El poder de las palabras: ¿cuál es tu mensaje?

Crédito: ilustración de Eugenia de Mello. Foto de Gustavo Sancricca.
Vik Arrieta
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4 de marzo de 2019  • 00:33

Convocamos a Vik Arrieta, comunicadora y emprendedora, a reflexionar sobre el poder de las palabras.

"Esto, en otro país... no pasa", me dice el taxista. "Lo que creés, creás", dice mi astróloga favorita en Internet. "Me queda para el traste, ¡estoy gorda!", escucho una voz fastidiada desde el probador. "No le des tantas vueltas al asunto", un consejo al pasar. "Tu espacio debe ser para la persona que querés ser, no para la que fuiste", formula Marie Kondo en la tele.

Mi día está lleno de mensajes que llegan a mí, los pida o no. Algunos son cálidos y me provocan felicidad. Otros son diferentes y me dejan pensando. Otros son violentos y me entristecen o provocan mi rechazo. Sean como sean, todos me cuestionan: me piden una confirmación o un desacuerdo. Aunque la discusión no tenga más volumen que los latidos de mi corazón.

¿Yo creo en esto? ¿Yo quiero esto? Esto que se dice, ¿también lo digo? ¿Lo quiero decir? ¿Cuál es MI mensaje?

Nuestro día está repleto de palabras

Las decimos, las escribimos, las pensamos. Son nuestra primera herramienta creativa: a través de las palabras declaramos nuestra visión del mundo, de la vida, de nosotras mismas. Es a través de las palabras que somos, pero un error fundamental es pensar que el origen de nuestras palabras somos sencillamente nosotras mismas. Es tan arrogante como común: olvidarse de que llegamos al mundo a través de otro ser humano (nuestra madre) heredando ipso facto un lugar (y un punto de vista) en un relato que ya está en movimiento. Las palabras que eligieron para explicarnos quiénes éramos desde bebés, quiénes eran ellos (los que nos recibieron: padres, familia, maestros), qué era el mundo, de qué estaba hecho, qué era lo que sentíamos, veíamos, escuchábamos, tocábamos. Lo que estaba bien o mal. Todas esas palabras que recibimos fueron nuestro primer diccionario.

"Las palabras pueden crear el sueño más bello o destruir lo que te rodea".

En Los cuatro acuerdos, un bello texto escrito por el médico mexicano Miguel Ruiz, este dice: "Sé impecable con tus palabras". Nosotras no inventamos las palabras que heredamos, pero podemos elegir cómo, cuándo y para qué usarlas. No podremos elegir muchas de las situaciones con las que nos tocará enfrentarnos, pero sí podemos elegir las palabras con las que vamos a responder a todo eso que nos pase. Mi amiga May (Groppo) me regaló hace poquito esta potente frase de Victor Frankl: "Entre estímulo y respuesta hay un espacio. En ese espacio está nuestro poder para elegir nuestra respuesta. En nuestra respuesta radican nuestro crecimiento y nuestra libertad".

Todas somos historiadoras de nuestras propias vidas. Podemos elegir nuestro propio relato. Podemos elegir nuestro mensaje. Pero para elegir bien, hay que estar presente e ir hacia la fuente. No es lo mismo comprar fruta en el súper que elegirla fresquita de un árbol.

