sociedad de consumo. Pero sí que tomemos conciencia, que no nos dé lo mismo, que nos reconozcamos parte y no dueñas de la naturaleza y que la defendamos cada vez que podamos, con lo que esté al alcance.

El gran desafío, entonces, es ganar la batalla cultural. El cambio de paradigma es trabajoso y de largo plazo, pero no por eso imposible. Basta con ver a las nuevas generaciones, que, a diferencia de lo que ocurría con nosotras, muchas veces son motores de cambio con lo que aprenden en la escuela y ya tienen internalizado. Así como se habla de los "nativos digitales" para hacer referencia a los nacidos en la era 2.0, van surgiendo de a poco los "nativos ecológicos", que son, en definitiva, nuestra gran esperanza. Mientras tanto, nos toca a los adultos aprender de ellos y acompañarlos. O hacer un esfuerzo por ser nosotros quienes nos eduquemos y guiarlos.

Si bien el cambio no es de un día para el otro, de a poco se puede visualizar. En la ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, hace apenas dos años, la consigna de reciclar era algo de avanzada. Actualmente, ya son más de 3000 los edificios que separan sus residuos, cada vez más personas tienen doble cesto en sus casas y la basura que se entierra se redujo casi a la mitad. En cuanto al uso de la bici y ampliando el mapa, un buen ejemplo es el caso de Copenhague, Dinamarca, donde el 36% de la población se traslada en bicicleta y así ayuda a reducir la contaminación.

Cambiar el mundo

Crédito: Natalia Zaidman. Producción de Florencia Vicente Lago

Hay quienes sostienen que la suma de las conciencias individuales no da como resultado una conciencia colectiva. En otras palabras, que aquello de "las pequeñas acciones pueden cambiar el mundo" es sólo una expresión alegre pero utópica. Sin ser pesimistas (pero sí realistas), hay que reconocerle a esta premisa parte de verdad. Las decisiones que realmente pueden torcer el destino de la humanidad, lamentablemente, no dependen de nosotras, sino más bien de quienes nos gobiernan (política y económicamente). Son ellos, en última instancia, quienes tienen en sus manos el poder de moderar los patrones de producción y consumo actuales, incompatibles con el cuidado del planeta.

Aun así, ello no debe desanimarnos. Por el contrario, teniendo en cuenta que los cambios deben gestarse desde abajo hacia arriba, es mucho lo que podemos hacer. Parece obvio, pero no está de más recordarlo: nosotras somos las votantes y las consumidoras. Si el sistema funciona de esta manera, es porque lo estamos permitiendo o porque estamos siendo cómplices desde nuestro silencio o inacción.

Elegir las batallas

Crédito: Natalia Zaidman. Producción de Florencia Vicente Lago

Si sos de las que ya se embarcaron en el desafío de llevar una vida más sustentable, seguramente enfrentes a diario muchas contradicciones: cerrás la canilla cuando te lavás los dientes, pero te gusta darte baños de inmersión. Separás los residuos, pero siempre tirás mucha comida. Sos vegetariana, pero no salís sin tus botas de cuero. Te compraste una bici, pero muchas veces vas en auto aun para hacer pocas cuadras. O quizá vas a hacer las compras con bolsa de tela, pero ni loca dejás pasar una promoción, por más que no estés comprando nada que realmente necesites.

Es entendible que sufras del síndrome "frazada corta", es decir, que lo que sumás por un lado lo restás por otro. Asumirnos como personas complejas no solo nos va a permitir perdonar nuestras contradicciones, sino también evitar bajar los brazos por creer que lo que hacemos –poco o mucho– no alcanza.

Librar todas las batallas es muy difícil, eso es cierto. Pero el cambio cultural pasa por tomar conciencia, quitarse la venda de los ojos. Vivir acorde con esa nueva mirada, aún mejor. Después de todo, la ecuación es sencilla: hacer las cosas bien hace bien. Porque, en el peor de los casos, aunque eso que hacés sin que nadie te vea, en la intimidad de tu cocina, tu baño o tu oficina, tal vez no mueva la aguja del universo, vos vas a sentir orgullo de ser una persona un poco más atenta, más respetuosa y más consciente. Quizá no cambies el mundo, pero si hay algo seguro, es que vas a haber cambiado vos.

¿Qué causa elegís vos? Mirá la peli No Impact Man: The documentary , dirigido por Laura Gabbert. Te recomendamos ¡Hacé algo eco! y Doce propuestas eco friendly para tener en cuenta .

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