El mundo Tolkien en la gran pantalla

La versión fílmica de El señor de los anillos se estrenará el 1º de enero de 2002. Para atenuar la espera, una síntesis de la saga y de su filmación
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9 de diciembre de 2001  

El señor Bilbo Biggins (o Bolsón, en su acepción castellana) se tenía por un sujeto de costumbres medidas, metódicas y apacibles. No aceptaba a priori que nada interrumpiera sus estudiadas rutinas. Si acariciaba sus amapolas al caer la tarde o resolvía tomar el té puntualmente pasados los 28 minutos de alguna hora, no podía dejarse importunar por ningún episodio exterior que alterara estas costumbres. Bilbo parecía un inglés, aunque era mucho más que esto: era un hobbit. Y los hobbits, se sabe, aunque pequeños, son mucho más que ingleses u otras especies humanas.

Un día, Bilbo Bolsón partió inesperadamente junto a doce enanos y un mago llamado Gandalf. La misión de los viajeros consistía en desterrar al dragón Smaug de un antiguo y desolado reino. Y aunque este hecho tiene su importancia, es nada comparado con lo que vendría después. La verdadera y trascendente historia está relacionada con el anillo que Bilbo encontró durante su viaje: tenía el poder de hacerlo invisible. Luego, el mago Gandalf descubrirá la auténtica naturaleza de la joya. El objeto mágico fue forjado por el malvado hechicero Sauron, y tenía el poder de corromper y seducir a cualquiera que lo llevara convirtiéndolo así en su esclavo. Sauron conquistaba la Tierra Media sin que nadie pudiera impedírselo gracias a su poderoso anillo, hasta que al fin se lo arrebataron. Pero el anillo tenía vida propia y no tardó en deslizarse del dedo con el único objeto de retornar con su verdadero amo. Así fue como lo encontró Bilbo y se lo llevó a su hogar, en La Comarca.

Era de esperar que las rutinas volvieran a su curso. Amaneceres, amapolas, amarillos de los hobbits. Sin embargo, Sauron volvió a resurgir de las tinieblas y ahora empeñaba todas sus fuerzas en recuperar el anillo. Otro Bolsón, esta vez Frodo, fue el encargado de iniciar un nuevo viaje hasta la tierra de Mordor. El anillo debía ser destruido y arrojado a un volcán conocido como el Monte del Destino, y así acabar con el malvado Sauron para siempre.

El Destino fue un volcán inesperado para los hobbits y todos quienes tuvieron que ver con ellos. El primero, un oscuro profesor de la Universidad de Oxford, J.R.R. Tolkien, que se decidió a contar su historia. Lo hizo de forma curiosa. Narró las aventuras de Bilbo en El hobbit (1937) y luego continuó la aventura del anillo en tres tomos, conocidos como El señor de los anillos (1954/55). En un primer momento, hubo miradas sospechosas para una historia que en el mejor de los casos los críticos parecían dispuestos a admitir como “una buena patraña infantil”. Pero poco a poco, casi de modo imperceptible, la saga del profesor fue expandiéndose –sobre todo entre el público joven– con la furia de un volcán. El señor de los anillos lleva vendidos hasta hoy más de 50 millones de ejemplares, se tradujo a 25 idiomas y en 1997 una encuesta en el nivel nacional desarrollada en Inglaterra la situó como la novela más importante del siglo, dejando de lado obras de autores como Joyce, Orwell o Graham Greene. En las últimas décadas, sus personajes y vicisitudes se han visto propagados por juegos de rol y en cientos de páginas de Internet por fanáticos que discuten hasta sus detalles más ínfimos. El viejo profesor observaba con sonrisa irónica las vueltas del Anillo en el Volcán del Destino.

El señor de los hobbits

John Ronald Reuel Tolkien nació el 3 de enero de 1892 en Bloemfontein, Sudáfrica. Fue un erudito y filólogo que, antes de conseguir la fama con su ingeniosa trilogía épica, se desempeñó como profesor de lengua anglosajona e inglesa (1925-45) y de literatura (1945-59) en la Universidad de Oxford. Sus trabajos especializados incluyen Chaucer as a Philologist (1936) y Beowulf: The Monsters and the Critics (1938). Amigo estrecho del gran escritor C. S. Lewis (cuya influencia sobre Tolkien parece ser decisiva), el creador de la saga fue, asimismo, un protestante severo, de costumbres rígidas.

