El momento de Woody

Ovacionado en la última entrega de los Oscar y en el Festival de Cannes –donde presentó su última película, Hollywood Ending–, el inimitable director acaba de ser galardonado en España, mientras su biografía está por aparecer en la Argentina. Vida y obra de un artista independiente
(0)
23 de junio de 2002  

Hollywood Ending (Un final de Hollywood) es la última ofrenda que han hecho al cine Woody Allen y DreamWorks, el tercero y último capítulo del trabajo de producción en colaboración que ya nos ofreció Small Time Crooks y The Curse of the Jade Scorpion. Y no se trata de una película más que el inimitable, neurótico y originalísimo realizador-autor-músico-actor neoyorquino ha agregado a su ya copiosa filmografía, sino de un film que lo ha hecho salir de su típica reclusión.

En efecto, nos encontramos en medio del Momento Público Allen: Woody apareció por primera vez en la ceremonia de entrega de los Oscar de este año, fue al Festival de Cannes (su película se proyectó en la función de gala de la apertura), y acaba de ser galardonado en España con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2002 (50.000 euros y una escultura creada expresamente por Joan Miró), como homenaje a su prolífica trayectoria cinematográfica. Más de 30 películas en su haber justifican con creces su declaración: “Nunca he sufrido el síndrome de la página en blanco; nunca le he tenido miedo al bloqueo”.

Desde 1978, Allen fue nominado más de 20 veces por la Academia Cinematográfica estadounidense en su carácter de director, guionista y actor, y ganó dos Oscar en 1978 como guionista y director de Annie Hall, y otro en 1987 como guionista de Hannah y sus hermanas. Sin embargo, es famoso por rehuir todas las reuniones sociales y ocasiones públicas y por su gusto por la reclusión: rara vez concede entrevistas, no va a la ceremonia de entrega de premios (porque prefiere tocar el clarinete como siempre en un club neoyorquino) ni a los festivales de cine, y se pronuncia en contra de todo tipo de viajes y desplazamientos.

“Desde el 11 de septiembre me pidieron que hiciera una cantidad de cosas por Nueva York, y las hice”, explica Allen, justificando su presencia en la ceremonia de los Oscar, en marzo último. “Así que ya no se trataba de entregar o recibir un premio, sino de hacer algo por la ciudad de Nueva York”. Y agrega: “En cuanto a Cannes, lo hice estrictamente por afecto. Durante los últimos 30 años, los franceses siempre me han respaldado. Siempre exhibí mis films en Cannes fuera de competencia, y aunque me invitaron muchas veces, siempre les dije que no. Casi todas mis películas fueron estrenadas en el Festival de Venecia. Me pareció que era una excelente oportunidad para expresarles mi gratitud, y que esta película era una buena manera de hacerlo”.

Hollywood Ending es una nueva mirada sobre el mundo excéntrico y neurótico de Allen. Allí encarna a Val Waxman, un artístico director de cine cuya carrera y cuya vida han conocido días mejores. Desesperado por recuperar el glamour de su época de gloria, Waxman recibe el ofrecimiento de hacer un film que puede sacarlo de la oscuridad. El problema es que la productora de la película es su ex esposa, una relación que el deteriorado director nunca superó, y está financiada por el estudio dirigido por el nuevo y apuesto novio de su ex. Waxman, un hipocondríaco extremo, es víctima de una ceguera psicosomática, pero toma, extrañamente, la decisión de dirigir la película, aun en ese estado. El resultado es, como siempre en los mejores momentos de Allen, desopilante.

“Es una película autobiográfica sólo en un aspecto profesional –aclara Woody–, porque interpreto a un director de cine, y soy director de cine. Pero no soy hipocondríaco, sino más bien alarmista. No me imagino que estoy enfermo, pero cuando me ocurre algo, por pequeño que sea el malestar siempre pienso que tengo lo peor, y ésa es una neurosis diferente”.

