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Bienestar

En bicicleta. Es argentino y recorrió África para dar charlas motivacionales a los jóvenes

Jimena Barrionuevo
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8 de octubre de 2019  • 00:42

Fue un pensamiento que lo atravesó por completo. Necesitaba hacer algo por el mundo y salir por completo de su zona de confort. Esa tarde, Agustín Ochoa estaba sentado en el sillón de su casa viendo las noticias y sintió bronca y malestar cuando llegó el momento de la cobertura de acontecimientos alrededor del mundo. "Eran todas malas noticias. Lo peor fue lo mal que me sentí conmigo mismo: mientras otros sufrían yo estaba sentado mirando todo eso suceder y haciendo nada. Me di cuenta que no podía ser así, y tome la decisión de que iba a hacer algo por el mundo y por mí mismo"

Lo primero que se cruzó por su mente fue visitar colegios e ir a dar charlas. ¿Por qué? Porque siempre se había sentido cómodo trabajando entre los más jóvenes y, después de todo, pensaba que si quería cambiar el mundo tenía que hacerlo desde quienes iban a ser el futuro. El contenido de las charlas no lo tenía formulado en ese entonces, pero tenía el deseo o la necesidad de pararse delante de ellos y decirles que se podía, que no tenían que darse por vencidos y que trataran de ayudar y contribuir a un mundo mejor. Eso era lo que quería hacer. Pero además, también estaba la parte de salir de su propia zona de confort. Y recordó que hacía un tiempo había visto a un ciclista que había pedaleado buena parte del continente americano y que su video narrando sus historias lo había inspirado.

Y ahí fue cuando Agustín hizo el click: si quería realmente comprometerse la bicicleta tenía que ser el medio para hacerlo. "No solo porque ya de por sí viajar en bicicleta es una completa aventura -no lo sabía en ese entonces, solo podía imaginármelo- sino porque la bici fue toda mi vida mi mayor miedo. De chico, yo era la persona más intrépida del mundo. Llegué a tener mi bici con rueditas pero después, un poco por temor de mis padres y otro poco porque nuestra economía familiar tuvo sus altibajos, no pude llegar a pasar a la bici normal, por así decirlo. El no tener acceso entonces a una bici me generó un miedo y una negación a tal punto que, siendo ya más grande, no podía subir a una sin caerme o hacer el ridículo. Crecí toda mi vida con ese temor hasta que, habiendo terminado el colegio y ya estando en la facultad me propuse derribar ese miedo y golpearme con lo que me tuviera que golpear hasta poder superar ese tema. Me llevó buena parte de ese día poder coordinar más de tres pedaleadas seguidas, y gracias a eso, empecé a tomar confianza con las dos ruedas. Pero no fue que pasé a ser un ciclista ávido ni mucho menos".

Comenzó a pedalear entonces a diario, hacía su trabajo para tomar confianza sobre las dos ruedas. Mientras, en cada trayecto, un sueño iba tomando forma y el paso del tiempo cobró otro sentido. Necesitaba ahorrar dinero para costear la travesía que estaba por emprender. Lo sabía en su interior: si quería pararse delante de los chicos y decirles que todo es posible, tenía que ser un ejemplo vivo de ello. Por eso eligió África como su destino, porque lo pensó como el Everest de alguien que habiéndole tenido miedo a la bici toda su vida, y sin ser ciclista, se embarcó solo a concretar la máxima odisea posible.

Un hombre y una bicicleta

Le llevó dos años ahorrar para financiar su proyecto, planificarlo, conseguir la bicicleta y todo el equipamiento necesario. Y a los 28 empezó su gran travesía. Lo hizo todo a base de trabajo y fue viajando de manera frugal: gastos en transporte no iba a tener -salvo los arreglos que tuviera que hacerle a la bicicleta- y para el hospedaje tampoco iba a necesitar. Agustín había decidido dormir en una carpa, que instalaría al lado de la ruta o cerca de las casas a la vera de los caminos.

El viaje lo haría completamente solo. "Quería que la aventura también fuera un viaje conmigo mismo: de meditación, de contemplación del mundo, de abstracción. Y para ello sentía que necesitaba estar en mi propia compañía. Y si bien me comunicaba con mi familia y amigos regularmente, decidí también no llevar Internet móvil en mi teléfono ni nada por el estilo: quería realmente estar en el medio del África viviendo esos momentos en compañía del universo, la naturaleza y nadie más".

