El pueblo del sol

Antofagasta de la Sierra se ubica sobre un escenario barrido por los vientos de la puna. Volcanes, rastros arqueológicos y desiertos aluvionales lo transportan a uno al inicio de los tiempos
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30 de diciembre de 2001  

Los casi 3500 metros de altura sobre el nivel del mar avisan que por más que se lo señale como el principal oasis de la Puna catamarqueña, a Antofagasta de la Sierra hay que disfrutarla no sólo con los ojos bien abiertos –tanto como para que a uno no se le escape ninguna de las incontables maravillas que ofrece–, sino, y fundamentalmente, con andar pausado, tranquilo, casi como flotando sobre una tierra tapizada de volcanes inactivos, de extensos salares, de quebradas, de cerros con médanos blanquecinos, de desiertos aluvionales, de campos de lava y de tesoros arqueológicos precolombinos.

Con sus 28.000 kilómetros cuadrados, el norteño departamento de Antofagasta es el más grande de la provincia.

Sus 1436 habitantes, no dejan de padecer las profundas dificultades de las economías regionales y se las arreglan como pueden para que la cría de llamas y ovejas continúe siendo su medio de subsistencia. A diferencia de otras épocas, cuando proyectar un futuro era lo común, los antofagasteños hoy sólo piensan en el día a día. Humilde y hospitalario, el puneño habla con regionalismos que le son propios y, aunque profesa la religión católica, no abandona las antiguas ceremonias comunitarias, como la yerra y el carnaval, y la todavía más antigua costumbre de venerar a la Pachamama, la Madre Tierra, a la que le brinda hojas de coca, cigarrillos, vino y alimentos para que esa tierra que ama y respeta le devuelva buena fortuna. Con la producción casi aniquilada, Antofagasta de la Sierra, erguida heroicamente a 597 kilómetros de San Fernando del Valle de Catamarca, no sólo es la región más despoblada del mundo: también atesora en sus entrañas registros del paso de cazadores nómadas, unos 7000 años antes de la era cristiana.

En un escenario inhóspito, árido y barrido por los vientos del Oeste, que suelen alcanzar los 180 kilómetros por hora, en 1816 un grupo de mineros desocupados fundó el pueblo al que llamaron indistintamente Pueblo del Sol o Antofagasta (región alta que fatiga, en quechua). Más tarde, y para diferenciarlo de su homónimo chileno, se agregó de la Sierra.

Originalmente ocupada por los atacamas, desde el año 1000 se consolidó la denominada cultura Belén y, hacia 1480, impuso su presencia el Imperio Incaico. La historia cuenta que, en 1535, una columna española al mando de Diego de Almagro anexó a España esos territorios que habían conquistado los incas.

Antofagasta de la Sierra tiene el aroma del desierto, un profundo silencio, como de planeta muerto, y un color de arcilla matizado por lenguas de lava rojas, verdes, grises y negras que surcan las faldas de los volcanes para perderse en la inmensidad de un desierto inconmensurable y extraño. Tan extraño como las chachas, unos arbustos con florcitas de un amarillo brillante que nacen entre las piedras, en medio de la nada, y que los puneños utilizan para sahumar sus casas, para darle otro sabor al mate y, sobre todo, para ornamentar las ofrendas a la Pachamama cada 1° de agosto.

No muy difundida todavía para el gran turismo, Antofagasta ofrece demasiadas cosas que hacen que valga la pena prestarle atención. A la hora del inventario riguroso, lo que aparece en este enorme escenario son los petroglifos de Las Peñas y los pucarás del Coipar, murallas de defensa levantadas en un principio por una cultura agroalfarera y modificadas más tarde por los incas; los volcanes Antofagasta y La Alumbrera, que abrazan la laguna Antofagasta, y Paicuqui, lugar exclusivo para la pesca de truchas en altura; el Salar del Hombre Muerto, donde se encuentran las antiguas minas de oro de Incahuasi, explotadas por los incas y posteriormente por los españoles, y Antofalla, un poblado de apenas ocho familias que habitan cerca del volcán Antofalla, a 6100 metros de altura; la laguna Blanca, en la quebrada de Randolfo, hábitat de una población de 14.000 flamencos rosados y Carachi Pampa, una gran muralla de material aluvional y de piedra pómez. Antofagasta es un lugar ideal para el turismo de aventura, para la práctica de enduro y mountain bike. Safaris fotográficos, supervivencia en el Altiplano, caminatas, andinismo y cabalgatas completan la oferta del lugar. Y entre tanto paisaje y tanta aventura están las deliciosas historias que cuentan los pobladores, que deberían ser escuchadas. Si los lugares se conocen verdaderamente por medio de sus habitantes, no sólo vaya con los ojos bien abiertos y con andar pausado: preste atención a lo que le pueda contar el puneño.

Cómo llegar al Pueblo del Sol

Desde Catamarca capital, por la ruta nacional 40 hasta Belén. De ahí, hasta El Eje para empalmar con la ruta provincial 43 hasta Antofagasta de la Sierra. Total del trayecto: 597 kilómetros. Desde Catamarca hasta Belén, por ruta pavimentada (km 301); desde Belén a Antofagasta de la Sierra, por ruta consolidada.

Alojamiento: Hostería Municipal. Habitaciones simples, con desayuno: $ 15 por persona; habitaciones dobles con desayuno: $ 25 por persona; suites con desayuno: $ 30 por persona.

