Esos raros primeros días de vacaciones

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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28 de diciembre de 2018  • 17:18

Si hay un tema clásico en las vacaciones es el de constatar, año a año, que los primeros días en el lugar elegido para pasar el veraneo no son tan buenos como se esperaba.

El hecho es sabido y se repite de diversas formas cada temporada. Sin embargo, el que sea un acontecer recurrente no evita que se sufra igual cuando, al llegar a destino y pretender "desensillar", se ve que los chicos están enloquecidos, hay tensión en el ambiente y una extraña congoja o ansiedad se apodera del espíritu.

Hay una silenciosa cofradía de sufrientes de los primeros días, quienes se preguntan si eso que ocurre al llegar al destino perdurará (para su desgracia) hasta el final de las vacaciones. Entre sus congojas está el miedo a no poder amortizar con disfrute inmediato la inversión del veraneo, olvidando que lo económico sirve para conseguir un lugar lindo para pasar esos días, pero no compra la vivencia de gozo ni garantiza el logro de experiencias significativas.

Confluyen varios motivos para que el malestar de los primeros días ocurra. Uno de ellos puede ser la inercia laboral: la energía que queda pedaleando en el vacío cuando la máquina se detiene de repente para pasar al "modo vacaciones", perdiendo control sobre las variables que en la oficina estaban a tiro y ahora, más allá del celular, se tornan inmanejables.

Otro motivo puede ser la modificación de la rutina, esa vilipendiada cualidad de hacer cada día más o menos lo mismo. El hábito, los ritmos conocidos, todo lo llamado rutinario –más allá de que se lo critica sin justicia– tranquiliza y ordena. Y es por tal razón que, cuando se rompe, genera un extrañamiento, al menos, hasta que se logre un nuevo ritmo.

La ruptura de la rutina se percibe de manera particular en los chicos, quienes más que nadie se ponen muy ansiosos con los cambios de ritmo, el viaje, los espacios nuevos y la percepción de que sus padres están también tensos. Ya se sabe: no hay que ilusionarse que de inmediato se acomoden y dejen de lado esa ansiedad que torna difícil la gestión familiar.

Existen otros factores que ayudan a ese desasosiego de los primeros días. Algunos pavos, como el definir dónde duerme cada chico o buscar los elementos de la vida diaria en el lugar alquilado; otros profundos, como el temor a la cercanía emocional con los seres queridos, que transparenta el estado de cosas que no siempre se afronta a lo largo del año. Hasta lograr la sintonía emocional entre todos, pasan unos días, esos primeros, que sirven para ir "arrimando el bochín" de lo que será el corazón de la temporada de descanso y disfrute, compartida con familia y amigos.

Las vacaciones no se consumen, se viven. Si bien se las ha industrializado, el corazón de las mismas sigue y seguirá siendo afectivo, singular, vincular.

Recordando eso, los primeros días serán parte de las vacaciones, no un agregado patológico de las mismas. Esos primeros días serán quizás arduos, pero, si se los percibe con sabiduría, pueden ser motivo para que, luego, la experiencia sea más plena y significativa, porque se atravesaron los obstáculos, se bajaron ansiedades, se fue logrando acompasar el ritmo al lugar y a los afectos, transparentando la esencia del estar juntos.

Allí aparece ese "algo más" del vacacionar, aquello que ofrece la oportunidad de vivir los días trascendiendo el folleto turístico, para que la cuestión tenga que ver con el encuentro con los afectos, con uno mismo y la naturaleza que está allí, como telón de fondo.

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