Sería un error separar la vida de Tolkien como erudito y como literato. El hombre que estuvo fascinado por Beowulf y confesó un amor infantil por la tierra de Merlín y Arturo comenzó a escribir su trilogía siendo un estudiante de Oxford. Mientras trabajaba en ella, escribió El hobbit, que servía como introducción a la trilogía, pero sobre todo para divertir a sus hijos. Creó un mundo de fantasía, convincente por sus precisos detalles imaginados y su consistencia interior, desarrollando una prosa con el ritmo y la fuerza de la epopeya nórdica y la poesía anglosajona. Pero al mismo tiempo, Tolkien no dejaba de intentar reflejarse a sí mismo, y también su circunstancia: la atmósfera de la Inglaterra rural que tanto amaba.

En una ocasión llegó a afirmar: “Excepto por el tamaño, en verdad soy un hobbit. Me gustan los árboles, los jardines y las granjas sin máquinas; fumo en pipa, me gustan las comidas sencillas (no refrigeradas) y detesto la cocina francesa. Me agradan, y hasta me atrevo a usar en estos días oscuros, los chalecos adornados. Tengo predilección por los hongos; tengo un sentido del humor muy elemental, que incluso mis críticos favorables encuentran fastidioso. Me acuesto y me levanto tarde (cuando puedo) y no viajo mucho”. Tolkien tenía razón: era todo un hobbit. Y es de suponer que la sorpresa debida a la dimensión que tomó su saga tuvo su equivalente en la que sufrió Bilbo durante su primera excursión a la Tierra Media. Los días de J. R. R.Tolkien se apagaron en Bournemouth, Inglaterra, un domingo 2 de septiembre de 1973. Tenía 81 años. El año anterior, Oxford lo había premiado con un doctorado y sus hobbits se encontraban con excelente salud. Es más, ya entonces se hablaba de que estaban listos para la primera experiencia extraliteraria: la película.

Y llegó. La primera versión de El señor de los anillos en cine se dio en 1978 y, aunque no le faltan méritos, el proyecto resultó un fracaso comercial y hasta no hace mucho incluso estuvo fuera de catálogo. Su director fue Ralph Bakshi, un talentoso investigador dentro del audiovisual de animación, responsable del primer dibujo animado enteramente para adultos: Fritz el Gato. Con Fritz, Bakshi glorificaba los días de sexo, droga y rock and roll, además de enunciar un manifiesto rechazo al sistema. Su segundo film resultó todavía mucho más ácido y corrosivo. Heavy Traffic (Tráfico pesado) denunciaba con una negrura poco frecuente para el cine norteamericano la intolerancia racial instalada en la sociedad. Paralelamente, su estética era grandiosa. Manejaba colores y movimientos con una audacia y originalidad poco frecuentes, y fue una de las primeras ocasiones en que un film de animación incluyó a actores reales.

Pero. claro, el cinismo, la mirada realista y dura que Bakshi tenía sobre lo que le rodeaba, no parecían ajustarse del todo a la saga heroica de Tolkien. Además, el director dividió la trilogía en dos partes (de la que sólo se realizó la primera), lo que dejaba muchos puntos oscuros en todo el guión.

Un director para Tolkien

Muchas veces se reflotó la idea de filmar El señor de los anillos, pero las dificultades planteadas por el libro y su elevado costo alejaban a los productores. Se dice que Spielberg, Lucas y Cameron tuvieron en sus carpetas el proyecto y que a ninguno le faltaban deseos de llevarlo adelante. Aunque, al mismo tiempo, sus nombres no parecían ser los más apropiados para una historia que había generado un público cautivo muy particular. La segunda oportunidad para El señor de los anillos en cine trascendió en 1998, cuando New Line Cinema y Wingnut Films Limited dijeron que en 2001 se estrenaría la primera película de la trilogía, donde se narran leyendas de la Tierra Media. La expectativa no se detuvo más.

