Felicitas Pizarro: "Mi generación es la que peor se alimentó"

Charlamos con la cocinera de sonrisa amplia sobre su presente en la TV, la ola de conciencia alimentaria y su costado solidario que empodera a las mujeres. Pantalón y camisa (Mishka, $4860 Y $2980), zapatillas (Prune, $3590).
Charlamos con la cocinera de sonrisa amplia sobre su presente en la TV, la ola de conciencia alimentaria y su costado solidario que empodera a las mujeres. Pantalón y camisa (Mishka, $4860 Y $2980), zapatillas (Prune, $3590). Crédito: Martín Pissotti. Producción de Manuel Aversa
María Eugenia Castagnino
Ayelén Di Leva
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3 de junio de 2019  • 11:58

Desde que ganó el concurso gastronómico del chef británico Jamie Oliver en 2013, la sonrisa de Felicitas Pizarro es casi una marca registrada. Como si su nombre fuera el reflejo de su actitud, ella se mueve feliz por la vida, agradecida y contenta. Nos juntamos a charlar un mediodía, en un hueco que le quedaba en su colapsada agenda, antes de que entrara a grabar El gran premio de la cocina -el reality en el que cocineros amateurs compiten y donde ella es jurado-. Frenamos la locura de nuestros relojes, durante más de una hora nos olvidamos del tiempo y, entre pregunta y pregunta, terminamos aprendiendo de alimentación, de la importancia de la familia y la clave de hacer las cosas con pasión y alegría.

¿Cómo estás viviendo tu presente laboral?

Yo nunca había hecho televisión de aire, popular, eso de que te ven y te reconocen en la calle. Eso, al principio, me generó un montón de dudas. Había tenido varias propuestas para hacer el típico magazine con la cocinera y mi respuesta siempre había sido que no, porque soy re cuidadosa con las marcas que esponsorean la comida que hago. Me iba por ese lado, de que no podés explotarte en tu máxima potencia como cocinera sino que terminás haciendo los platos que garpan, los que te pide la producción, los que te pide el esponsor..., en 5 minutos tenés que preparar algo y no te podés mostrar. Entonces siempre terminaba en un "no, gracias".

En la TV sos jurado. ¿Cómo das un buen feedback sin ser mala?

¡A veces me dicen que soy mala! Lo que pasa es que no son profesionales, pero hay cosas que cuando va avanzando la competencia digo "no". Hay veces que te tenés que poner firme, hay plata, tengo que ser justa. Pero como es algo que una hace desde el corazón, cuando le criticás a alguien el plato le estás tocando el corazón. Al principio me re costaba decirles a las personas "esto es horrible".

Polera (Las Pepas, $3690), Jogging (Adidas, $3199), Stilettos (Aldo By Grimoldi, $4200).
Polera (Las Pepas, $3690), Jogging (Adidas, $3199), Stilettos (Aldo By Grimoldi, $4200). Crédito: Martín Pissotti. Producción de Manuel Aversa

Hoy hay una tendencia de tener mucha información sobre lo que comemos, cómo lo comemos... ¿Por qué sentís que está pasando esto?

Creo que pasamos de darle bola a la comida, hace muchos años, a que se industrializaron un montón los procesos y las comidas. Mi mamá me daba patitas de pollo como si fuera el mejor producto y el más fresco. Después empezamos a ver y a entender qué tenía todo eso. Es mucho más rico el puré que hace mi abuela que el que compro en una caja y le agrego leche. Me parece que antes no había información, se pensó que lo nuevo era lo mejor y ahora estamos volviendo. Y la generación que se alimentó de esa forma ¡fue la mía! Porque mi mamá me daba eso a mí. Nos replanteamos todo y volvemos, con información, a revisar.

Los cocineros también ayudaron mucho a concientizar.

Sí, y a entender la estacionalidad de los productos. Yo creo que si sentás a alguien a comer un tomate en verano, rico, de huerta, con aceite de oliva y orégano o albahaca, y le das eso mismo en invierno, con el tomate congelado y verde, nunca más va a querer comer ese tomate, va a decir: "Esto no es tomate y esto sí". Es verdad que el productor y el cocinero tienen mucho que ver. Los cocineros empezaron a ser comunicadores a través de las redes y eso ayuda. Las redes ayudaron.

¿Cómo lograr el equilibrio para no volvernos locos? Porque a veces no tenemos el tiempo para cocinar y nos autoexigimos de más...

Yo en mi casa tengo una huerta, pero no es que me cocino todos los días mi tomate o mi berenjena. En mi casa no hay imanes de delivery, porque no consumo, si quiero cocinar rápido, lo logro. Ahora, si vos me invitás a comer y pediste pizza, yo la voy a comer feliz, pero en mi vida diaria no entra. Santiago, mi marido, es un poco más de los procesados, del caldito, y yo se lo voy sacando. Le digo que de verdad no lo necesitamos. No es que yo sea una extremista, pero considero que con poco tiempo se puede comer re bien. Capaz hay que organizarse, no es magia. En mi casa hay mucha fruta y verdura, a mi hijo (Ramón, de 2 años) le encantan. Él abre la heladera, ve brócoli y se come uno a las 3 de la tarde, como un snack. Ojo, si ve un chocolate también lo agarra, porque nunca se lo prohibí.

¿Sos de esas mamás que en un cumpleaños le prohíben el chizito?

¡No, no! No quiero ser esa madre y que todos digan "la loca"... El primer día del jardín, en la adaptación, la maestra le dio un caramelo. Mi hijo nunca había comido porque yo no paso por kioscos y él no tiene hermanos, primos, nada. Ramón se dio vuelta y me dijo: "Mamá, ¿puedo?", y automáticamente todas las madres mi miraron. A ver, no me encanta que coma caramelos, pero sé que es parte, de grande él elegirá.

