Fútbol, más que un juego

El deporte más popular vive en estos días su mediática fiesta mundial. Un buen momento para analizar la atención que estadistas y opositores de todas las latitudes le dispensan: al igual que la guerra, parece ser hoy un modo de ejercer la política por otros medios
El deporte más popular vive en estos días su mediática fiesta mundial. Un buen momento para analizar la atención que estadistas y opositores de todas las latitudes le dispensan: al igual que la guerra, parece ser hoy un modo de ejercer la política por otros medios
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23 de junio de 2002  

A principios de 1994, Osama ben Laden pasó tres meses en Londres, visitando a seguidores y banqueros, y yendo a ver cuatro partidos de fútbol donde jugaba el club Arsenal. Antes de volver a Sudán, les compró a sus hijos souvenirs de ese equipo.

Su gusto por el deporte no le impidió involucrarse en el complot que tenía por objeto masacrar al equipo norteamericano y al inglés durante la Copa del Mundo de 1998, en Francia. Sin embargo, Ben Laden dijo a sus amigos que jamás había visto una pasión tan grande como la de los hinchas de fútbol.

Y está en lo cierto: salvo en los Estados Unidos, el deporte despierta una pasión mundial colectiva que sólo puede compararse con la guerra. Y, a diferencia de cualquier otro juego –incluso de casi cualquier fenómeno cultural–, se caracteriza por su maleabilidad política. Lo usan los dictadores y los revolucionarios, es símbolo de la oligarquía y de la anarquía. Influye en que los presidentes sean elegidos o derrocados, y define lo que la gente piensa de su propio país.

La Copa del Mundo que se está jugando en Japón y Corea del Sur es un buen ejemplo: millones de personas la siguen por televisión, gracias a los satélites que llevan el mejor fútbol del mundo a los hogares más remotos. Habitantes de Shenyang o de Kartum, que no tienen idea de que Manchester es una ciudad de Inglaterra, son fanáticos del Manchester United. Una estatua de la estrella de ese equipo, David Beckham, adorna un templo budista de Bangkok.

Los gobernantes de todo el mundo se vinculan con el fútbol. En 1986, Silvio Berlusconi, que entonces era un magnate de los medios, se hizo cargo de su club favorito, el Milan de Italia, que se debatía por recuperarse de un escándalo por soborno en 1979. En 1989, el club era rico, perfectamente organizado y campeón de Europa. Entonces Berlusconi fundó su partido político, Forza Italia (como coreaban los hinchas en la cancha), llamó a sus candidatos los azzurri (los azules, como se apoda a la selección nacional) y en 1994 fue elegido primer ministro. Jörg Haider, el político austríaco de derecha, popularizó su imagen por ser presidente del club de fútbol Kärnten. Los políticos brasileños suelen vestir durante sus campañas la camiseta de los equipos más populares y en las recientes elecciones locales de la ciudad de Hartlepool, Inglaterra, que tenía su primera oportunidad de elegir alcalde, los votantes no respaldaron al candidato laborista, sino a la mascota del club de fútbol local, un hombre que aparece en la cancha con disfraz de mono.

Históricamente, los gobernantes han usado el fútbol para manipular a los pueblos. Benito Mussolini solía posar junto con las estrellas del calcio –Italia fue campeona del mundo en 1934 y 1938– y la escena del líder político junto a un equipo de fútbol se ha convertido en un ritual globalizado. Los nazis, sin embargo, nunca lograron usar el fútbol para provecho propio, frustrados por el carácter impredecible del juego. Después de que Alemania perdió 2 a 1 contra Suiza, el día del cumpleaños de Hitler, en 1941, Goebbels ordenó “que no se hiciera nunca una confrontación deportiva cuyo resultado fuera dudoso”. Así, cuando Alemania perdió, jugando de local contra Suecia en 1942, la conclusión gubernamental fue: “Cien mil personas salieron del estadio deprimidas; y como al pueblo le interesa más una victoria futbolística que la conquista de una ciudad en el frente oriental, estos eventos deberían prohibirse para mejorar el estado de ánimo y la moral alemanes”. Dos meses más tarde, Alemania dejó de jugar partidos internacionales.

Es raro que un dictador ignore el fútbol. Varios miembros de la familia Ceaucescu adoptaron a clubes rumanos. Un hijo de Sadam Hussein, Uday, ha hecho torturar a los jugadores iraquíes después de derrotas cruciales. El jefe de la policía secreta de Stalin, Laurenti Beria, presidente honorario del Dínamo de Moscú, hizo recluir en Siberia a jugadores de los equipos rivales. El primer ministro británico Harold Wilson atribuyó su propia derrota en las elecciones de 1970 a la que sorpresivamente había sufrido el equipo inglés en el Mundial pocos días antes.

La hinchada opositora

Pero no sólo los gobernantes utilizan el fútbol. Las masas también lo usan para manifestarse, particularmente en los lugares donde no tienen demasiados medios para expresarse. Por ejemplo, en los nuevos cotos de caza norteamericanos como el Golfo y Oriente Medio. Si la administración Bush quisiera evaluar los sentimientos populares en países como Irán, Libia o Afganistán, debería hacerlo por medio del fútbol.

