Federico Andahazi: "La sexualidad es sagrada"

Federico Andahazi, escritor argentino
Federico Andahazi, escritor argentino Crédito: Gentileza Aída Pippo
En una entrevista íntima, el escritor nos cuenta todo sobre las caminatas terapéuticas que coordina y, entre otras cosas, sobre el proceso creativo de sus libros y la historieta Memé.
Daniela Chueke
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9 de mayo de 2015  • 03:44

Lo entrevisté en su casa, dos días después de la charla que brindó en la Feria del Libro para presentar su última novela Los amantes del Danubio, editada por Planeta. Me anticipó que iba a escuchar más o menos lo mismo, pero al final terminé conociendo a un hombre sensible casado con una mujer muy ohlalera. Cuando Aida Pippo, ilustradora y mujer de Federico Andahazi, volvió de traer a su hijo Blas del cole, se acercó al living donde el escritor me había recibido una hora antes, a saludar y ofrecer un café. Nos pusimos a hablar de la historieta que realizan juntos y se publica en ADN, del libro infantil que el marido escribió y la mujer ilustró y es el único de toda la obra del escritor que le está permitido leer a sus hijos, por el momento. También hablamos sobre el vínculo cercano que a veces se da con los lectores que en ocasiones puede ser muy intenso. Federico recordó, con la voz entrecortada y algunas lágrimas inesperadas, a un señor que en una presentación se acercó a agradecerle porque por terminar de leer uno de sus libros se puso las pilas para soportar un tratamiento para una enfermedad: "Gracias a vos sigo vivo", le dijo.

Y no es raro que eso ocurra. Muchas veces lo que nos mantiene atados a las ganas de vivir puede ser un libro, una idea, una esperanza. Algo de eso, de la pulsión de la vida y de cómo es un deber sagrado elegirla día a día, trata el último libro de Federico Andahazi. Aunque, si tenemos en cuenta que su primer trabajo fue el de psicólogo y que, por esas cosas raras de la vida, este año comenzó a coordinar un grupo de caminatas terapéuticas, tal vez esa haya sido la pregunta que lo acompañó en la docena de novelas que lleva publicadas. Veremos.

-Te confieso que a El anatomista lo leí hace poquito, inmediatamente después de Los amantes del Danubio. Y coincido con lo que te decía Jorge Fernández Díaz acerca de tu trayecto como escritor que te llevó de la historia del mundo a la historia familiar.

-Federico Andahazi: Es así. Esta es mi novela más cercana afectivamente, biográficamente y está inspirada en mi propia historia familiar. Es mucho más difícil escribir sobre personas que realmente existieron que sobre personajes, que tal vez también existieron, pero que tienen menos entidad para uno mismo, como Mateo Colón y los otros personajes de mis novelas que aparecen en un pasado más o menos remoto.

-¿Cómo fue hacer la investigación en el archivo familiar? ¿Lo hubo?

-F.A: Yo tenía un libro de poesía escrito por mi padre. En la solapita del libro, Edades y temporadas había una foto del autor. Eso era lo único que conocía de mi padre. Hasta que una noche, a mis 18 años, cuando caminaba por Avenida Corrientes, veo a un tipo parado en las esquina de Montevideo. Tenía pinta de escritor, con una barba larga y su pipa. Me pareció que lo conocía y enseguida me di cuenta. Me acerqué y le pregunté: ¿Usted es Bela? Sí, yo soy Federico, ¿Qué Federico? Durante todo ese tiempo intente explicarle qué Federico. No es fácil tener 18 años y tener que contar quién es uno y mucho menos a su padre.

Los amantes bajo el Danubio, es su nuevo libro y relata la historia de sus abuelos
Los amantes bajo el Danubio, es su nuevo libro y relata la historia de sus abuelos Crédito: Planeta

-O tener ganas.

