
El vacío donde nada se pierde
¿Qué diablos siento en este preciso momento? Una pregunta sencilla y fácil de entender.
Es posible que, puestas a responderla, nueve de cada diez personas empiecen por decir: "Pienso que…". Sin embargo, el interrogante es acerca de lo que siento, no de lo que pienso. Como explica el psicólogo estadounidense Wilson van Dusen (1923-2005), "tendemos a identificarnos principalmente con los productos finales de nuestra mente: el pensamiento y la acción". Cuanto mayor es esa identificación, más somos arrastrados por la velocidad de la mente y más nos precipitamos en el automatismo de la acción. Pero, dice Van Dusen en La profundidad natural en el hombre, el libro que condensa su cosmovisión, mientras creemos dirigir los procesos de la mente y estamos convencidos de la finalidad de nuestras acciones, perdemos contacto con el río de contenidos emocionales, de sentimientos y de necesidades ocultas y postergadas que fluyen por debajo, en la hondura del ser.
La velocidad, la aceleración, la inmediatez y el apuro moldean el carácter del ser humano contemporáneo, esa criatura que corre siempre, aunque ya no sepa por qué ni para qué. Hay que estar (dónde, es lo de menos), hay que llegar (a qué meta, no importa), no se puede perder tiempo (aunque "ganarlo" no alargue la vida, sino que a menudo impida tomar contacto con ella). Todo momento de inactividad es considerado perdido. Como los hámsteres que corren en la rueda hasta el agotamiento y sin llegar a algún lado. En esa dinámica no cabe el vacío, el espacio en blanco. Sobre todo, en estos tiempos productivistas y exitistas. Se impone el horror vacui, el horror al vacío, en todas sus posibilidades, materiales o inmateriales. Hay que hacer "algo", lo que sea, hay que llenar los espacios y los minutos, hay que atiborrarse de información, de actividades, de objetos, de conocimientos útiles o mayormente inútiles, de contactos. Construir una fortaleza, refugiarse en ella y elevar los puentes levadizos para que no entre el vacío en ninguna de sus formas: calma, contemplación, inactividad, silencio. Imposible preguntarse, en esas condiciones, qué diablos se siente.
Van Dusen, que trabajó largos años en un hospital para enfermos mentales en California, era fenomenológico. Es decir, proponía la contemplación de los hechos y procesos tal como se presentan, sin juicios previos. Asistir vacío y sin prisa a la contemplación de la vida, de la propia mente y de los propios sentimientos. Lo llamaba autoanálisis, y decía que sus ingredientes principales son la tranquilidad y la quietud, vivenciar lo que se presenta y luego repasarlo y evaluarlo. Alentaba a hacer de esto un ejercicio habitual y a registrarlo por escrito. Si se persevera en ello, advertía, se descubrirá que hay unos pocos temas básicos alrededor de los cuales gira la vida de quien se permite esa contemplación. Una contemplación imposible cuando se está conectado, apurado, corriendo, "produciendo" veinticuatro horas siete días durante todo el año.
Cuatro siglos antes de Cristo, Lao Tse, a quien se considera padre de la filosofía china y autor de su pilar, el Tao Te King, sentenciaba: "Buscar el vacío en la realidad aparente es buscar su verdadera esencia. El vacío es el contrapunto necesario para la presencia de las cosas. Es quizá su constitución última y esencial". Ese vacío se llama wu wei, o vacío fértil. Significa vaciarse de urgencias y exigencias, de mandatos y creencias, de compulsiones y obsesiones, de velocidades y adquisiciones estériles, dejar de empujar el río de la realidad, que, de todas maneras, fluye por su cuenta y por su cauce, no por el que pretendemos imponerle. Preguntarse: "¿Qué diablos estoy sintiendo en este momento?", y darse tiempo para la respuesta. He aquí un desafío valioso para tiempos de horror vacui.
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