Alojamiento particular: hay 150 camas distribuidas en casas de familia, con baño privado: $ 10 por persona. En algunos casos, incluye desayuno.

Albergue Analía Secaf: habitaciones con baño privado y desayuno. Simple: $ 15 por persona; doble, $ 22 por persona.

Comidas: en el comedor de la Hostería Municipal, el menú (asado de llama con ensalada, sopa y postre; estofado de cordero, sopa y postre; tallarines con pollo, sopa y postre; truchas rellenas con papas hervidas y postre; pollo al horno con verduras) cuesta $ 7,50 por persona.

Servicios: alquiler de camionetas 4 x 4: $ 120 por día. Servicio de guías para circuitos turísticos, travesías, pesca, cabalgatas, etcétera. Contrato de baquianos. Minihospital y farmacia.

Comunicaciones: cabinas semipúblicas con comunicación nacional e internacio- nal. Radiocomunicación municipal y policial.

Actividades culturales: fogones, artesanías, talleres de música y otras.

Transporte: vuelos chárter a Catamarca y transportes terrestres.

Empresa de colectivos: El Antofagasteño. Salida los viernes, a las 4 de la mañana, desde la terminal de ómnibus de Catamarca hasta Antofagasta. Duración del viaje: 14 horas. Pasaje: 45 pesos por persona.

Estación de servicio: en Antofagasta. Provee gasoil, nafta súper y común, y lubricantes.

Vehículo indicado para las excursiones: camionetas 4x4.

Consultas: Municipalidad de Antofagasta de la Sierra, Belgrano s/n (4705) La Villa - Departamento Antofagasta de la Sierra, Catamarca. Tel/Fax: (03835) 471001/02.

Casa de Antofagasta en Catamarca capital: Tel/Fax: (03833) 422300. E-mail: erodriguez@antofacat.com.ar , o turismo@antofacat.com.ar

Advertencias: las personas que padecen problemas cardíacos o de presión arterial deben consultar al médico antes de emprender el viaje a esta zona.

En algunos lugares se alcanzan los 4600 metros sobre el nivel del mar. Quienes viajen en vehículos deben tomar las siguientes precauciones: cubiertas en muy buen estado. Dos auxilios, como mínimo. Si las cubiertas no tienen cámaras, llevar dos de repuesto.

El consumo de combustible se incrementa considerablemente por el tipo de camino y la altura. Se aconseja llevar reserva.

Anunciar su paso en las camineras para ser auxiliado en caso de dificultades.

Los retenes de radio están en Tinogasta, Barranca Larga, Departamento de Belén y en El Peñón, Departamento de Antofagasta.

Ignacia, la coplera



“La copla es magia... y la magia viene de la tierra. Yo le pido a la tierra sólo cuando necesito: no es cuestión de cansarla”

Ignacia Vázquez ni idea tiene de que este suelo que tanto ama ya había sido habitado por cazadores nómades, unos 7000 años antes de Cristo. Tampoco sabe que su casa de adobe está en la región más despoblada del mundo, en medio de extensas mesetas de 3400 metros de altura sobre el nivel del mar, abrazada por desiertos aluvionales, enormes salares, campos de lava y 220 volcanes que le dan al lugar una apariencia extraor-dinariamente conmovedora, casi inexplicable. Ignacia Vázquez ventila siempre su dentadura porosa y salteada en cada risotada filosa como los vientos de la puna cuando llega al final de una frase, de una respuesta o de una pregunta.

Ignacia vive en las afueras de Antofagasta, a unos pasos, nomás, de una inmensa laguna invadida de flamencos rosados. Ignacia vive donde nacen las montañas y se agrandan las estrellas, en una casita con paredes de adobe y techo de paja y cortaderas bordeada de pircas levantadas con piedras volcánicas que también cobija a un puñado de sus once hijos, de catorce que fueron alguna vez.

Medio retacona, de piel oscura y andar suave, de lo que más habla, sin que haya que insistir, es de su tierra, de su caja y de sus coplas.

Ignacia es una de las pocas copleras que le rinde tributo al lugar que le dio la vida y su historia.

Entonces, canta: “En la falda de aquél cerro tengo una planta de trigo / que en la espiga tiene mi nombre / y en las raíces mi apellido”.

Paradita como una estaca al borde de una acequia y con la mirada clavada hacia el norte, Ignacia honra a la Pachamana con la misma sencillez que canta sus coplas. Entonces, canta: “Soy del barrialito / canto tan lindo / tan pausadito”. Nunca supo escribir las letras que desliza su garganta india, una voz triste y entrecortada, ni sabe ya cuántas le ofrendó a la puna.

Y canta cuando el deseo le viene desde el fondo del alma. Cuando va por las faldas de los cerros arreando a sus ovejas, casi siempre desembolsa la caja y se pone a inventar coplas. Y las repite. Dos, tres, cuatro veces, hasta que está segura de que las tiene bien guardadas en la memoria. Entonces, canta: “Alfa verde / flor morada / que viva la señalada”.

Le canta a la tierra, a las arreadas de ovejas, a la señalada –así denominan a la yerra–, a las montañas, a los recuerdos y a las flores de la puna que sólo Dios sabe como brotan, fulgurantes, de entre las piedras y la arena.

Dice no tener secretos: –El secreto es la tierra...

La copla es magia y la magia viene de la tierra. Yo le pido a la tierra sólo cuando necesito: no es cuestión de cansarla. Y por eso le canto; un poco para agradecerle lo tanto que me ha dado, y otro poco, creo, porque Dios me ha hecho así.

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