El buen ladrón

Aunque asegura no estar obsesionado por el cine, reconoce que uno de los mayores placeres de su vida era, de niño, ir al cine. “Ahora que soy adulto –añade muy serio–, sigue siendo ir al cine. Además, creo que ha sido para mí una manera extraordinaria de ganarme la vida, ya que abandoné la Universidad porque no sentía ningún gusto por la medicina ni por la abogacía ni ninguna de esas profesiones. Pero obsesionado, no.” Se considera afortunado, porque no se trata de un trabajo físicamente difícil, dice, y porque ha logrado ejercer cierto control creativo sobre el producto. “Siempre fui capaz de hacer bromas y resultar divertido, y tuve muchísima suerte. Pero si no pudiera hacer ninguna otra película, me haría feliz trabajar para el teatro, escribir libros o tocar el clarinete.” El actor Edward Norton ha dicho que lo que más admira en Allen es la manera en que ha aceptado la influencia de los directores a los que admira, como Bergman. Y el propio Woody reconoce que todavía tiene las fotos de sus ídolos pegadas en la pared. “Martha Graham solía decir que si uno va a robar, debe robarles a los mejores –explica el director–. Y yo siempre he tomado todo lo que he podido de mis ídolos.” A pesar de que se ha dicho que su obra ha inspirado a muchos directores, él afirma extrañamente lo contrario. Cree que la influencia predominante en los cineastas actuales es la de Martin Scorsese, seguido por Coppola y Oliver Stone, y no es un comentario peyorativo, ya que los considera directores brillantes. “Pero en cuanto a todos esos jóvenes que hacen comedias –agrega–, mis películas ni los han tocado. Sí veo una influencia mía en un film de hace varios años, Cuando Harry conoció a Sally. Pero no en cualquier otro film posterior de Nora Ephrom, ni en los de los hermanos Coen ni en los de Wes Anderson. Me asombraría enterarme de que tienen mi foto pegada en la pared.” Y tal vez Woody esté en lo cierto, posiblemente porque este neoyorquino nacido en Brooklyn en diciembre de 1935 con el nombre de Allan Stewart Konigsberg consiguió imprimir a sus films una marca inimitable. El humor, la mofa de sí mismo y la sátira intelectual caracterizan sus películas, que funcionan como parodia de las neurosis típicas de las clases cultas de Nueva York, a las que él mismo pertenece.

Matrimonios y algo más

Su especialidad es presentar neoyorquinos frustrados, inmersos en complicadas situaciones amorosas, quizá porque prefiere mostrar algo que él mismo conoce muy bien: se ha casado cuatro veces, la última, con la hija adoptiva de su tercera esposa, y casi siempre ha tenido la tendencia de dirigir a su mujer de turno.

Su carrera marital se inició precozmente en 1954, cuando contrajo matrimonio con su novia de la adolescencia, Harlene Rosen, de quien se divorció en 1960. Allen lo resume así: “Yo tenía 19 años, ella 17 y los dos queríamos salir al mundo. Lo hicimos, y ella era una mujer maravillosa. Muy talentosa: era pianista y filósofa, y nuestro matrimonio fue muy bueno. Sólo que fuimos en direcciones diferentes”.

En 1964 se casó con la actriz Louise Lasser, que actuó en sus films Qué pasa Pussycat? (1965) y Recuerdos (1980), a pesar de que ambos se divorciaron en 1969. Woody ha declarado recientemente que siempre estuvo loco por ella, que aún lo está y que ambos siguen siendo muy buenos amigos. Su amor de la década de 1970 fue Diane Keaton, quien actuó en algunas de las más celebradas películas del director –como Annie Hall (1977) y Manhattan (1979)– y de quien Allen sigue siendo amigo.

En 1980, Allen inició una prolongada relación con la actriz Mia Farrow, con quien tuvo un hijo en 1987 y dos más que adoptaron. Farrow protagonizó varios films del realizador, como La rosa púrpura de El Cairo (1985), Hannah y sus hermanas (1986), Alice (1990), Sombras y niebla (1992) y Maridos y esposas (1992). Pero en 1992, el prolífico realizador se involucró románticamente con la hija adoptiva de Farrow, Soon-Yi Previn, que tenía entonces 21 años. Esta relación provocó una suerte de frenesí mediático y una violenta ruptura entre Allen y Farrow. Woody se casó con Soon-Yi en 1997, aunque según él no tenía particular interés en casarse, pero le pareció que era lo correcto, y ya han adoptado dos hijas, con quienes viajaron recientemente a Cannes: Bechet (por el clarinetista de jazz Sidney Bechet) y Manzie Tio.

