El niño y el reino

Guillermo Jaim Etcheverry
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11 de enero de 2009  

En la selva de las paradojas es el sugestivo título de la conferencia que pronunció en Estocolmo el escritor francés Jean-Marie Gustave Le Clézio en ocasión de recibir el Premio Nobel de Literatura 2008. En ella relata sus tan ricas y singulares experiencias vitales, que han llevado a la Academia Sueca a afirmar que "es un autor cosmopolita, un viajero, un ciudadano del mundo, un nómade". Elogia, como no podría ser de otro modo, la lengua, todas las lenguas, "el invento más extraordinario en la historia de la humanidad, el que apareció antes que los demás y el que ha hecho posible compartirlo todo. Sin lengua no habría ciencia, tecnología, ley, arte, amor. Pero sin otra persona con quien interactuar, el invento se convierte en virtual. Puede atrofiarse, disminuir, desaparecer". También destaca los libros, "un tesoro más precioso que los bienes inmuebles o que las cuentas bancarias... que me han proporcionado el placer de la aventura, que me han permitido presentir la grandeza del mundo real, así como explorarlo mediante el instinto y los sentidos más que por el conocimiento".

Una de las cuestiones centrales entre las que obsesionan a Le Clézio, queda reflejada en un texto del escritor sueco Stig Dagerman (1923-1954), escrito en la posguerra inmediata. El se pregunta cómo es posible comportarse como si nada en la Tierra fuera más importante que la literatura y, por otro lado, no advertir que, hacia donde se dirija la mirada, se encuentran personas que luchan contra el hambre y que consideran que lo más importante es ganar su sustento. Es en esa situación cuando el escritor -según Dagerman- se ve confrontado con la paradoja: mientras que lo que ansía es escribir para los hambrientos, descubre de pronto que sólo quienes tienen lo suficiente para comer pueden percibir su existencia como creador.

A pesar de su pesimismo, el comentario de Dagerman acerca de la paradoja fundamental del escritor, profundamente insatisfecho por no poder comunicarse con los hambrientos -de alimento o de saber- apunta a uno de los mayores dramas de la civilización actual. En su conferencia Le Clézio hace referencia a dos niños, en los cuales simboliza aquellos que el escritor considera los dos desafíos más urgentes de la historia humana, y que estamos aún muy lejos de haber concretado: la erradicación del hambre y la eliminación del analfabetismo.

Se trata de dos luchas estrechamente vinculadas, interdependientes, ya que una no puede tener éxito sin la otra. Ambas, afirma Le Clézio, nos exigen actuar para que, en este tercer milenio, ningún niño en nuestra casa común, el planeta, quede excluido del festín, independientemente de su género, lengua o creencia.

Este dramático llamado del escritor evoca el pasaje del Evangelio de San Mateo: "Entonces el Rey dirá a quienes están a su derecha: «¡Venid, benditos de mi Padre! Heredad el reino que ha sido preparado para vosotros desde la fundación del mundo»".

En la herencia de este reino, por ser humanos todos tenemos derecho a compartir, y el dominio de la palabra constituye la piedra fundamental, la joya más preciada. Es esa vasta herencia común la que tenemos la responsabilidad indelegable de transmitir, enriquecida, a quienes nos siguen, precisamente, a nuestros herederos.

Al cerrar sus palabras, Le Clézio retorna a la imagen del niño abandonado. Señala que es él quien en realidad resume en sí mismo el futuro de toda la raza humana. Y lo hace recordando al filósofo griego Heráclito de Efeso, quien, hace mucho, mucho tiempo, afirmó que el reino pertenece a un niño.

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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