Ganar, pero no a cualquier precio

Hernán Iglesias Illa
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21 de junio de 2014  

El New York Times publicó en estos días una encuesta en la que le preguntaban a personas de varios países por cuáles selecciones hinchaban a favor en el Mundial y, también, por cuáles hinchaban en contra. La segunda pregunta, más interesante, mostraba la histórica antipatía entre japoneses y coreanos, que se hincharán en contra mutuamente, la previsible impopularidad de los Estados Unidos en México y Rusia, y, un poco más dolorosamente, que la selección menos querida en Colombia, Chile y Brasil es la selección argentina. Incluso los costarricenses, un grupo simpático y aparentemente incapaz de resentimiento, nos dedicaba un casillero, después de México, como su segunda selección menos favorita.

¿De qué te sirve ganar si no es para que te quieran? Es una pregunta cuya respuesta, creo, revela mucho del carácter de una persona o de una sociedad. Hay gente que necesita el éxito por sí mismo, aun si su manera de triunfar o sobreponerse genera desconfianza e irritación en adversarios y espectadores. La victoria genera, para este tipo de personas, una sensación tan placentera que supera el antagonismo generado en los demás. Se justifican estos halcones, a veces, diciendo que los demás no los detestan a ellos sino a su éxito. Los perdedores fingen estar escandalizados con su personalidad y sus triquiñuelas, susurran los ganadores, pero en el fondo nos tienen bronca porque nosotros ganamos y ellos pierden.

Para otras personas, ganar es insuficiente si impide una conexión o un entendimiento con quienes miran desde afuera. La victoria sólo vale la pena si uno obtiene, al mismo tiempo, el respeto (o, en los mejores casos, el cariño) de los demás. O, también, si uno contribuye a mejorar las reglas y las costumbres del juego que está jugando. Ganar es importante, sugieren estas palomas, pero el proceso por el cual se alcanza la victoria es igual de importante: triunfar haciendo trampa, ofendiendo a los rivales o traicionando a los aliados sirve de poco, porque la alegría durará un instante. Si sólo el éxito calma tu ansiedad, entonces serás miserable cada vez que pierdas. Si, en cambio, te concentrás en aprender, estarás orgulloso de tu equipo aun perdiendo.

Por temperamento estoy más cerca del segundo grupo que del primero. No estoy convencido de que sea la postura más acertada en una competencia profesional y tampoco creo que haya dos únicos polos opuestos. Es una escala con varios puntos intermedios, desde el ganador insoportable al perdedor hippie y bienintencionado. Pero me sale más naturalmente respetar los procesos y prepararme para perder que agarrar la lanza y pensar después en los heridos en combate. ¿De qué sirve ganar al fútbol si uno al mismo tiempo degrada al fútbol? O, de la misma manera: ¿de qué sirve ganar en política si uno destruye la política?

En el pasado, a la selección argentina le gustó ser abucheada, se sintió crecer cuando la colocaban en el lugar del campeón malvado, como un villano de Titanes en el Ring. A mí, en cambio, me importa qué opinen los demás de nosotros. Quiero ganar, pero no a cualquier precio. Quiero que nos quieran

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