-F. A: Exacto, tener ganas tampoco fue fácil. A partir de ese momento iniciamos una relación de profunda amistad yo descubrí su biblioteca sus historias y pude empezar a reconstruir parte de la historia familiar paterna que no era fácil porque mi papa hablaba muy poco de su padre. Estaba peleado con él. Pero yo sí tenía relación con mis abuelos paternos; cuando venían a Buenos Aires me visitaban.Tenían un departamentito muy lindo en Juncal y Callao.

-¿Tus abuelos paternos son (los personajes) Bora y Marga?

-F. A.: Sí, que en realidad se llamaban Bela y Margarita; ellos vivían en Córdoba, en Unquillo. Como toda la gente que estuvo en la guerra - mi abuelo estuvo en las dos guerras- él no hablaba de eso. Pero una vez mi abuela Margarita le contó a mi mamá la historia que reconstruyo por medio de la hipótesis literaria en la novela. Cuando vivían en Budapest, donde mi abuelo tenía una posición económica y social muy holgada, escondieron durante la ocupación nazi a un matrimonio en el sótano de su casa. Esa pareja estaba formada por la ex mujer de mi abuelo y el hombre con quien -mi abuelo suponía- ella lo había engañado.

-Los amantes bajo el Danubio.

-F. A.: Ellos mismos. Me pareció una historia muy fuerte y yo quería saber cómo había sido esto. Y parte de la historia la pude reconstruir de una manera completamente azarosa, cuando me regalaron un cuadro pintado por mi abuelo. Hace unos pocos años yo había terminado de escribir El secreto de los flamencos y el director de un geriátrico de la colectividad judía me llama para informarme que una mujer me lo legaba. Ella había me escuchado en una entrevista decir que El secreto de los flamencos lo dedicaba a la memoria de mi abuelo. El la había salvado a ella en Budapest con un salvoconducto. Yo no sé bien cuándo se ubica cronológicamente la historia que cuenta esta señora pero lo que sí me confirma es algo curioso que me pasó después del primer encuentro con mi viejo.

- Supiste quién era tu abuelo.

-F. A.: Me confirmó lo que había descubierto al volver a casa después del encuentro con mi viejo. Lo primero que hice fue ir a la biblioteca a buscar el libro de mi papá; al abrirlo, de la solapita se cayeronn un recorte, una tarjeta y otro papel que era una invitación a una muestra de mi abuelo. Había un reconocimiento que le hacia la DAIA junto con Emily Schindler de quien era muy amigo, por haber salvado a judíos durante la guerra. También había una tarjeta personal escrita en francés .que la reproduzco en el libro- que decía que había sido diputado, embajador en Turquíía y que había tenido un cargo muy alto en cultura. Cuando viajé a Budapest, me enteré que mi abuelo era una persona mucho más conocida de lo que yo suponía: me mostraron su banca en el parlamento, algunos frescos del teatro Liszt que pintó el y me contaron que fundó el partido agrario que muchos años después llegó al gobierno. Esas eran las piezas que me faltaban. En la novela para llenar los claros y las lagunas pude apelar a la literatura. Yo creo que es un recurso muy interesante la ficción. Yo creo que muchas veces por vía de la ficción uno puede reconstruir quizá con más fidelidad que algunos historiadores.

-De todos modos en la novela aparecen muy en primer plano los sentimientos de los personajes, mucho más que en tus novelas anteriores, ¿me equivoco?

-F. A: Es que es así. Esa historia que cuento en Los amantes bajo el Danubio, aunque no sea exacta, debe haber sido muy parecida a la realidad. Me imagino lo que debió haber provocado, sobre todo a mi abuela, la presencia de ese matrimonio en el sótano de la casa. Significaba traer un montón de fantasmas que tenían que ver con la vida amorosa anterior de mi abuelo, más allá del pavor por la situación. Imaginate lo que significaba esconder judíos en esa época, no era fácil y era peligroso, la consecuencia si eran descubiertos era el fusilamiento, la muerte de todos. Creo que esos sentimientos los reconstruyo no tanto por vía de hipótesis literaria sino por intentar ponerme en el lugar de los personajes.

