Esto da para todo

Cuando la credibilidad de la Justicia se suspende, cualquier práctica parece posible. Incluso, ser abogado y asistir a una banda de delincuentes en la escena del crimen
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23 de junio de 2002  

Era él! ¡Caminaba apurado, pero era él! Corrí hasta que lo alcancé.

–¿Cómo estás, Gustavo? –le dije. Pobres, sus padres se habían sacrificado mucho para que estudiara. Hacía dos años que se había recibido de abogado y no conseguía trabajo.

–Bien –me respondió. Noté que temblaba como si tuviera fiebre. Pero eran los nervios–. Hoy debuto en mi nuevo empleo, con Larroca.

–¿Larroca? –dije riéndome–. ¡El único Larroca que conozco es el que roba bancos!

–Es el mismo –señaló, mientras con un gesto brusco me tomaba del brazo y me metía en un zaguán para protegerme. Se oyeron las llantas de un auto que frenaba bruscamente.

Lo que pasó después es difícil de contar. Bajaron de un auto tres tipos con armas largas y entraron en la sucursal de un banco que estaba en la esquina. Se oyeron disparos, sonó una alarma, llegó un coche de policía, se enfrentaron con los que salían, dos consiguieron escapar y un tercero quedó herido en el pavimento. Todo lo vi desde el suelo. Llamativamente, Gustavo corrió hacia el caído.

–¡Agente! –gritó sacando una credencial–. Soy abogado y el señor es mi cliente.

La noticia se difundió enseguida por el barrio. Fuimos a ver a los padres de Gustavo como quien va a dar el pésame. La madre sirvió té con lágrimas en los ojos.

–Así que al muchacho le avisan dónde van a hacer un robo; él se queda en las inmediaciones y si cae alguien detenido, enseguida se presenta como su defensor –sintetizó Mabel.

–¿Qué diferencia hay con ser abogado de un banco? –retrucó Carlos–. Si meten preso al dueño por malversación de fondos también tenés que defenderlo.

–¡No permito que hablen así! –exclamó el padre de Gustavo, que había sido un respetado escribano hasta que le sobrevino la parálisis–. ¿O sea que si el mundo está corrompido está bien que mi hijo trabaje con una banda? ¡Yo le enseñé una moral! ¡Le di el ejemplo con mi conducta! ¡No esperaba esto de él!

Pasaron los meses, pero el episodio no se olvidó. Gustavo dejó de vivir en el barrio y nadie preguntaba por él. Hasta que un día me llamó Alvaro. El tener una funeraria le permitía mirar las cosas con cierta distancia. Tenía su noción del bien y del mal.

–Tenemos que tratar de recuperar al muchacho –me dijo–. Los padres están destrozados. Mi hijo se lo cruzó por la calle y le dijo que hoy festejaba su cumpleaños en un restaurante. ¿No deberíamos ir y hablarle?

Fuimos varios, con las mejores intenciones. Pero al llegar al restaurante, Julio vino a nuestro encuentro.

–Se reunieron en el salón del fondo y la banda copó la fiesta –dijo con aspecto desolado. Algunos se quisieron volver, yo pedí que lo llamáramos. Nos atendió en una salita. Del fondo llegaba un batifondo bárbaro.

Nadie sabía qué decirle. Alrededor, estaban los regalos. Un motor de auto, un equipo de sonido, cubiertos de plata. ¡Todos objetos robados! –Si necesitan algo, vengan el domingo –dijo Gustavo, mirándonos–. Los voy a rematar sin base.

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