
El nuevo film de la dupla Cohn-Duprat, El ciudadano ilustre, narra el regreso del único ganador argentino del premio Nobel a su pueblo natal.
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Por Leonardo M. D’Espósito
Uno puede volver a un lugar físico, pero no a un momento temporal. Lo que tenemos son recuerdos y a veces los deformamos para crearnos una leyenda propia. Daniel Mantovani ha vivido de eso, de haber dejado el pueblito bonaerense de Salas en los primeros años de la juventud y de reconstruirlo en cada una de sus novelas. Sabe, dice, que quizás lo único que ha hecho en todos estos años es volver a Salas. Pues bien: escritor de éxito, único argentino ganador del premio Nobel, pasa años sin escribir y sin aceptar invitaciones a congresos y homenajes hasta que una carta en sobre común, sin más membrete oficial que una anacrónica estampilla, lo invita de nuevo a Salas para ser consagrado Ciudadano Ilustre de la localidad. Quizás para reírse un poco, quizás para reencontrar algo que perdió, quizás porque se aburre y le divierte jugar un poco, Daniel decide aceptar, sin contarle a nadie, el convite. Tal es el punto de partida de El ciudadano ilustre, la nueva película de Mariano Cohn y Gastón Duprat, autores ovni del cine argentino.
Gastón dice –con razón– que esta es la película “más grande, de intención más popular” que ha realizado la dupla creadora de algunas de las aventuras más estimulantes de la televisión argentina de las últimas tres décadas. Nadie olvida ni Televisión Abierta –así sigue llamándose la productora de la dupla– ni Cupido, que lanzó a la fama la voz de Franco Torchia en plena debacle de 2001. Mariano y Gastón arrancaron con el cine gracias a ese documental tremendo que es Yo, presidente (2006) donde entrevistaban a –casi– todos los mandatarios de 1983 a ese año, y que resultaba un film a la vez cómico e inquietante sin que hiciera falta cargar las tintas. Después comenzaron con la ficción y realizaron El artista (2008), la muy exitosa –y premiada– El hombre de al lado (2009), la muy buena pero poco vista Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo (2011, sobre un relato de su compinche Alberto Laiseca), y un último documental, Living Stars, que la rompió en Sundance 2014. Si el lector conoce esta obra al margen del tradicional cine vernáculo –y al margen gozoso también de la TV nacional–, sabrá que son tipos irónicos, que el humor está presente, que van directo a la yugular del lugar común argento. Y El ciudadano... es algo así como la cima del estilo, una película menos abstracta que las anteriores, con lugares, nombres y personajes (ese cuadro de Perón y Evita, por ejemplo) bien reconocibles. El ovni, pues, aterrizó, y los aliens nos están mostrando cómo somos.
El papel de Daniel, este escritor exitosísimo con saudades particulares, lo juega un impresionante, a veces emotivo y a veces cómico, Oscar Martínez, que está en el mejor momento de su carrera (puede hacer todo como quiera: véanlo en Inseparables, film en las antípodas de este). Su Mantovani es un poco condescendiente, sí, un poco burlón del provincianismo ramplón, claro, pero también un tipo que esconde un lugar bien emotivo (vean las lágrimas ante el video kitsch de homenaje en una secuencia genial). Dady Brieva es su amigo de infancia, el que terminó casado con la mujer que Daniel abandonó por la literatura y el exilio (una bellísima sosegada Andrea Frigerio, que seguro va a sorprender a la mayoría del público). Brieva entiende que es un tipo inquietante, un hombre que sospecha de las intenciones del regresado. Las cosas, como se imaginará el lector, no pueden terminar del todo bien. O sí. O no. Bueno, vea la película.
Lo más interesante es la mirada sobre la Argentina, sobre sus costumbres más provincianas, sobre el ridículo cotidiano. Pero esa mirada, que podría parecer condescendiente, no lo es tanto: hay también algo de ternura y algo de protesta. No es cínica, sino irónica. ¿Pesimista? Quizás, pero con algunas carcajadas. Recuérdese que el pesimista es el que grita que todo empeora para que hagamos algo, para provocar una reacción que nos saque de esos lugares. Hay en la película también algunos gestos solidarios, alguna mirada tierna, alguna flor en medio de la cizaña.
Y hay humor, por supuesto, por momentos tremendo, por momentos oscurísimo, por momentos luminoso. No vamos a contar nada porque es mejor el impacto en el espectador de las sorpresas que ocurren en esa Salas que se repite en cualquier pueblo rural de la Argentina. Esos pueblos que aún no tienen quién los escriba, pero sí quién los filme.
<b>Año Martínez</b>
Siempre fue un gran actor y, según cuenta Duprat, uno de los más profesionales para trabajar en la pantalla. Pero quizás su actuación en El ciudadano... más su composición en Inseparables –remake argentina, dirigida por Marcos Carnevale, de la francesa Amigos inseparables, a la que se suma su gran villano en Kóblic– logren que se consagre definitivamente como uno de esos pocos nombres de la pantalla nacional que uno siempre quiere ir a ver. Parece que, definitivamente, este es su año.
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