-Cuando leí la escena del duelo lo primero que me pregunté fue pero ¿cómo, no era ilegal? y vos enseguida lo aclarás era como si yo te hubiera preguntado y vos me contestaste.

--F. A.:Es cierto, me ocupo mucho para que resulte así. Cuento para eso con dos grandes lectoras que me van marcando todas estas cosas. Son mi mujer y mi vieja. Mi mujer es una gran lectora que pese a la proximidad no pierde objetividad. Y mi vieja es un extraño caso de gramática perfecta. De esas personas que las dudas te las resuelven en el momento. En eso aventaja a muchísimos editores. Esa habilidad creo que la tiene de puro lectora y por haber sido secretaria mucho tiempo de los directivos del banco industrial y del banco nacional de desarrollo, tenía que redactar cartas y corregir permanentemente. Además habla siete idiomas.

-¿También sos de comunicarte con tus lectores?

-F. A.: Sí, y eso también permite que a medida que uno va teniendo más contacto con los lectores pueda entender mejor por dónde pasa ese diálogo. Va a aprendiendo.

-Nos tenés en mente mientras escribís.

-F. A.: Por supuesto. Se lo suele subestimar mucho al lector en la literatura y me parece un prejuicio casi estúpido uno no puede ignorar a quien finalmente está dirigido un libro. Y, por otra parte, suelo escribir en capítulos relativamente cortos. Imagino la escritura como una partida de ajedrez, jugaba mucho con mi abuelo paterno aunque ahora estoy muy olvidado, me quedó la gimnasia de anticipar el movimiento del otro. Esto tiene que ver con diseñar una táctica de escritura que descifra al lector.

-Lo otro que noté es que leyendo tu ultimo y tu primer libro con pocos días de diferencia entre uno y otro, lo que veo es que puede ser que en el primero había una mirada más masculina o masculinizada y ya en el último una visión más integral.

-F. A.: Yo creo que esa mirada de la sexualidad más masculina no es la mía pero era la necesaria para El anatomista que es un libro que está construido desde una serie de perjuicios masculinos. Lo que aparece en el anatomista es esa voluntad de colonización del cuerpo femenino que tenía Mateo Colón. Entonces necesitaba ese choque de miradas entre el hombre y la mujer. Porque los personajes femeninos, Inés y Mona Sofía, muestran su resistencia a dejarse colonizar.

El escritor argentino en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires
El escritor argentino en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires Crédito: Facebook

-Y cambia la visión en Los amantes.

-F. A.: Es cierto esta última novela está mucho más pensada la cuestión de qué manejan las mujeres esto que viven completamente diferente de los hombres y tal vez en esta novela prevalece la mirada femenina, de los personajes marga y Hana, además era una necesidad narrativa que esto fuera así. Toda esa piedad, en el sentido más profundo del término, que aparece en la novela es mucho más femenina que masculina. Y también, la mirada sobre la sexualidad tiene un lugar importante en el libro porque ellos van a conseguir refugiarse de esa amenaza de peligro constante en el placer.

-Supongo que tuviste que inventar lo que pasó en ese sótano, ¡no te lo habrán contado!

-F. A.: Sí, eso sí, la cuestión de la sexualidad es una hipótesis, obviamente, pero una hipótesis necesaria porque cuando pensaba en ese cautiverio tan largo, necesitaba imaginar qué iba a pasar. Entonces cuando,al escribir, me pongo en ese lugar me parece posible que la sexualidad se revele como el nexo más genuino con la vida. Entonces descubrí cuán injustamente la sexualidad se ha puesto del lado de lo pecaminoso, de lo condenatorio, cuando en una situación como la de ese sótano, se puede ver como se convirtió en el nexo más genuino con la vida, cómo revela el carácter casi sagrado de la sexualidad.

