El último suspiro en Corrientes 509

La obra de Pablo Picasso
La obra de Pablo Picasso
Gloria Casañas
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20 de marzo de 2019  • 00:09

El señor Tal desplegó el diario matutino en el coqueto saloncito decorado al gusto francés de su esposa. Allí, en medio de la vajilla de porcelana y el aroma de los bizcochos recién horneados, sobre la mesilla de alabastro, el titular de LA NACION resaltaba con letra grotesca e incongruente.

"Turbio crimen en la casa de citas de la calle de Corrientes, nº 509".

El señor Tal quedó petrificado al leer el nombre de la víctima. ¡Ella no, no era posible! Sintió un mareo y la bilis le revolvió el estómago. ¡Si la había dejado agotada por sus caricias la noche anterior! Aquella infausta noticia debía confundir los nombres. Quizá fuera alguna de las otras chicas y en el fragor de la incursión policial...La madama que las regenteaba era bastante alborotada. El señor Tal se aflojó el lazo de la camisa y bebió un sorbo de café que le quemó la lengua. "Maldita sea", murmuró luego, al pensar que alguien podía haberlo identificado. A él, que tenía un cargo jerárquico en el banco...

Trató de recordar los rostros de los hombres que aguardaban su turno en alguno de los tres patios de la lujosa casa aquella noche. Ninguno tenía pinta de asesino, pero con los inmigrantes nunca se sabía. ¿Acaso algún vecino furioso con las bataholas que a veces se producían? Era un despropósito que alguien se desgraciara por un asunto así. Después de todo, esas denuncias quedaban siempre en el tintero y los que protestaban acababan mudándose de barrio. Las ordenanzas habían reglamentado las actividades de las casas de tolerancia, y si cumplían con la visita médica y los impuestos, las autoridades no se metían. ¡Si hasta colaboraban con algún propietario que reclamaba cuando las muchachas se le escapaban! Más de una debió volver al redil arrastrada por los gendarmes. La suya no era una de esas, aunque una vez ella le contó que estuvo tentada de huir por la azotea, valiéndose de un cordón de sábanas.

-Pobre chica -suspiró el señor Tal, que alcanzó a detener un lagrimón antes de que su esposa entrara al saloncito.

-Querido, ¿no están buenos los biscuits? ¡Ni siquiera tomaste tu café con leche!

El reproche fue acompañado por un gesto dulzón al ajustarle el lazo y enderezarle el cuello de la camisa. El hombre tuvo que hacer un esfuerzo para sonreír a la mujer que le dedicaba zalamerías. Era su esposa, e ignoraba que él era asiduo visitante del burdel de lujo donde esa madrugada se había cometido un horroroso crimen. Y si en un arrebato de confianza le contara la noticia, la dulce Emilia juntaría las manos y elevaría sus ojos como en una plegaria, orando por todos los desdichados del mundo. Casi podía adivinar su comentario:

-Esa pobre muchacha, en qué momento habrá dado el primer mal paso.

En cambio, el señor Tal cerró el periódico, mordió obediente un bizcocho, pellizcó la mejilla de su esposa y salió a su trabajo con LA NACION bajo el brazo. Afuera el sol brillaba y podía imaginar que nunca había puesto un pie en el lupanar de Corrientes 509.

La sirena del coche policial ululaba a unas cuantas cuadras de allí.

( Nota de la autora: Carolina Metz, una joven alsaciana, fue degollada el 25 de julio de 1876 en el famoso prostíbulo de Corrientes 509 -según la numeración de la época-, en un extraño episodio que nunca se aclaró. Regían las Ordenanzas sobre prostitución de 1875 que no resolvían la situación de las mujeres reclutadas, muchas de ellas extranjeras que arribaban al país engañadas sobre la condición que tendrían al llegar. En cuanto al señor Tal, seguramente tendrá nombre y apellido)

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