El Nobel y sus maestros

Guillermo Jaim Etcheverry
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13 de enero de 2008  

Todos los años, durante los primeros días de diciembre, se reitera en Suecia un rito que se remonta a 1901. Cumplida la ceremonia de entrega de los premios Nobel en la Gran Sala de Conciertos de Estocolmo, se realiza un fastuoso banquete en el Salón Azul del Ayuntamiento de la ciudad. En esa ocasión, los más de mil asistentes, ataviados de rigurosa gala y respetando un estricto protocolo, disfrutan de un refinado menú, acompañado por vinos seleccionados con extrema dedicación.

Como corresponde a todo banquete, los comensales deben retribuir tanta esplendidez con el tributo de atención a los numerosos discursos. El agasajo de este año no fue una excepción y los premiados, uno por disciplina, cumplieron con la obligación de agradecer –eso sí, muy brevemente– la distinción. Tres científicos compartieron en 2007 el galardón en Fisiología o Medicina por haber descubierto los principios que permiten la modificación de genes específicos en células madres de ratones, lo que dio origen a los "ratones de diseño". En nombre de esos investigadores, habló durante el banquete Oliver Smithies, científico de origen británico que emigró a los Estados Unidos durante la década de 1950.

Smithies comenzó agradeciendo a los estudiantes y colegas de los premiados, y destacó que ellos no podrían haber concretado sus trabajos sin su colaboración. Pero su propósito era saldar una deuda más antigua: la contraída con sus maestros. Para reconocerlos, evocó tres experiencias personales. La primera se remontó a su escuela primaria en Halifax, Inglaterra, donde tuvo un profesor de matemática, el "raro" G. E. Brown, que desagradaba a sus alumnos y cuyas clases se caracterizaban por la indisciplina. "Pero –dijo– amaba la matemática y el cálculo, y logró transmitir ese amor al menos a uno de sus estudiantes: a mí."

Es la de Smithies una clara respuesta a aquellos maestros que, lógicamente, se desaniman ante las crecientes dificultades de todo tipo que deben enfrentar en su tarea cotidiana. Pero si quien enseña algo tiene el privilegio, durante el curso de su vida, de contagiar el amor por eso que enseña, al menos a un alumno, esa vida habrá adquirido su más pleno sentido. Ningún docente sabe si germinarán las semillas de humanidad que va sembrando en su quehacer cotidiano, ni tampoco cuándo y en quién lo harán. En este caso, el entusiasmo de Brown floreció en ese alumno que acaba de recibir el premio Nobel.

La segunda experiencia que citó Smithies fue la que vivió con Field Morey, un distinguido aviador que le enseñó a volar cuando tenía más de 50 años, una tarea nada sencilla. "Pero – dijo – me enseñó algo más importante que pilotear un avión. Me enseñó que es posible superar el miedo si se tienen conocimientos." Ese miedo –el de fracasar– que experimentamos cuando emprendemos algo nuevo puede ser superado mediante el saber.

Fue su tutor en Oxford quien le transmitió una concepción de la ciencia que orientó toda su vida. Smithies recordó el pensamiento de Alexander Ogston, distinguido químico, quien dijo: "Porque la ciencia es más que la búsqueda de la verdad, más que un juego desafiante, más que una profesión –es una vida que personas muy diversas transitan juntas, en la más cercana proximidad, una escuela de vida social–, somos miembros unos de otros."

Y, al igual que las anteriores, ésa es sin duda una lección que trasciende la actividad científica. Porque la vida de todos no es más que un intento de alcanzar la verdad, un juego desafiante, una profesión. Y la transitamos en estrecha relación con personas muy diferentes. Es con ellas que nos completamos, que compartimos la escuela en la que aprendemos a vivir, porque, como señaló el maestro de Smithies, "somos miembros unos de otros".

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador

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