Cientos, miles de rumores, anécdotas, acusaciones, debates, peleas, apoyos. Internet se llenó con una fiebre de versiones propagadas por fanáticos de la saga del mundo entero. Aclarando: el príncipe encantado a quien se encomendó llevar adelante el proyecto es (trompetas)... ¡Peter Jackson! ¿Quién es Peter Jackson? Un delirante neozelandés conocido como el Rey del Mal Gusto. Su producción hasta el momento es tan desconcertante como audaz. Jackson se hizo conocido como un maestro del gore, género que explota con inteligencia todo lo políticamente incorrecto que pueda tener la estética audiovisual. Sus primeras películas llamaron la atención dentro de este campo, sobre todo Bad Taste (precisamente, Mal gusto) o Braindead: Tu madre se ha comido a mi perro (“Pero no todo”, añadía el protagonista). No obstante, Jackson dio muestras de su ductilidad en el excelente drama psicológico Criaturas celestiales, donde demostró además una brillante creatividad.

Ahora, sacó adelante la mayor producción cinematográfica efectuada en el hemisferio sur del planeta sin defraudar a los millones de seguidores de esta trilogía, la más esperada desde Star Wars. Para eso, contó con multitud de recursos a su alcance: grandes decorados, un equipo técnico impresionante, más de un centenar de actores y 15.000 extras, multitud de maquilladores y la vanguardia de los efectos especiales con el fin de rodar las tres películas seguidas (aunque se estrenará una cada año a partir del 1º de enero de 2002). Casi ocho horas de aventura divididas en tres títulos fieles a la denominación que hizo Tolkien de las tres partes de El señor de los anillos: La comunidad del anillo, Las dos torres y El retorno del rey.

En el otoño de 1999, Peter Jackson comenzó a filmar en su Nueva Zelanda natal con un presupuesto de 180.000.000 de dólares. Una de las tantas curiosidades de esta empresa es que por primera vez en la historia del cine se rodaron tres películas al mismo tiempo, aun cuando se estrenarán a lo largo de tres años. Es de suponer las dificultades que eso implica para todo el equipo, pero fundamentalmente para su director. En una entrevista concedida a la televisión neozelandesa que recogió el periódico The New Zealand Herald, Jackson admitió: “Estuve a punto de volverme loco. Lo enfocamos como si fuese una única historia muy larga. Obviamente, cuando ruedas una película, lo haces sin respetar la secuencia, y lo que hemos hecho es rodar tres películas completamente fuera de secuencia. Nos concentramos en realizar la primera película, pero al final hemos rodado este año secuencias para las demás. Es una historia épica. Tiene un inicio, un medio y un final. Una de las cosas únicas de hacer tres películas seguidas es que te da la oportunidad de contar una historia en tres partes, y la promesa de que, cuando las veas juntas, será un gran día. Se sentirá como una historia continua. Normalmente, se espera a ver el éxito de la primera para realizar la secuela y las secuelas de por sí no tienen continuidad. Por otra parte, la historia impedía hacerlo de otro modo. Si intentas realizar El señor de los anillos, es imposible hacerlo en una sola película, y cualquiera que vea la primera sabrá que no va a ver la historia completa. La historia es básicamente Frodo tratando de destruir el Anillo, y está claro que esto ocurre al final de la primera película. Pero hemos estructurado las tres de tal forma que finalizan en algunos aspectos, pero dejan otros pendientes. No podemos rodar las dos últimas películas dependiendo del éxito de la primera y hacer así esperar al público dos años. Tampoco queremos simplificarlo todo en una sola película, sería una gran decepción”.

Aun con todas las precauciones objetivadas en el campo de batalla, el ex Rey del Mal Gusto sabe que la filmación de tres películas en una no es el único problema que tiene que atender.

La mirada de los fans

Los amantes de la saga con seguridad serán los primeros críticos de la producción, a la que a juzgar por los debates que a diario se suscitan en las diversas páginas de Internet, ya miran con cierta desconfianza. Jackson los tiene en cuenta, pero tampoco se deja impresionar por esta mirada.

“Estas películas no son las oficiales –afirma el director buscando tomar distancia de ciertos pruritos de los fans–. Los herederos de Tolkien no están implicados. El profesor Tolkien ya no está con nosotros. Las películas son una interpretación, nuestra interpretación colectiva de los personajes en la historia. Hemos estado en buenas relaciones con todo el mundo. Algunos expertos en Tolkien nos ayudan. Tuvimos mucho cuidado con los nombres, los lenguajes. Intentamos hacer bien las cosas. Al final, todo es cuestión de interpretación. No existen películas hechas en comité. Puedes escuchar ideas, pero tienes que hacer lo que creas que es correcto. Pero la gente ha sido muy receptiva”.