Mensajes que limitan

Crecí escuchando que "hay que portarse bien", "no te equivoques", "las chicas lindas tienen piernas flacas", "es feo estar gordo", "no somos ricos" y que "no se puede dejar de trabajar". Como estrofas en una canción, fui silbando bajito estas ideas (y muchas otras más) a lo largo de toda mi vida, casi sin darme cuenta. Se acomodaron en mí como "verdades inobjetables": las cosas tal como son en el mundo, en forma tan evidente que cualquiera podría acreditar su valor-verdad. Este set de mensajes mamado en origen suena bien porque es, en gran medida, generacionalmente compartido. Vamos todas escuchando una melodía más o menos igual. Y no se nos ocurre cuestionarlo porque estamos bien, porque las cosas "funcionan" de alguna manera: si estamos "gordas", hacemos dieta. Si queremos "la libertad que da el dinero", nos ponemos billetes como zanahorias. Cuando el mundo hace sentido, toda su complejidad se siente navegable. Y hasta confortable. Lo que nadie me anticipó (y tuve que descubrir por mi cuenta) es que cuando estás creciendo "como persona" (como ser espiritual y puede ser que en edad también, aunque no haya una relación directa), la zona va quedando chica, hasta que aprieta. Llegó un momento en el que yo ya no me sentía cómoda con muchos de los discursos que llenaban mi día. Ahí es donde me percaté de que había dejado de darles espacio a las prácticas que me permitían explorar nuevas ideas, confrontar las que había heredado y formar así mi propio mensaje: mi identidad.

Mensajes que abren

Crédito: ilustración de Eugenia de Mello. Foto de Gustavo Sancricca.

Siempre fui muy cuestionadora, me gusta ver las dos caras de una moneda. Pero el problema es que cuando la moneda sos vos, ver claramente tu luz y tu sombra es una tarea muy difícil. Por eso soy una fanática declarada de las herramientas de autoconocimiento: tuve momentos muy reveladores leyendo a mis maestros a través de sus libros, leyendo mi carta astral, en una sesión de coaching o haciendo una actividad meditativa. Pero aprendí que nada termina de cuajar hasta que no encuentra su fórmula en un nuevo set de palabras.

Podés tener incontables epifanías, pero solo toman verdadera forma cuando se convierten en una declaración. Desde la ontología del lenguaje (disciplina que estudia cómo, a partir del lenguaje, creamos nuestra identidad, que es lo que más me gustó estudiar en mi carrera de Comunicación), una declaración es una oración creativa: crea realidad.

Cuando la decís, emitís al universo un compromiso que te va a pedir que lo respaldes con tu acción, es decir, que vayas detrás de las cosas que le van a dar "autoridad" o valor de verdad a eso que dijiste. Y ahí es donde muchas veces el miedo nos hace quedarnos en el molde. Nuestra libertad creativa exige compromiso. Intuitivamente sabemos lo que el Dr. Miguel Ruiz nos quiere decir: mis palabras son mágicas y lo que digo, lo creo. A veces, el miedo a que eso se concrete de verdad nos hace actuar en forma incoherente.

Si lo decís pero no lo hacés, "no es verdad"... Es fácil entender esta idea. Si me decís: "Vayamos despacito en esta relación" y acto seguido me invitás a un fin de semana romántico en la costa... ¡No te creo! Pero ¿qué pasa cuando lo hacés pero no lo registrás con palabras? ¡Tampoco es verdad! Y por eso es tan importante el "lenguaje del amor" o simplemente decir "te quiero".

Mensaje personal

"Soy la única autora del diccionario que me define". Zadie Smith. "Coraje", en una de sus primeras definiciones, significa "decir la verdad de uno mismo desde el corazón". Hoy asociamos la idea de coraje a actos heroicos, pero el nivel de compromiso que requiere el hablar honestamente de lo que somos en primera persona es tan notable que rara vez nos entregamos a la experiencia. Por lo general, nos refugiamos detrás de un cómodo e inclusivo "nos". Nos pasan cosas, en vez de me pasan cosas. Nadie se compromete con nada, en vez de honestamente declarar tus no compromisos. Por eso, recuperar la autonomía se vive como un acto de rebeldía. Cuando dejás de reproducir mensajes aprendidos para decidir por tu cuenta lo que querés decir (y cómo y cuándo lo querés decir), subís al siguiente nivel en el videojuego de la vida.

