Evangelina Bomparola: "La ropa no debería llevar la etiqueta expuesta"

Diego Sehinkman
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27 de enero de 2019  

La diseñadora Evangelina Bomparola se sometió al Cuestionario Sehinkman y dejó en claro que las marcas no deberían estar expuestas en los productos que compra el consumidor. Una visión muy particular de una empresaria y creadora que pronto colgará la colección otoño-invierno 2019 en su boutique de la avenida Alvear. A continuación, preguntas y respuestas de una charla rica y entretenida.

–En una imaginaria tarjeta personal, abajo de tu nombre, ¿qué pondrías

para definir tu actividad o profesión?

–Estudié muchas cosas que me condujeron a lo mismo. La profesión en la que me realizo y me siento cómoda es la de diseño de indumentaria, aunque no soy diseñadora de indumentaria, curiosamente. Entonces, si te tuviera que definir cuál es mi profesión, yo comunico a través de la moda y del diseño. Y mis diseños me permiten canalizar mi creatividad y hacer de eso, que es un juego, un negocio. ¿Cómo te pongo todo esto en una palabra? Evangelina Bomparola.

–¿Existe en vos el temor de que el paso del tiempo te aleje de la mirada del mundo que las nuevas generaciones van adoptando, con sus nuevas formas de relacionarse, las nuevas tendencias y, por consiguiente, que no puedas acompañar esos cambios con tus diseños?

–Sí, nos pasa a todos. Trato de estar actualizada. Un ejemplo es la música. No podés escuchar toda la vida Beatles, Radiohead, Queen, porque salió la película y sos un nostálgico. Trato de entender las nuevas corrientes y leer otras formas de producir pensamiento. Envejecer es caer en la frase "cuando yo tenía la edad de mis hijos". Con mi hijo Beltrán, de 17, intercambio música. Hoy me pasó una cosa curiosa con Esmeralda, mi hija menor: me compartió una foto de Instagram de una chica a la que le habían regalado su primera cartera de Louis Vuitton. Dije: "¡Qué horror lo que mi hija está rescatando!"

–¿Cuál era el horror?

–Que Esmeralda, a los 13 años, está completamente logomaníaca. Todo pasa por un logo, por la marca. Una remera de algodón, que la podés comprar en H&M por 5 dólares, la pagás 500 porque dice Gucci. Para mi hija la ilusión de tener una remera que diga Gucci es tocar el cielo con las manos. Obviamente no la tiene, no se la compro, pero es como un ideal.

–Pero esperá: vos también sos una marca...

–Yo soy una marca pero no soy una marca expuesta.

–¿Qué quiere decir?

–Mis etiquetas son negras y la tipografía es negra, con lo cual tenés que leerla con atención porque no es evidente. Yo no trabajo nada explícito. Lo más osado que hice ligado a mi marca fue poner un Eva detrás en unas remeras para un desfile, que tampoco las comercialicé.

–¿Y cuál es la filosofía detrás de la cuál vos decidís no tener una "marca expuesta"?

–La filosofía es que la ropa es de la persona que la lleva puesta, no tiene por qué llevar el nombre de otra, es decir, la etiqueta expuesta.

–¿Y el aspecto aspiracional de la etiqueta?

–Yo trabajo con estándares tan altos de calidad que apunto a una persona que valore la confección y la moldería y no necesite la etiqueta. Insisto: si la cartera es mía y yo la pagué no tiene por qué tener la marca Armani. Si Armani quiere que promocione su marca, que en todo caso me regale la cartera.

–Pero funciona a la inversa...

–A mí me parece que todo va a terminar dando la vuelta. Hoy ser cool no pasa por tener una remera que diga Kenzo sino porque te quede linda, que cuando alguien te abrace sienta que el algodón es de locos y que te haga ilusión llevarla puesta. Después, el precio que pagás es un tema privado entre el que te la vendió y vos.

–Existe una ley de talles que no se cumple y que provoca sufrimiento en muchas mujeres. ¿Cuál es tu visión?

–Es un tema muy polémico. Hay medidas políticas que quieren llamar la atención en época de elecciones. A un legislador se le ocurre una ley de talles sin haber convocado a todas las partes que conforman el universo de la indumentaria en nuestro país y arma una ley que es imposible de cumplir.

–¿Por qué?

–Para mí es imposible de cumplir, no quiero generalizar. Hay muchas marcas que pueden cumplirla o que deberían. Yo trabajo con un diseño personalizado, con unos patrones de calidad muy costosos. No podría tener un vestido de fiesta colgado en cada talle, en cada color, en cada una de las formas. ¿Por qué? Porque un vestido largo, de fiesta, tiene que ser con mangas para una persona que tiene un brazo que no está en buena forma, sin mangas para alguien que tiene el hombro que le queda mejor. No es un jean o una remera. Y si vos venís a mi local, las camisas, todo lo que pueda estar dentro de la curva de talles, está. Pero lo que tiene que ver con vestidos de fiesta, es imposible.

–Si a vos te llamaran para un consejo asesor, ¿qué aportarías?

–Yo creo que, primero, hay que encontrar las medidas universales que comprenden a cada talle: al talle 1 yo le digo 38, en el shopping le dicen 24 o 26, el de la esquina le dice 40. Eso es un divague. Hay que uniformarlo. Insisto: acá nadie se puso a pensar en la dinámica del negocio. Acá hubo un diputado que quiso llamar la atención para dar notas en la prensa.

–Y el otro problema, más allá de que no hay disponibilidad de talles, es el problema de la autoimagen. La dificultad de aceptarse tal como uno es, sin juzgarse tan duramente.

–Eso es tremendo. Estuve ahora unos días en Punta del Este viviendo con europeos y vos veías el manejo que tienen con su cuerpo. Las mujeres van, vienen, no les importa taparse nada. ¡Nosotros tenemos unos líos con "el rollo que me salió este año". Hay demasiado puesto en la imagen y poco puesto adentro. Un ejemplo: el otro día encontré un pantalón de Yves Saint Laurent del año 95, comprado en París, rayado, divino, medio chupín y dije "¡Uy, que bueno!". Me lo probé y no me cierra. Yo tuve dos pibes en el camino. ¡Es lógico que no me cierre! Mis costillas no tienen el mismo ancho, mi cadera igual. Entonces recordé que de la compra de ese pantalón a hoy me casé, tuve dos hijos, me pasaron cosas muy buenas y el cuerpo cambia. Me cambia a mí, le cambia a mi marido y a todos. Y las mujeres no se lo bancan.

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