La compañía encargada de los efectos especiales, Weta Limited, realizó la escenografía junto con Alan Lee y John Howe, artistas reconocidos internacionalmente por sus pinturas inspiradas en el libro de Tolkien. El artista conceptual Lee, ilustró por encargo de la Tolkien Estate la edición conmemorativa de El señor de los anillos que se publicó en 1991. “Leí los libros por primera vez en mi adolescencia, y me influyeron enormemente – dice–. Recuerdo el tiempo en que pensaba que se podría hacer una película extraordinaria.” Ahora tiene la posibilidad de participar en ella: Alan Lee es el responsable de dibujar el mundo físico de la Tierra Media, creando bocetos que se convertirán en realidades tridimensionales. “Es un gran reto”, afirma Lee, “especialmente las construcciones élficas –Rivendell, Lorien y los Puertos Grises. Sabíamos que debían de tener una apariencia especial. Necesitaban de un sentido artístico, pero también de cierto misterio. En algunos casos hay algunas pequeñas pistas, por eso puedes explorar diferentes ideas. En general, no nos centramos individualmente en los personajes, es más interesante mostrar a un personaje en relación a su ambiente. Tolkien describe estas viejas culturas en cientos de años de historia. Me encanta mostrar la inmensidad y el detalle de estos mundos”. Para sus ilustraciones de los libros, Lee trabaja con acuarelas. "El óleo es pesado. Pero la acuarela me permite poner agua en la página. Me ayuda a colocar la luz adecuada y el aire y un cierto sentido mágico, que es una parte crucial de lo que relata Tolkien”.

Una vez concluido el rodaje, se realizó el proceso de post-producción, donde cada fotograma se digitalizó con efectos especiales de última generación. Jackson considera que sólo ahora están dadas las condiciones técnicas indispensables para llevar adelante un proyecto de la magnitud de El señor de los anillos.

En un principio, Miramax iba a ser la compañía encargada del proyecto, pero se desistió ya que querían comprimir toda la historia en un solo largometraje, lo que es prácticamente imposible. Otra de las causas es que Miramax es propiedad de Disney y fue voluntad expresa de Tolkien que Disney no tuviera nada que ver con posibles adaptaciones de sus obras.

Buenos, pero no divos

Hubo mucho cuidado en el casting por elegir actores de una importante trayectoria, pero no demasiado identificados con el star system. Una opción muy parecida a la tomada por Lucas para Star Wars, que ante todo pretendía huir de las extravagancias de los elegidos por Hollywood. Elijah Wood (El Buen Hijo, Deep Impact), es Frodo, el líder de los Hobbits. Sean Astin, uno de los Goonies, encarna a Sam, el fiel amigo de Frodo que se mete en la aventura de manera casual. Billy Boyd y Dominic Monaghan, dos desconocidos, son Pippin y Merry respectivamente, los dos personajes que cierran la representación Hobbit de la compañía del anillo. Legolas, el elfo, será Orlando Bloom y John Rhys-Davies, ha pasado de ser guía en las películas de Indiana Jones para prestar sus servicios a la compañía en forma del enano Gimli. Viggo Mortensen (Crimen perfecto) es Aragorn el guerrero enviado por Gandalf para proteger a Frodo y Sean Bean (chico Bond en Goldenaye) encarnará a Boromir, otro guerrero de fuerte carácter. Por último hay que hablar de Gandalf, el archimago con poder para enfrentarse a Sauron y alma de la protección del anillo. Lo interpretó sir Ian McKellen, un prestigioso actor teatral al que hemos podido ver en películas como Ricardo III y Dioses y monstruos. Como curiosidades por destacar del reparto cabe decir que los actores que encarnan a hobbits son actores de carne y hueso reducidos digitalmente, que los Orcos son muy feos, que para belleza estará la de Liv Tyler (hija del cantante de Aerosmith, y que ya sedujo también a Bertolucci en Belleza robada). Por la población que tienen estos reinos mágicos, muchas localidades de Nueva Zelanda están de fiesta: la trilogía tuvo entre 15 y 20 mil extras.

