El odio y el clasismo crean santas

Mercedes Funes
(0)
1 de febrero de 2020  • 11:20

"Grasa", "groncha", "concubina", "juntada", "gato", "cachivache", "vedetonga de cuarta", "no nos representás". Podría llenar todos los caracteres de esta columna con las barbaridades que se han dicho en redes sociales sobre la primera dama argentina, Fabiola Yáñez, después de su primera gira oficial.

Pero no es necesario: la anterior es una muestra bastante representativa, y lamentable. Sí, en la era de las redes todo el mundo se siente con derecho a decir cualquier cosa sobre cualquier persona pública, pero casi nunca el mundo es tan cruel con los varones. Yáñez ni siquiera tiene una responsabilidad institucional. No hay nada legislado sobre el rol de la primera dama: es un lugar que se determina por usos y costumbres. Es el presidente el que decide quién lo acompaña y cómo. Los que hoy se indignan porque la actriz y periodista - "que hasta hace poco mostraba el culo en la calle Corrientes"- no está casada con Alberto Fernández, seguramente olvidaron que, cuando Carlos Menem se divorció de Zulema Yoma, fue su hija, Zulemita, la que ocupó ese lugar. Y que también Florencia

Kirchner acompañó a Cristina después de la muerte de Néstor. Huelga decir que ninguna de las dos estaba casada con sus padres.

La ex presidenta, en su bestseller Sinceramente (Sudamericana, 2019), usó invectivas similares a las que ahora sirven para ensañarse con Yáñez, salvo que entonces su blanco eran el ex presidente Mauricio Macri y Juliana Awada: que no eran un matrimonio "en serio", se escandalizaba Cristina, sino "de marketing": ¿cómo podían mostrarse como una "pareja perfecta", si era el tercer matrimonio de los dos? Cuestionar a una pareja por no ser bien avenida mientras nuestros hijos nos recuerdan a diario que ya no hay fórmulas posibles para etiquetar familias, ni "familias perfectas" por muy funcionales que parezcan, resulta triste, retrógrado. Digo que es triste quizá porque el tema me toca de cerca: en los '80, mi madre, que no estaba casada con mi padre porque no había Ley de Divorcio, buscó un colegio para que yo empezara el jardín de infantes por el barrio en el que vivíamos. Fue una empresa difícil: la Libreta de Matrimonio era una exigencia en casi todos los que le habían recomendado. A los bastardos, ni educación.

No fue hace tanto, pero me gusta pensar que cambiamos algo. Ya nadie tiene que ir a casarse a Paraguay para conseguirle algún derecho negado a su pareja ni a sus hijos. Ya nadie tiene que seguir casado contra su voluntad. Ni siquiera hace falta casarse: a la par del matrimonio igualitario, se multiplicó la unión libre como alternativa al matrimonio tradicional, y muchas parejas pasan también de ese trámite; las mujeres ganamos la suficiente independencia como para que el casamiento no nos signifique un proyecto de vida.

Justo este jueves se estrenó la Mujercitas de Greta Gerwig, pero hace ya ciento cincuenta años que la icónica Jo March nos enseñó que podíamos encontrar nuestro propio camino. ¿Por qué debería tener un proyecto menos moderno la primera dama? ¿Por qué debería importarnos el estado civil del presidente, o el tipo de relación que tiene con su pareja? Mientras su pareja no se ría en el Museo del Holocausto o no haga alarde de la estilista que llevó de viaje, ¿cuál es el problema si fue actriz, si mostró la cola, si no está casada o si no tiene interés en hacerlo? También hay que decir que Awada era criticada por los mismos que ahora callan ante el coqueto Instagram de Fabiola. Decían que la de Macri era una "mujer florero", pero las cuentas de Yáñez parecen una réplica de las de Awada. ¿Qué les molesta entonces a los que añoran a "la hechicera"?

Entrevistada por el programa de radio del que participó hasta diciembre, la primera dama, arriesgó: "Trato de creer que son trolls del macrismo, porque no puedo hacerme a la idea de que haya personas reales que sean capaces de tanto odio, resentimiento y violencia. La grieta, el odio y el clasismo nos hacen menos inteligentes y más pobres". Pues bien, tengo una noticia para los carcamanes que la juzgan: también del odio y del clasismo nació el mito femenino más grande de la Argentina. También era rubia oxigenada y había sido actriz y pobre. Tampoco aprobaban su estilo, ni creían en lo bien avenido de su matrimonio, ella misma era una "hija natural". Cuidado con el odio y el clasismo, porque crean santas. Por mi parte, seré la primera en prenderle una vela a Santa Fabiola. Aunque más no sea, por solidaridad de género.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.