“La última manifestación de descontento y resentimiento público contra el gobierno libio”, informó el Departamento de Estado en 1999, “se produjo por el disturbio provocado por un penal, en un partido de fútbol jugado en Trípoli el 9 de julio de 1996. Ese particular caso de tumulto público se desató cuando hubo protestas por un penal dudoso cobrado por el árbitro, que acabó en un gol del equipo respaldado por los hijos de Khadafi”. Los hinchas empezaron a entonar corrillos anti-Khadafi, ante lo cual los hijos del gobernante y sus guardaespaldas abrieron fuego, y la gente huyó, provocando avalanchas. Más tarde, el gobierno admitió que murieron ocho personas, aunque otras fuentes contabilizaban 50 muertes en el incidente.

El hijo de Khadafi verdaderamente loco por el fútbol se llama Al Saadi, quien este año ha convencido a su padre de comprar acciones del Juventus de Turín, y que no sólo financia y respalda al equipo libio Al Ahli, sino que con frecuencia ha jugado personalmente. Eso significa que Libia es el único país donde miles de personas pueden reunirse para oponerse al régimen en un estadio de fútbol. El año último, cuando introdujeron en el campo de juego un asno vestido con una camiseta del equipo que llevaba estampado el número 10, todo el mundo entendió que el animal representaba a Al Saadi.

El fútbol tal vez sea aún más importante en Irán, un país que viene sufriendo en los últimos años una revolución futbolística. Empezó en 1997, cuando el equipo iraní venció a Australia y se clasificó para la Copa del Mundo de 1998. Miles de mujeres irrumpieron en el estadio para unirse a la celebración, algunas se quitaron el velo y en las fiestas callejeras que cundieron en todo el país, hombres y mujeres se besaban y bailaban, desafiando todas las advertencias gubernamentales y las prohibiciones religiosas.

El año último, cuando parecía que Irán volvería a clasificarse para el Mundial, se repitieron las fiestas callejeras. Al principio, estas manifestaciones sólo parecían expresar orgullo nacional, pero poco después los hinchas empezaron a atacar los bancos estatales y otros edificios públicos, entonando Muerte a los mullahs, y otros coros de respaldo a la exiliada monarquía. Hubo miles de arrestos. Finalmente, Irán sólo debía derrotar a Bahrein para clasificar, en cuyo caso hubieran recrudecido las manifestaciones populares. Así, cuando Irán perdió el partido contra Bahrein 3 a 1, en Teherán se rumoreaba que los mullahs habían presionado a los jugadores para que perdieran: los delanteros del equipo parecían tan remisos a convertir un gol que un comentarista televisivo llegó a exclamar: “¿Por qué nadie patea esa pelota?” En noviembre, en un desempate contra Irlanda, Irán perdió su última oportunidad de clasificar para la Copa del Mundo. Nicola Byrne, una irlandesa que se contaba entre la cincuentena de mujeres admitidas en el estadio de Teherán por una dispensa especial emitida por las autoridades iraníes, comentaría más tarde en el Observer de Londres: “Junto a un enorme retrato mural del fallecido ayatollah Khomeini, los iraníes destrozaron e incendiaron las butacas, destrozaron los estandartes que lucían imágenes de los principales mullahs e hicieron pedazos los parabrisas de decenas de autos estacionados junto al estadio”.

Sí, a la derecha

En países como Irán, el fanatismo por el fútbol está reemplazando al cigarrillo como imagen icónica de la cultura occidental. En la ciudad iraní de Isfahan, un británico fue abordado hace poco por un estudiante que lo bombardeó con preguntas: “¿Usted es inglés?”, le dijo, y agregó: “Después de Israel y los Estados Unidos, ustedes son nuestros peores enemigos. ¿No cree que George Bush es el mayor terrorista del mundo al respaldar a Israel? ¿Le parece que Beckham debería jugar en el ala derecha del Manchester United, o al centro?” El británico intentó responderle al menos dos preguntas: “Sí”, contestó a la primera. “A la derecha”, a la última. “¿Qué? –le espetó el estudiante, atónito–, ¿y Paul Scholes al centro?” Sin duda, cuanto más pobre y reprimido es un país, mayor importancia cobra el fútbol. La Copa del Mundo no revolucionará la política belga, sueca o estadounidense, aunque el fútbol también tiene incidencia incluso en las democracias occidentales. La selección nacional es la nación encarnada. Cuando la gente discute el estilo de juego que debe adoptar el equipo –y en muchos países el debate es incesante–, con frecuencia lo que se discute es la clase de país que querrían tener. Por ejemplo, si Inglaterra tiene éxito, dirigida por un sueco, es posible que el referendum sobre la adopción del euro arroje resultado positivo. Eso se debe a que, en los últimos años, el debate sobre el fútbol inglés ha reproducido extrañamente el debate sobre la política por seguir: los argumentos en favor de desechar la tradicional libra y adoptar el euro son un reflejo de los que propugnan abandonar el estilo de juego típicamente inglés (el fútbol de fuerza) y adoptar un estilo europeo, más cerebral.

Estados Unidos, por su parte, parece inmune a las resonancias sociales del fútbol. De todos modos, el juego se ha convertido en el país en un símbolo de las familias felices, y al carecer de una gran liga profesional, ha florecido entre los chicos –y especialmente las chicas– de los suburbios. Ha llegado a ser considerado como un refugio que tranquiliza a las madres protectoras: no violento, adecuado para los niños y las mujeres.

En cualquier caso, es cierto que entre todos los países que participan en la Copa del Mundo, sólo Estados Unidos ignora la pasión por el Mundial, el único lugar donde suecos, rusos, tunecinos, ecuatorianos y muchos más pueden abrazarse, intercambiar camisetas y hasta besarse en suelo neutral. Porque el fútbol tiene muchos usos y uno de ellos, por fugaz que sea, es el amor universal.

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