Un autor que me abrió la cabeza en este tema de una forma muy pragmática es Simon Sinek, en su libro Start with Why: usa un modelo al que llama "el Círculo Dorado" para explicar por qué líderes legendarios como Martin Luther King, Steve Jobs o los hermanos Wright lograron hacer cosas que otros contemporáneos con aparentes mejores recursos no pudieron lograr. La diferencia estaba en la claridad con la que expresaban su propósito, lo que guiaba todas sus acciones "desde el centro hacia afuera": desde el corazón de ese motivo tan personal hasta la forma en que se materializa en el mundo.

Tener un propósito bien declarado es tan útil como un faro: te recuerda qué es lo que te identifica, quién estás siendo hoy y hacia dónde podés seguir encontrándote con tu mejor versión. Es el mensaje interior que marca el rumbo de todos tus mensajes. Podés modificarlo cuantas veces lo necesites, pero tenerlo por escrito, con tus propias palabras, es una herramienta de vida de las más potentes y accesibles que existen.

Mi propósito hoy es inspirar a las personas a tener una mirada optimista y amorosa sobre sí mismas, para que puedan sanar, crecer con alegría y generar una contribución excepcional en el mundo.

Todos somos influencers

En la era de las redes sociales se hizo más claro que nunca que "todos somos influencers": todos tenemos la capacidad de influenciar y modificar conductas de nuestra audiencia con nuestras palabras y mensajes. La audiencia puede ser una persona a quien un barista recomienda un café. Los niños de sala de 2 a los cuales sus maestros enseñan una canción. Las personas que te siguen en Instagram. Tus compañeros de trabajo. Tu familia. Cualquier persona o grupo de personas que te regale lo más preciado con lo que cuentan: su tiempo de atención. Por eso es tan importante que todos reconozcamos este poder y lo asumamos con responsabilidad. Lo que decimos importa, siempre. Sea que estemos funcionando como bocinas duplicadoras de un mensaje heredado o que nos expresemos desde la autenticidad de nuestro propósito. Lo que decimos, alguien lo está escuchando. Este contexto dialéctico veloz e hipermediatizado en el que vivimos hoy gracias a las redes puede verse como un regalo si abrazamos con orgullo la tarea creativa más imperiosa de nuestra generación: desactivar nuestras malas herencias.

Por eso es importante preguntarse: ¿al servicio de qué están mis palabras? ¿Qué cambio busco gestar o influenciar en las personas de mi audiencia? ¿Estoy reconociendo a mi audiencia con lo que digo?

En definitiva, lo más importante de tu mensaje, es que sea consciente y amorosamente tuyo. Y que vos creas que, sin importar cuál sea tu historia u origen, sos libre para crearlo.

Tu mensaje en lo cotidiano

¿Tenés claro cómo querés que se sienta una persona después de interactuar con vos? La mayoría de las personas quiere ser respetada y apreciada. Eso me dice algo: primero hay que escuchar, porque es imposible apreciar a nadie si no lo dejamos hablar.

Antes de encarar tu próxima reunión (laboral, familiar, social), pensá en cómo querés interactuar con cada individuo que participe del encuentro. Seteá una intención sobre el ánimo con el que querés que transcurra ese momento. Si sabés que vas a enfrentar una discusión, preparate no desde la inviolabilidad de tu argumento, sino desde los valores con los que querés que la otra persona te piense. ¿Podrías ser una buena líder en esa situación tensa? ¿Podrías empatizar con las necesidades del otro? Anticipate a lo que querés crear y conscientemente seteá las condiciones para crearlo. No pongas el piloto automático: abrí los oídos y prestá atención. Y si del otro lado vienen mensajes hirientes, no te lo tomes personal: se requiere mucha claridad de intención para no arrojarle a ese otro-espejo nuestras sombras.

Minibio de la autora

Vik Arrieta ( @vikarrieta) es la directora creativa de @monoblock, marca de diseño de papelería, libros y objetos deco ilustrados para aportar arte a la vida cotidiana. También es la creadora de Happimess, su propia línea de productos ilustrados en los que comunica un mensaje positivo de amorosa autovalidación.

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