El milagro de lo humano

Guillermo Jaim Etcheverry
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9 de marzo de 2008  

In memoriam R.A. y C.B.

La muerte de una persona que nos es próxima, querida, genera ineludibles reflexiones sobre la trascendencia de la vida y, en especial, sobre el significado de nuestra propia existencia. En esas circunstancias, es difícil evitar sentirse agobiado por los aspectos negativos de la ardua tarea que es vivir. Pero cuando quien nos dejó ha realizado una obra trascendente, aparecen otras perspectivas para el análisis acerca de nuestra naturaleza, como la que, con particular lucidez, desarrolla Hannah Arendt en su obra La condición humana.

En pocas palabras, sostiene que la acción del ser humano supone el comienzo de algo que aparece con las características del “milagro”. Esa acción inesperada no está determinada por las leyes de la historia, sino que refleja exclusivamente la iniciativa del sujeto. Lógicamente, somos todos iguales por el hecho de pertenecer a la misma especie, pero también somos diferentes porque tenemos un “yo” particular. Precisamente, esas características que nos distinguen son las que expresa nuestro accionar en el mundo. Al actuar en él influyendo sobre la realidad, afirmamos que nos hemos hecho presentes aquí para decir y hacer algo diferente. Se trata de una idea poderosa de la que la autora extrae trascendentes conclusiones políticas, aspecto que escapa del simple propósito de estas líneas.

Tal vez esa capacidad de influir sobre el mundo, consecuencia de una iniciativa azarosa, sea la que justifique nuestras vidas, ya que responde al desarrollo de una potencia individual, a la expresión de un matiz que nos es propio. Es cada uno quien realiza su obra en ámbitos circunscriptos o en escenarios más amplios, como fue el caso de los dos amigos cuya reciente partida motiva esta reflexión. Posiblemente en la milagrosa aparición de esa acción “fuera de la historia”, en tanto surge de la libre e inesperada expresión de la iniciativa de cada uno, encuentre su justificación el quehacer humano. El paso de cada uno de nosotros por el mundo no lo deja igual. El círculo que genera esa piedra arrojada al lago como por “milagro”, que es la vida, puede ser más o menos amplio. Pero en algún ámbito siempre se advierte. Toda existencia humana encierra, pues, esa posibilidad de determinar el comienzo de algo nuevo, original. En el caso de mis amigos, ese “milagro” se manifestó en logros socialmente muy significativos en la ciencia y la medicina.

Esa posibilidad de trascender por el aporte original resulta muy evidente en la creación, pero está presente en todas las actividades humanas y constituye una razón más que justificada para vivir nuestras vidas. En nosotros, el pensamiento y la potencia creadora se traducen en acción, en intentos de modificar tanto la realidad física como el universo simbólico que nos rodean. Lo expresa muy bien Shakespeare en El sueño de una noche de verano, cuando dice: “A medida que la imaginación avanza en explorar la forma de lo desconocido, la pluma del poeta da forma y confiere a la etérea nada una residencia local y un nombre”. El poeta francés Paul Valéry expresa algo similar: “La tarea del artista es hacer algo a partir de la nada”.

Tal vez ése constituya, en esencia, el propósito de todos los seres humanos: hacer con la propia vida algo original, dejar una impronta propia que perdure, ese “milagro” que han concretado los amigos cuyo recuerdo me ronda en estos días. Claro que, inevitablemente, ante la muerte siempre surge la tentación de repetir aquello que dijo el poeta gallego Antón Tovar cuando se cruzó con el cortejo fúnebre de un niño: “¡No estoy de acuerdo!”

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El autor es educador

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