En otro lugar

Guillermo Jaim Etcheverry
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11 de julio de 2010  

Una noche de la pasada primavera neoyorquina, éramos multitud quienes intentábamos conseguir una entrada al Carnegie Hall. Pretendíamos participar del concierto que el famoso pianista Maurizio Pollini daría en conmemoración del bicentenario del nacimiento de Chopin. Una empresa casi utópica, dado el interés despertado por la función. Como, a veces, la suerte me acompaña, terminé sentado en el escenario del teatro, en una de esas decenas de sillas que se ubican allí a último momento, en el amplio espacio que rodea al solitario instrumentista.

Desde ese lugar tenía una visión privilegiada del pianista y de todo el imponente auditorio, erguido como distante y humano telón de fondo. Mientras los estudios, las mazurcas y los nocturnos de Chopin conquistaban el vacío, la contemplación total de la sala oscurecida que enfrentaba me permitía ver surgir y desaparecer curiosos puntos luminosos. Eran los rostros lejanos de muchos espectadores, iluminados por el inconfundible resplandor de las pantallas de los dispositivos electrónicos, mudos pero siempre activos, que se encendían y apagaban por doquier en la enorme sala.

Es decir que, mientras Pollini se esforzaba por revivir a Chopin, no pocos espectadores estaban en otra parte, atendían otros intereses, eran requeridos por urgencias aparentemente impostergables. Fui testigo de una metáfora de nuestra época, en la que todos deseamos estar en un lugar distinto del que ocupa nuestro cuerpo. Buscamos fugarnos hacia otros espacios para satisfacer a nuestra frágil atención, que demanda constantes estímulos y sorpresas. No es ésta una experiencia original, pues basta con observar a las señoras que cruzan la calle, a veces con niños, totalmente abstraídas en una conversación telefónica, o comprobar en bares y restaurantes que los tres o cuatro señores que comparten la mesa no dialogan entre ellos porque todos mantienen conversaciones con interlocutores ausentes o contemplan abstraídos sus pantallas en busca del último mensaje, de la más reciente información. Como puede atestiguarlo quien escuche involuntariamente esas conversaciones de otros, el intercambio no parecería ser especialmente trascendente.

¿Qué cosas tan importantes tendremos que decirnos con tanta urgencia? ¿Qué intuimos que sucede en el mundo y que cambiará de manera radical e instantánea nuestra vida? Más aún, ¿qué ideas geniales habrán quedado sin poder ser expresadas por los seres humanos del pasado al no haber podido conectarse con la urgencia con la que hoy lo hacemos?

El vivir en un estado de permanente distracción nos está haciendo perder nuestra capacidad de fijar la atención en algo durante cierto tiempo. Parecería que si interrumpimos ese contacto permanente con lo externo quedaremos desamparados y ya nunca más comprenderemos lo que sucede a nuestro alrededor. Como mostraban los espectadores del concierto, el llamado del mundo exterior ni siquiera se apiada de nosotros cuando, ilusos, creemos posible dedicar nuestro tiempo a escuchar concentrados una música que apela a lo profundo de nuestra humanidad.

La escritora mexicana María Teresa Priego señala que, si bien hoy gozamos del privilegio de estar abiertos a la vastedad del mundo, pagamos el precio de la invasión de nuestra vida, el resquebrajamiento de nuestra convivencia. Vivimos en una suerte de espacio intermedio entre la intimidad y los continuos llamados del más allá. Fugados hacia otros espacios, somos ajenos a los interlocutores que están de cuerpo presente, allí, frente a nosotros. Estas convivencias superpuestas -dice- amenazan nuestros hábitos de reflexión silenciosa, nos van privando del antiguo privilegio de conversar cara a cara. También, de la posibilidad de concentrar nuestra atención en experiencias vitales efímeras e irrepetibles de las que, si bien participamos, estamos ausentes, como la de escuchar a Maurizio Pollini interpretando magistralmente a Chopin.

El autor es educador y ensayista

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