-Tu hipótesis es que Hana y Andris en ese sótano se aferran a la sexualidad como a un ritual sagrado.

-F. A.: Sí, porque me preguntaba en qué momento la sexualidad dejó de ser considerada algo sagrado para pasar al terreno de lo pecaminoso. Y encuentro que cuando los judíos caen bajo Babilonia son obligados a rendirle culto a sus dioses, entre ellos a Ishtar, la diosa de la sexualidad; cuando consiguen liberarse del yugo babilónico la sexualidad queda del lado del enemigo y por lo tanto, de lo pecaminoso. En la novela Hana adopta ese ritual para sostener la vida dentro del sótano. De todos modos, también reconozco que hay un cambio de mi propia mirada de la sexualidad desde El anatomista; pasaron muchos años en el medio, no es lo mismo un libro que se escribe a los veintipico que uno a los 51.

-¿Qué grado de veracidad tienen tus novelas? ¿Te tomás muchas licencias con respecto a los hechos históricos?

-F. A.: Me parece que es muy inocente creer en la fidelidad de la historia. Como si los historiadores acaso no apelaran a la hipótesis literaria. Lo hacen todo el tiempo. Si bien hay fuentes de primera mano y otras de segunda mano, las fuentes de primera mano también pueden ser dudosas. No sabemos si esa persona que escribe algo está dejando un dato fidedigno o si es una invención. Es una idea muy inocente pensar que los historiadores son "honestos".

-Lo planteás un poco en Historia sexual de los argentinos.

-F. A.: Si, cuando escribí ese libro descubrí muchas verdades de la historia que fueron tapadas. Los historiadores le transfieren su propia moral a los personajes que investigan. No tiene nada que ver la moral de Sarmiento con la de los sarmientistas, ni la de Belgrano con la de los belgranianos ni la de San Martín con la de los sanmartinianos. Sarmiento era un escándalo, dejó escritos en donde habla de su participación en las orgías en Francia en Italia, que están redactados en primera persona y cuyos gastos liquidó al gobierno chileno. Tampoco tuvo problema en escribirle a su amigo y contarle que cuando estuvo frente Mariquita Sánchez tuvo una erección y que no la podía disimular. Los historiadores se ocuparon de ocultar esas cosas, de esconder las cartas para que el relato de la historia oficial se adecue a su propia moral.

-Entonces podríamos decir que si no es más verdadera la ficción, al menos es más interesante.

-F. A.: No lo sé. Lo que yo hago es atreverme a formular una hipótesis literaria y me atrevo a decir que por vía de esta mentira, que es la literatura y la ficción, de un modo paradójico, muchas veces podemos reconstruir la verdad de una manera más verosímil que la de los propios historiadores. Los historiadores mienten. Descaradamente.

-En la Feria del Libro comentaste lo de Wikipedia

-F. A.: Ah, sí y esto no ocurrió sólo en Wikipedia. Hay historiadores que han escrito sobre la historia del cuerpo humano y citan a Mateo Colón, al Mateo Colón como aparece en El anatomista, que inventé yo. Y hay sitios donde hablan de Inés de Torremolinos o de Mona Sofía como si hubiesen existido y ellas no existieron, son personajes de mi novela. Entonces el historiador que se jacta de no mentir, mejor que se fije nuevamente, porque me cita a mí, pero estoy mintiendo yo. Como este caso hay miles, son muchos los que mienten. El límite entre la mitología, la historia, la Biblia es bastante difuso y no existe la máquina del tiempo.

-Un gran invento de la historia es el aparato psíquico. Siempre me pregunté por qué se toma esta abstracción como si fuera un órgano del cuerpo humano. Vos sos psicoanalista y de algún modo estás retomando la profesión con tus grupos de caminatas. ¿Sentís que la literatura te mejoró la formación que recibiste como terapeuta? ¿Ayudás mejor desde que te convertiste en escritor?

