Entre gigantes y bajo la galaxia entera: así es navegar de noche

Juan mientras caía la noche en una de las jornadas nocturnas de navegación
Juan mientras caía la noche en una de las jornadas nocturnas de navegación Crédito: Constanza Coll
Constanza Coll
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20 de noviembre de 2018  • 17:00

Piano, piano, si arriva lontano. Navegar a vela es viajar lento, pero con la posibilidad de llegar lejos. La velocidad promedio del Tangaroa2 es de 5 nudos, unos 10 kilómetros por hora, que puede ser menos si la corriente es contra o el viento muy flojo, o puede llegar a máximas de 8.5 (¡17 km/h!), con todas las variables a favor. Por esto, muchas veces hay que navegar más de un dia para llegar al siguiente puerto, como ocurrió en la última pierna que hicimos, entre Sao Francisco do Sul e Ilhabela, ya en el Estado de Sao Paulo. Fueron 240 millas (480 kms) que hicimos en 50 horas.

De noche se navega, y se navega lindo. Es toda otra dinámica , con sus propias reglas y rutinas: se planifica mucho antes de la zarpada en función de los pronósticos y la ruta; la tripulación hace guardias para poder descansar cada dos o tres horas, hay que poder leer las luces de los buques y las ciudades, se cocina y se come con el barco escorado (inclinado), se amanece en medio del mar. Y en nuestro caso, que viajamos con Ulises, de dos años y medio, tenemos que prestar especial atención a su seguridad y bienestar, lo que menos queremos es que se asuste o que no le guste la vela.

La previa

Ulises de 2 años pudo dormir durante la noche
Ulises de 2 años pudo dormir durante la noche Crédito: Constanza Coll

Una gran parte de la náutica es la planificación, el estudio de las rutas y los pronósticos. Esto se vuelve crucial en navegaciones largas, sin puertos alternativos. Hay que ver el panorama general, el comportamiento de las masas de aire, el régimen de vientos, y cómo evolucionan con el correr de los días previos a la zarpada. Una vez en el mar, es raro encontrar señal para poder rechequear estas cuestiones; y en todo caso, la suerte ya está echada.

La zarpada

Para subir por la costa de Brasil, hay que esperar los frentes fríos, el viento que sopla del sur, que generalmente llega con tormenta. Pasamos diez días en Sao Francisco do Sul, un poco de paseo, otro poco al acecho de un pronóstico favorable para la navegación a Ilhabela. Finalmente decidimos zarpar una tarde de calma, el mar parecía de aceite, pero el cielo estaba cargado de nubes oscuras que anunciaban la tormenta. El viento nos encontró poco después del atardecer, ya en medio del mar.

Las primeras millas

Recién cuando llegó el viento, supimos que la navegación iba a ser posible, que soplaba de donde nos convenía, que nos empujaba lo suficiente para poder llegar en un tiempo más o menos razonable. El regalo fue ver que la tormenta y los rayos que estaban pronosticados para esa noche caían en el horizonte, a muchas millas del Tangaroa2. Aprovechamos la última luz del día para cocinar algo fácil, fideos con tuco, y comer en el cockpit. Ulises se durmió enseguida y seguimos nosotros dos.

El atardecer sobre los morros de Brasil
El atardecer sobre los morros de Brasil Crédito: Constanza Coll

El violín

Los veleros escoran, esto significa que, cuando el viento hace fuerza sobre las velas, todo el barco se inclina, en el caso del Tangaroa2, entre 0° y 20º con las rachas más fuertes. Para poder dormir y no terminar en el suelo, las cuchetas tienen "violines", que son como las barandas de las camas marineras pero de lona, salen del costado de la cucheta y se atan con cabos a los pasamanos o al techo, por ejemplo. Así, Ulises durmió como un bebé, vale la redundancia, las dos noches que duró esta navegación.

Las luces del barco

En el barco hay dos circuitos de luces, claro que todas de led, por el consumo. Las que se usan normalmente son blancas, y las que se usan cuando navegamos, rojas, porque dilatan menos las pupilas, para que no cueste tanto volver a acostumbrarse a la luz tenue de afuera, de la luna y las estrellas, cuando volvemos al cockpit. Estas luces rojas están en el compás (donde chequeamos el rumbo), en el pasillo, en el baño. A Ulises le divierten mucho, se baña con la luz roja y se transforma en el Hombre Araña.

Las luces en el horizonte

Una vez definida la ruta, con los waypoints o coordenadas por donde pasar hasta llegar a destino (quedan fuera de juego piedras, bajofondos, islitas…), la mayor preocupación tiene que ver con los otros barcos, especialmente los buques mercantes. Estos monstruos flotantes van a una velocidad mucho mayor a la nuestra, generalmente con piloto automático y quizás sin vigía. También dicen que, para evitar que sus radares confundan olas con objetos, determinan una altura de mapeo muy por encima de la cubierta de un velero como el nuestro. Otras luces en el horizonte pueden ser de la costa, de estaciones petroleras, de aviones o faros.

El piloto

Navegar no es sinónimo de estar al timón, por lo menos, no en distancias largas. En las 240 millas que recorrimos entre Sao Francisco e Ilhabela apenas modificamos el rumbo. Por eso es tan valioso el piloto automático que llevamos a bordo, que mantiene el rumbo con una prolijidad que supera ampliamente la de cualquier ser humano, y evita que uno tenga que estar todas esas horas con las manos en la caña. Esta libertad nos permite concentrar en el control de las velas (trimado), que en definitiva son el motor del barco. Santo timón, le decimos por acá.

Las guardias

La noche es larga cuando no se duerme corrido. En este viaje oscurecía antes de las 20 y amanecía después de las 5. La organización de las guardias depende mucho de cada tripulación, de cuántos sean a bordo, de cuántos días dure la navegación en cuestión, de cuán transitada o difícil sea la ruta. En nuestro caso, Juan pasa toda la navegación en el cockpit, atento a lo que sucede adentro y afuera del barco. Yo, por el otro lado, me ocupo del interior, la comida, Ulises, y alguna guardia de tanto en tanto, para que Juan pueda dormir tranquilo por un par de horas. En todo caso, lo importante es repasar el horizonte cada media hora, que es lo que se calcula que demora un barco en llegar desde allá hasta donde uno está.

El amanecer

Con sus dificultades, la noche es hermosa. En el medio del mar, sin luces alrededor, el cielo se llena de estrellas. La sensación es de estar viendo la galaxia entera, como si se desplegara hacia los lados y se hiciera más profunda. Se ven muchas estrellas fugaces, y hemos pedido un deseo por cada una, así que esperamos seguir sumando millas felices hacia el norte. Y están las luces del mar también, cuando hay noctilucas y se iluminan la estela del barco y las crestas de las olas. Pero después de tantas horas de oscuridad y frío (el viento sur se mete entre la ropa), los primeros rayos del sol son muy bienvenidos. Entonces uno se lava los dientes, la cara, se saca la campera húmeda, y se dispone a navegar un nuevo día.

Más info: Seguí nuestro viaje de cerca por Instagram El_Barco_Amarillo; Facebook/Tangaroa2; www.elbarcoamarillo.com.ar

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