África lo recibió con los brazos abiertos. Tanto los directivos y profesores como los alumnos de los colegios que visitaba se encontraban deseosos de escuchar y tener esos encuentros que Agustín les ofrecía. No hubo un solo colegio que rechazara la propuesta. "Lo que más me sorprendió de los chicos de allá fue la educación y el respeto que tenían y que me mostraban: era realmente admirable. Y por otro lado, tanto en ellos como en la gente grande: la humildad. Chicos que disfrutaban, a pesar de las enormes carencias que tenían, de su día a día, de sus realidades, de su escuela y su educación. Allá creo que entienden desde muy pequeños a valorar lo más mínimo como una bendición".

Las charlas que Agustín ofrecía eran de índole éticas y motivacionales. Empezaba contándoles quién era y qué estaba haciendo allá. Les relataba su historia, y siempre les preguntaba cuántos de ellos a su edad sabían andar en bicicleta. Casi todos siempre levantaban las manos, la bicicleta es un medio también muy frecuente en aquella parte del mundo. "Y cuando les decía que a sus edades no solo no sabía sabía andar, sino que era mi mayor negación o miedo, y que hoy a mi edad había bajado todo desde El Cairo hasta su escuela pedaleando miles de kilómetros solo hasta allá, los chicos quedaban alucinados. Y ese era mi puntapié para la parte motivacional: un chico que siempre le tuvo terror a la bici, hoy estaba haciendo la mayor aventura en bicicleta que puede haber. Si yo había podido, entonces ellos también iban a poder hacer lo que se propusieran. Los llevaba así a través de un montón de historias de figuras famosas que, a pesar de los percances en sus vidas, hicieron lo inimaginable. Y trataba de que comprendieran que, si luchaban y trabajaban con esfuerzo por sus sueños, los iban a poder concretar". Agustín también hacía hincapié en la parte humana: en que crecieran para ser buenas personas, que se preocuparan por el de al lado, y que trataran de contribuir positivamente con el mundo. "De todo esto nunca voy a tener certeza de cuánto les quedó, pero como una vez me dijo una profesora, los que enseñamos colocamos estas semillas en sus cabezas que probablemente el día de mañana terminen floreciendo".

Aprendizaje y vida impredecible

Agustín supo que la palabra que mejor se ajustaba a su travesía era impredecible. Jamás supo qué era lo que iba a pasar al día siguiente. Ni dónde iba a estar, qué iba a comer, dónde iba a dormir. No sabía con quién se iba a cruzar, qué cosas nuevas iba a probar o qué paisajes iba a descubrir. Todo era distinto después de la siguiente curva o de la siguiente bajada: no sabía qué era, pero le apasionaba por completo no saberlo. Se trataba de aventurarse hacia lo desconocido. Y lo disfrutaba: adoraba hacer amigos nuevos a cada momento, escuchar los sonidos de la naturaleza, vivir un día completamente distinto al otro.

Pero no todo era color de rosas. Así como en la mayor parte de África lo recibieron con los brazos abiertos, hubo zonas que no tuvieron la misma apertura. Incluso, en algunas regiones cuando lo veían pasar por la ruta en la bicicleta, se paraban a los costados para tirarle piedras, tratar de pegarle con palos o los látigos que usan en los campos.

Pero Agustín no se dio por vencido y concluyó su viaje. Fueron trece mil kilómetros de montañas, desierto, lluvias, temperaturas extremas, zonas de predadores, un mundo desconocido para alguien que pasó de ir al trabajo en bicicleta a pedalear desde El Cairo, cruzar el Sahara y enfrentarse a una aventura sin precedentes. "En lo práctico entendí que mi misión en esta vida está en enseñar, querer cambiar las cosas, en hacer fuerza y empujar para adelante. Abandoné mi vida tal como la tenía antes de irme, y hoy me dedico plenamente a mi vocación". Agustín regresó a Buenos Aires y hoy hace en Buenos Aires los cien kilómetros que recorría en África por día para recaudar fondos destinados a gente que lo necesita.

La voz del especialista

Juan Pablo Díaz es Psicólogo Clínico de Colegium, una plataforma de gestión escolar y sistema de apps para las escuelas. En este audio explica cuál es el rol del educador en la estimulación de los más jóvenes y cuáles son las herramientas de las que se vale en su tarea para cumplir esa función.

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