El hechizo de un mundo

Todo está preparado para empezar el año hechizados con las criaturas inventadas por Tolkien. Como parecen haber fascinado ya al propio Jackson, que no duda en admitir que “es un privilegio único realizar una película partiendo de unos libros con los que has crecido, con unos personajes que has imaginado. Los libros describen con increíble veracidad los lugares. Pero durante el último año, hay momentos que recordé especialmente en el rodaje. Estaba tranquilo en una esquina mientras esperaba a que la cámara empezara a rodar cuando, de repente, pensé que estaba en Hobbiton, o en Helm, y que allí está Aragorn, y allá Gandalf y más acá Frodo. Hubo momentos en los cuales me sentí físicamente transportado dentro del libro, y es asombroso. Dejas de lado la tecnología y es increíblemente auténtico. Todos verán las películas cuando se estrenen, pero es un privilegio para pocos sentirse físicamente allí, en el mismo lugar que los personajes. Hay sitios de Helm que nunca se verán en los films. Pero todos caminamos por allí diciendo esto es Helm. Una experiencia extraña. Es aquí cuando más disfruto con films como éste”. La fantasía está servida. Sólo hay que probarla.

Las cifras de una producción faraónica

Por Eva Bär

Para convertir las imágenes verbales de Tolkien en imágenes visuales, se necesitaron miles de personas y equipos que Peter Jackson dirigió como un general romano a la conquista de un mundo desconocido. Tierra Media, Hobbiton y sus habitantes, hobbits, enanos, humanos, elfos, magos, orcos, buscadores del anillo y Uruk-Hai no aparecieron de repente ante sus ojos, sino que fueron construidos detalle a detalle por un ejército de vestuaristas, maquilladores, peinadores, escultores y expertos en efectos especiales.

Todo, en la producción de El señor de los anillos, fue de dimensiones monumentales. Las cifras de muchos dígitos abundaron en todos los departamentos que tuvieron a su cargo los distintos aspectos del film. Como prueba de eso, basta una lista ilustrativa:

250.000 fueron las hojas de seda que dieron volumen al árbol de Hobbiton.

90.000 las fotografías tomadas en el set.

48.000 los props (palabra de la jerga del cine que alude a todos los elementos utilizados en una escena; en este caso, espadas , cuchillos, hachas, escudos, etcétera) que fueron realizados en el taller de WETA.

20.602 los extras en escenas multitudinarias, todos ellos de origen kiwi y neozelandés.

15.000 los trajes que tuvieron que hacer los diseñadores de vestuario.

5000 metros cúbicos de vegetales se plantaron desde un año antes del rodaje para dar vida a Hobbiton.

2400 llegaron a ser los técnicos del equipo trabajando simultáneamente en el momento culminante de la producción.

1600 los pares de prótesis que se necesitaron para recrear los pies de los Hobbits.

900 armaduras se hicieron a mano para parte del elenco y los extras.

550 horas de backstage fueron registradas para dejar un documento del esfuerzo titánico de la producción.

350 fueron los sets construidos para la filmación.

300 las pelucas que se tejieron especialmente a mano.

274 los días que llevó completar la filmación principal.

200 máscaras se hicieron para cada uno de los Orcos.

250 fue la mayor cantidad de caballos que participaron en una misma escena.

800 fue la mayor cantidad de comensales que compartieron el almuerzo en un mismo set.

180 artistas crearon efectos computarizados.

114 fueron los actores que tuvieron participación verbal.

100 las locaciones de filmación.

68 los sets construidos en miniatura.

8 acres de granja en Matamata, Nueva Zelanda, se convirtieron en el set de Hobbiton.

7 años duró la realización de El señor de los anillos.

5 unidades de filmación se utilizaron en la unidad principal, además de dos segundas unidades y unidades de miniaturas.

2 horas cincuenta minutos dura La comunidad del anillo, primera entrega de la trilogía.

1 milla es la distancia de vehículos alineados en el set.

Es lo que se podía esperar de un temerario como Jackson, que a los doce años reclutó a un grupo de amigos, hizo un hoyo en el jardín de su casa y filmó con la cámara 8mm que sus padres le habían regalado una película que transcurría en la Segunda Guerra Mundial: para simular los explosiones, le hizo agujeros con una aguja al celuloide. Como se sabe, cantidad no garantiza calidad. Aunque, en este caso, es muy probable que vayan de la mano.

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