-F. A: Te referís al grupo de caminatas que comenté en la Feria del Libro. Funciona como terapia. Creo en la curación y en que muchas cosas se solucionan poniéndose en marcha. Caminar y conversar es una forma de hacerlo.

Secretos de una familia ilustrada

Fede y Aída: hombre sensible y mujer ohlalera
Fede y Aída: hombre sensible y mujer ohlalera Crédito: Dani Chueke

Aída es la dibujante de la Historieta Memé, que se publica en el suplemento cultural ADN, en el diario La Nación y el guionista es Federico. Los protagonistas son ellos mismos junto con sus hijos Vera y Blas. Los chicos intervienen en el proceso creativo con opiniones e incluso ejerciendo el poder de veto. Si no les gustan los dibujos -"yo ese monstruo no lo tengo"- exigen el cambio y lo mismo ocurre si no están de acuerdo con los textos: "no pongas eso en mi boca porque yo no lo voy a decir". Todo esto, sin dudas, los convierte literalmente, en una familia ilustrada. También lo son en el sentido clásico de la palabra. Cómo no aprovechar a pedirles que nos cuenten cómo lo logran.

Fede: Acá todos los cuadros que ves o son de Aída o de mi abuelo

Aída: A todos nos gusta la lectura. Los chicos tienen una relación espontanea con los libros, que la generaron ellos y que no la impusimos para nada, la relación es desde siempre. Blas tiene un enganche más profundo con los libros que con los juguetes, de los juguetes se cansa rápido y el interés por algún libro puede durarle más tiempo.

Fede: Vera es súper lectora y yo trato de no juzgarla por lo que lee, me gusta que la pase bien, si es leyendo, leyendo y si no, haciendo lo que quiera. Trato de no presionarla como hacía mi mamá conmigo: cuando yo era chico lo único que quería era jugar al fútbol y ella me perseguía con la colección Robin Hood.

El único libro, por ahora, dedicado a los niños
El único libro, por ahora, dedicado a los niños Crédito: Planeta

Aída: Me parece que nunca hay que obligarlos a terminar un libro porque cuando no gusta se vuelve muy tedioso. Y en cambio, sí acercarles los libros por los que muestran algún tipo de curiosidad o interés. Nuestra hija más grande ya está leyendo novelas y el más chico lee cuentos más infantiles con imágenes, está interesado en los monstruos. También privilegiamos el ratito de la lectura antes de dormir como un momento para tranquilizarse y hablar de algunas cosas.

Fede: Leo siempre los mismos libros porque me cuesta conseguir libros que pueda empezar y terminar. Lo mismo me pasa con la música: en la adolescencia definí mi gusto musical, así que para mí, mi después de Led Zeppelin no hay nada y lo mismo me pasa con los autores: vuelvo una y otra vez a Borges, a Kafka, a los clásicos.

Aída: Yo sí te voy a decir mis libros preferidos. El Barón Rampante, de Ítalo Calvino, El tambor de hojalata, de Gunter Grass y El conquistador, de Federico Andahazi. Es un libro lindísimo y se lee mucho en las escuelas.

Fede: Creo que se puede dividir a los escritores en dos grandes grupos: los que te hacen ver que escribir es posible, como Roberto Arlt o Jack London. Ellos no tuvieron formación académica -Jack London era ladrón de pieles, buscador de oro en Alaska y fue comunista en Estados Unidos- y aún así se convirtieron en padres de la literatura universal. Por el otro lado están los autores que te dicen que escribir no es posible, como Borges como Joyce. Pienso que mi trabajo como escritor consiste en hacer equilibrio en esa angosta cornisita entre lo posible y lo imposible.

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Más sobre esta sección: Cumplimos un año y todavía sin leer a Coetzee, El secreto del haiku y Leer en voz alta.

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