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Modesta e impalpable, la radio tiene la actualidad de un recurso cada vez menos explotado: la tremenda poesía de la imaginación sin límites
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9 de diciembre de 2001  

Cada noche que pasa me confirmo en la idea de que la radio es el perro San Bernardo de las comunicaciones.

Fama de boy scout tiene el teléfono. Pero la radio es más. Atiende a los insomnes y a los excedidos de sueño.

Al búho y a la búha, al vampiro y a la vampiresa, al portero y a la partera, al policía y también al ladrón. A los que salen al alba a pelear la realidad o a quienes se pierden por mirar la otra cara de la luna. Puede asistir al que no duerme porque sufre o al que no duerme porque ha hecho sufrir. Y es humilde. No hay radios de lujo.

Que aquel ritual hipnótico que de niños celebrábamos uniendo dos latas vacías de paté de foie con un piolín (que iba de nuestra oreja a la de una vecina escondida en un galpón) fuera radiofonía en pañales es una maravilla que descubrimos después. Pero es. Radio, esto es, rayo, y phone, es decir, voz.

En una punta del hilo, ella, turbada. Y aquí, uno, haciéndole arder las orejas, el alma (y la moral del cuerpo) a esa vecina que después traicionó esos temblores, cambió de sintonía, tuvo hijos y se perdió en el dial.

Se necesitó un mundo -Hertz, la piedra galena, Marconi, cables, pecera, micrófono, Welles, Susini, Marthineitz, Pesoa, chips, etcétera- para amplificar y hacer mundial aquel íntimo entreoír del inicio.

Pero no por más potente abandonó la radio sus virtudes de origen: sencillez, reserva, probado efecto asistencial. Y, ante todo, su poesía.

Desde el principio, la gente se sentó en círculo para escuchar la radio mirando el aparato.

La oralidad, el factor invisible de la palabra dicha, cumplía así el mismo fin que en las tribus primitivas los relatos nocturnos junto al fuego: unir al grupo no sólo por el jamón de un bisonte, sino también por el mito de la luna por salir.

La radio vino a despertar en cada uno la usina de la maravilla interior. Era escuchar, mirar el aparato, imaginar palabras y sonidos. Era actuar.

Porque, al revés de la tevé, que suspende la imaginación, la radio la estimula. Ante la televisión uno mira en ausencia. Ante la radio uno es un imaginero en ejercicio. O lo que es igual, el mago faltante.

Todo lugar común es fósil. ¿Que una imagen vale por mil palabras? Con sólo tres -"Hágase la luz"-, hizo Dios las imágenes enteras del mundo.

Si confiáramos un instante en nuestra íntima y natural central de imaginación, nos veríamos ingresar en la mejor de las fiestas. Un minuto de audición dispara, libre, una multitud de imágenes que por ser propias trabajan y diferencian a la persona.

La mejor cámara es el ojo interior de cada uno. Porque lo sabía, Orson Welles no parpadeó cuando intentaron torearlo con la recién inventada TV: "No me preocupa -dijo-. La pantalla de la radio es más grande". Es que ciertamente es inmensa. Y personal. Y artística. Por eso escribieron para ella e hicieron micrófono Artaud, Beckett, Brecht, Dylan Thomas, Camus, Dürrematt, Discépolo y tantos más.

Usted, que despierta y anochece con ella, ya lo sabe. Por eso busca esos escasos sitios del dial que han podido escapar de la imbecilidad y del mercado.

Allí se queda y goza y participa. Porque la radiofonía sirve para mucho más que transmitir noticias, contar chistes, gritar goles, ganar bicicletas o vender hamburguesas. También es un arte. Un arte invisible, cautivo, dejado de lado, como lo es el arte de la vida en cada uno de nosotros. La radiofonía es, sin duda, la más cenicienta de las artes.

La que no se ve. Y eso que anda todo el día entre la gente: escondida de tan expuesta y presente que está. Como el aire.

Ni templo, ni farmacia de turno, ni Alcóholicos Anónimos, ni el mágico diván. Un alcaucil plateado (o negro) que oficia de máquina de hablar y una máquina de escuchar que deambula por la casa o la calle. Un encuentro por amor al arte. Y por el arte de amar.

Cuando la radio se hace y se recibe así se convierte, además, en una rama más de la medicina. Hasta una cardiopatía mejora con una buena radiofonía. Pastillas, no: música y palabras. No un electro: un programa de radio. Esto es, la imaginación desnu-da. Por lejos, el sitio más humano que le queda a la realidad.

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