A los 66 años, Allen dice que no le cuesta volver a ser padre. “Salvo por los pañales –acota–. Es lo único que no puedo hacer, pero tampoco podía a los 20. Por lo demás, no advierto ninguna diferencia física en mi capacidad de hacer cosas. Y en realidad creo que soy afortunado por no haber tenido que mantener hijos cuando era joven. Ahora estoy en mejores condiciones de hacerlo: puedo permitirme tener hijos sin las presiones habituales. En Hollywood, lo de los hijos de padres mayores parece toda una tendencia. No soy el único, les ocurre a otros como Warren Beatty y Jack Nicholson.”

Aparte de crear papeles para sus relaciones sentimentales del momento, Woody se ha caracterizado por ser un gran descubridor de talentos, a los que siempre ha servido de trampolín: es el caso de Dianne Wiest, que actuó en Días de Radio (1987) y Disparos sobre Broadway (1994), y Judy Davis, otra de sus favoritas, que apareció en Maridos y esposas (1992), Los secretos de Harry (1997) y Celebrity (1998). A pesar de ser un realizador independiente, y más reconocido en Europa que en su propio país, cada film de Allen es visto con muchísimo detenimiento a ambos lados del Atlántico, y cada libro que publica, algunos de ellos recopilando los guiones de sus films, es traducido a más de veinte idiomas (en español circulan, entre otros, Sin plumas, Perfiles, Delitos y faltas (Crímenes y pecados, en la Argentina) y, entre otros, Manhattan. Sus espectadores, convertidos en lectores, pueden recordar mejor sus ocurrencias humorísticas que ya se han convertido en citas memorables de nuestra época. Como, por ejemplo, algunas referidas al sexo: “El sexo sin amor es una experiencia vacía pero, con todo, es una experiencia vacía bastante buena”; “Soy muy buen amante porque practico mucho solo”; “El amor es la respuesta, pero mientras uno la espera, el sexo plantea algunas preguntas muy buenas”; “El sexo es lo más divertido que me ocurrió sin reírme”. O sobre la muerte, otro de sus temas favoritos: “El león y el cordero pueden yacer juntos, pero el cordero no tendrá buenos sueños”; “No tengo miedo de morirme, sólo que no quiero estar presente cuando ocurra”; “Lo único que tiene de bueno morirse es que uno puede hacerlo acostado”; “Jamás se me ocurriría hacer jogging: cuando me muera, quiero estar enfermo”. Sobre Dios: “Si al final resulta que hay un Dios, no creo que sea malo”; “Dios no existe y, si no me cree, intente conseguir un plomero en el fin de semana”. O sobre la familia: “Soy hijo único. Sólo tengo una hermana”; “Cuando me secuestraron, mis padres entraron en acción de inmediato: alquilaron mi cuarto”.

Un director de culto

No obstante sus treinta años de éxito casi constante, y de reconocimiento internacional, Allen dice que no ha pensado mucho en su público, y que por lo tanto sus películas no han cambiado demasiado. “No sé exactamente a qué clase de público dirijo mis films. Lo que sí sé –dice el director–, es que mi público es pequeño –y no sé por qué, ya que mis películas me parecen accesibles y comprensibles, no intelectuales–, pero nadie parece saber cómo está integrado. No está compuesto por gente joven, ni necesariamente por neoyorquinos. Tampoco por una mayoría de judíos. Por alguna razón inexplicable mis películas pueden tener éxito en Minnesota, pero no en Chicago.” La única constante para sus films, agrega, ha sido el éxito en Europa, y casi siempre en América del Sur, especialmente en la Argentina.

Suele decirse que si uno tiene el aspecto adecuado, los amigos adecuados o facilidad para adular, lo más posible es que tenga buenas posibilidades de convertirse en un astro de Hollywood. Woody Allen no es particularmente atractivo, a casi todo el mundo le gustaría ser su amigo, aunque él dice que no le interesa conocer gente nueva, y es demasiado nervioso para adular a nadie. Además, Hollywood nunca le gustó mucho, aunque confiesa que de joven disfrutó en grande de algunas películas hechas en la Meca del cine.

Por todo eso, nunca se convirtió en estrella: en cambio, se convirtió en leyenda. Y para ser leyenda, hay que tener talento: ningún mediocre resiste como independiente en Hollywood durante más de 30 años. El cerrado aplauso que lo recibió en la entrega de los Oscar, la ovación de Cannes, y seguramente la ceremonia de entrega del Premio Príncipe de Asturias, que se realizará en estos días, son la mejor confirmación pública del talento inigualable de Woody.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?