Esperanza

Guillermo Jaim Etcheverry
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26 de diciembre de 2004  

En la sociedad actual se extiende una tendencia alarmante: la resignación. Se manifiesta en una suerte de renunciamiento a actuar sobre el mundo que encuentra su justificación en razones tales como el curso autónomo que parecen seguir la técnica, las características del mundo globalizado o el fracaso de las antiguas utopías responsables de verdaderos desastres durante el siglo XX. Nos desentendemos del futuro, abrumados por señales que nos impulsan al gozo del instante inmediato y nos conducen, insensiblemente, a un inevitable desencanto. Encerrados en nosotros mismos, protagonizamos un nuevo individualismo que refleja nuestro retiro progresivo del mundo, abandonando resignados la voluntad de civilizarlo o corregirlo. Influidos por aquello que se sostenía en la década de 1980, "no hay otra alternativa", aceptamos la perspectiva de la desaparición de la política y, por lo tanto, de la democracia, que no son otra cosa que apuestas al porvenir. Nuestras vidas quedan así despojadas de la perspectiva que les confiere ese porvenir y se van convirtiendo en presente perpetuo, con lo que terminamos por renunciar también a lo que nos define como humanos. Precisamente, si algo nos distingue de los animales es el poder decir "no" al orden que parecen tener las cosas. Considerar que lo que sucede no es inevitable constituye el fundamento de nuestra acción como humanos. Si renunciamos a los proyectos, a la voluntad de cambiar ese curso de la historia, en suma, a la esperanza, enajenamos nuestra humanidad.

De acuerdo con la bella expresión de Emmanuel Levinas, "el tiempo va hacia alguna parte". Esta concepción de un tiempo recto, lineal, en oposición al tiempo circular que supone la repetición inevitable del pasado, es una creación de la cultura judeocristiana, una idea inicialmente religiosa de la esperanza que aparece reformulada en la concepción del progreso durante el siglo XVIII. El progreso es, pues, la versión laica de la esperanza cristiana, que a su vez proviene del antiguo mesianismo judío. Ese de los grandes profetas que una sentencia del Talmud expresa magistralmente: "¡Recuerda el futuro!" Nos advierte que estamos en camino y, además, que somos gestores del mundo por venir. Los humanos tenemos responsabilidad sobre el destino del mundo. Este no es el resultado de una fatalidad inevitable, un mero producto del azar, sino que refleja nuestra voluntad de construirlo. Afirmar que "otro mundo es posible" –como lo proclama una consigna que hoy se extiende– es esperar que lo sea.

Max Weber sostenía que la política es "el gusto por el porvenir", como lo recuerda Jean-Claude Guillebaud en un ensayo que lleva por título esa frase. Placer que, sin embargo, no expresa una simple inclinación hacia las promesas del futuro ni un abandono inconsciente a lo imprevisible. Supone querer gobernar el porvenir, reafirmando la esperanza en la posibilidad de torcer el rumbo. Sólo habitados por la concepción de un futuro por construir podremos rechazar la idea de que este mundo está librado a las leyes del azar, abandonado a la fatalidad, a la dominación, a la lógica mecánica de un "proceso sin sujeto", como lo define Jacques Ellul.

Es preciso reconquistar el interés por controlar el rumbo de la historia, convenciéndonos de que el mundo es mejorable.

Debemos evitar dejarlo, como también lo señala el Talmud, "abandonado a los malos", librado a los mecanismos anónimos del poder, de la tecnociencia y de la comercialización de la vida. De lo que se trata es de volver a encantar el presente recreando hoy la esperanza en el porvenir.

El autor es educador y ensayista

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