Éxtasis literario

Furor en la Web por mujeres que leen textos clásicos mientras alcanzan el clímax
Nicolás Artusi
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13 de septiembre de 2015  

He ido a unos juglares… mmm… que hablaban del comienzo y del fin… uf, ¡ay!..., pero yo… mmm… no hablo del comienzo y del fin… ¡ahh, ahh, ohh!" La mujer que lee se llama Alicia, está sentada adelante de un telón negro y la mesa blanca sobre la que apoya su libro oculta lo que hay debajo: una persona que la estimula con un vibrador. Ella es una de las protagonistas de Literatura histérica, la fascinante serie de videoarte que el fotógrafo neoyorquino Clayton Cubitt publica en Internet como una manera de "explorar el feminismo, la dualidad entre la mente y el cuerpo, la distracción y el contraste entre cultura y sexualidad" (él agrega: "Y además es divertido de mirar"). Diez mujeres de distintas edades ya se sometieron a la experiencia revulsiva y, si el título de la obra ironiza sobre la histeria como se la diagnosticaba en la era victoriana (un tipo de locura femenina derivada de la represión sexual), ahora se propone un objetivo a tono con la época: diluir las ideas arcaicas acerca de la vergüenza y dotar a la literatura de un éxtasis sensual como el de Alicia, que para acabar empezó eligiendo uno de los poemas más célebres de Walt Whitman, ese que habla del comienzo y del fin, y que ya desde el título se puede leer como una alegoría de la autoestimulación: Canto a mí mismo.

"¿Quién ganaría en una guerra inevitable? ¿La parte superior del cuerpo o la inferior? ¿La lógica o la lujuria?": éstas fueron algunas de las preguntas que se hizo la periodista Toni Bentley cuando aceptó participar del experimento junto a otras mujeres que hicieron públicos sus orgasmos: entre ellas, escritoras, artistas y Stoya, una estrella del porno alternativo que fue la primera en animarse. Con un elegantísimo traje de Vivienne Westwood, leyó fragmentos de Necrophilia Variations, del elusivo autor satanista Supervert. En una red repleta de material XXX explícito y gratuito, el videíto de una pornostar bien vestida que alcanza el clímax mientras lee fue visto por 16 millones de personas (llevan 100 millones de reproducciones en 200 países). ¿Qué perversión inclasificada anima a los voyeurs cultos? ¿Acaso será la poesía narrada y no la música de telo, la banda de sonido más estimulante para el goce? El experimento es hipnótico.

Si la biblioteca médica victoriana habló de histeria para describir la irritabilidad, la ansiedad, la ira y la furia de la mujer insatisfecha, la industria de aquella época inventó el vibrador como santo remedio: en 1880, el inglés Joseph Mortimer Granville creó el consolador a batería y lo convirtió en la herramienta terapéutica que saltó del consultorio al dormitorio. En la serie Literatura histérica es a la vez fuente de placer y elemento disruptivo: interrumpe la concentración y desvía a la mujer del comportamiento casto que le exigen los modales tradicionales. ¿Esto es el acabose?

La cámara se enciende. Rec. La mujer empieza a leer el texto que eligió (Toni, la periodista, devela su espíritu sarcástico: Retrato de una dama, de Henry James). Debajo de la mesa se activa el aparato y con cada vbrrr, vbrrr, vbrrr se acelera la transformación y aun la más contenida se interrumpe, se retuerce, se agita. "Me interesa subvertir las imágenes cada vez más sofisticadas de sí mismas que tienen las personas", explica Clayton Cubitt: "Noté cómo incluso la gente común adopta las mismas poses que usan los famosos; yo experimento con tácticas para destruir eso". En la era de la selfie, él explora una nueva clase de exhibicionismo: el de aquella que, en lugar de la foto de un paisaje o una cheesecake, comparte con el mundo lo más privado que tiene, la agonía y el éxtasis, su libro favorito y su orgasmo.

CINCO MUJERES QUE LEEN FRAGMENTOS DE LITERATURA HISTÉRICA

Stoya

En www.hystericalliterature.com y en YouTube, la estrella del porno alternativo goza con los versos satánicos de Supervert, un autor que escribe sobre perversiones varias.

Amanda

Con pose angelical y trenzas a lo Laura Ingalls, ya lleva casi 2.500.000 espectadores de su orgasmo mientras lee La naranja mecánica, de Anthony Burgess.

Margaret

De apellido Cho, una de las leyendas del under neoyorquino: la actriz de familia coreana se deleita con A. N. Roquelaure, el seudónimo de la vampírica escritora Anne Rice.

Stormy

La más contenida de todas: de pulcro vestido a círculos y anteojos de marco grueso, se descontrola justo en los fragmentos fuertes de American Psycho, de Bret Easton Ellis.

Janet

Con largos cabellos blancos y fina estampa de veterana directora de escuela, la mayor de las mujeres lee a Ralph Waldo Emerson y demuestra que para el goce no hay edad.

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