Pantalón y campera (Paula Cahen D'anvers, $2695 Y $4395), remera (Rapsodia, $1500), botas (Prüne, $5190).
Pantalón y campera (Paula Cahen D'anvers, $2695 Y $4395), remera (Rapsodia, $1500), botas (Prüne, $5190). Crédito: Martín Pissotti. Producción de Manuel Aversa

En tu casa no se pide delivery, ¿tenés otras reglas?

En casa, paradójicamente, los que más cocinan son mi marido y mi hijo. La mayoría de las veces llego y no tengo ganas de cocinar, entonces él se ocupa. Pero hace omelettes, tartas, cosas súper rápidas.

¿Hace cuánto que estás en pareja?

Desde 2013. Casi seis años.

¿Ya eras conocida cuando empezaste a salir con Santiago?

No, justo en la primera cita le conté que ese fin de semana iba a grabar un video para Jamie Oliver y él me dijo: "¡Ah, me encanta el inglés!". Y eso me atrapó, que él conociera al cocinero que a mí me gustaba me sumó un montón. Santi se re metió en ese proceso, yo le iba mostrando fotos del video que estaba haciendo, de las que cosas que conseguía. Me armé todo un set de filmación para hacer ese primer video, dije: "Si lo hago, lo hago con todo". Igual, ahora lo veo y me da vergüenza, pero en ese momento era lo mejor que podía hacer. Estaba segura de que iba a ganar.

¿Te está pasando ahora, que tenés más exposición, tener que bajarte de algunas cosas, decir que no?

Creo que hoy pasa más por no poder disfrutar más tiempo con mi hijo. No puedo dar el 100% porque, en realidad, me gustaría estar el sábado con Ramón. Como madre me da culpa.

¿Y cómo manejás esa culpa?

A veces termino haciendo las cosas igual porque no sé decir que no. Por ejemplo, ahora trabajo en un proyecto social en una villa en Quilmes, y a veces estando ahí me replanteo. Estoy ayudando, haciendo algo lindo, pero le estoy sacando tiempo a mi hijo.

Contanos sobre ese proyecto...

Hace más de un año me convocó la fundación Formar, que está en algunos barrios vulnerables (en este caso, en Iapi, Quilmes), convocamos a las mujeres del barrio para decirles que había una clase de cocina, que iba a estar yo. Vinieron 30 chicas y les dijimos: "Todas saben cocinar, pero no lo están explotando para ganar plata. Las voy a acompañar, si quieren, en un emprendimiento gastronómico de viandas saludables en el barrio. Vamos a cocinar, a vender, y la plata va a ser para ustedes". Ahí empezaron. De las 30 quedaron 8, son un grupo re consolidado. Arrancamos con las viandas, después la crisis hizo que el mismo barrio dejara de comprar la vianda que estaba buenísima y ahí pensé que necesitábamos otra infraestructura. Me uní con los chicos de Simpleat, que son emprendedores, y les expliqué: "Esto no es solidaridad, a nosotras nos tiene que servir y a ustedes les tiene que servir", es como un círculo de sustentabilidad en todo sentido, es un laburo, no es beneficio. Ahora vamos a la planta de ellos, producimos en masa y lo vendemos en promoción. Las ganancias son para las chicas.

Suéter (UMA, $5600).
Suéter (UMA, $5600). Crédito: Martín Pissotti. Producción de Manuel Aversa

¿De dónde viene la herencia gastronómica en tu vida?

De mi abuela paterna. Mi papá también cocina re bien, pero mi abuela (la mamá de él, Valentina) es súper, es muy de las carnes, de los condimentos, de los picantes..., es más bien española y viene todo por ese lado.

¿Seguís cocinando con ella?

Ya no tanto. Hasta hace un par de años sí, pero ahora se cansa o se agita. Con ella aprendí a hacer locro, pucheros, guiso, tortillas... Todo eso lo cociné a su lado durante un montón de años.

Vos que sos tan de las carnes, ¿te estás volviendo más healthy?

Sí, el libro que saqué el año pasado (Cocina feliz) es re verde, en el sentido de que hay platos sin carne. El primer libro es más oscuro, más de otoño, con comidas más pesadas. Yo no me di cuenta, lo hice así porque me salió. A la gente le gusta más comer variado, más fresco y no terminar muerta.

¿Sos espiritual, de analizarte?

No, cero. Me encantaría serlo, conocerme un poco más. Tengo amigas que son más sensibles y analizan si estaban bien o estaban mal en determinado momento. Yo no tengo idea, no soy de analizarme. Me tomo la vida con bastante felicidad y alegría, no me detengo mucho.

Sos más liviana, más de la idea del fluir, ¿no? Sin tanta formalidad...

Sí, totalmente. En mi libro escribí: "Comé como quieras, comé bien". Ese "como quieras" habla de eso. Si vivís sola y querés comer mirando la tele o sentada en la vereda, me parece re válido, mientras lo que comas esté bueno o te guste. Para mí, lo más lindo como comunidad, como familia, es sentarse en la mesa. Hay charlas, los hijos hablan con los padres... Además, cuando cocinás es el único momento que es real: agarraste algo, lo transformaste, lo cocinaste, lo serviste y lo comiste. Me parece que es la única cosa que nos hace volver a las bases, a las raíces de lo que es la vida. Esa simbología me parece espectacular; la comida es cultura, identidad. .

Peinó Diego Perla para Perla Estudio. Maquilló Luciana Romero para Romero Estudio. Agradecemos a Matcha Green Energy y Caleu Cerámica su colaboración en esta nota.

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