Gastón Pauls

Del pánico al éxito

Desde que debutó como galán en Montaña rusa hasta su proyección mundial como amable estafador en Nueve Reinas, su carrera es una parábola donde el éxito no trajo confusión, sino la lucidez para seguir creciendo
Marina Gambier
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30 de diciembre de 2001  

Un escalofrío le recorre el cuerpo cuando una cámara le apunta. Entonces, dice, se arrepiente de estar ahí. Son segundos que duran siglos, siglos en los que siente que no podrá hacerlo. Que es un pésimo actor. Dice que esos ataques de inseguridad son un karma que lo persigue desde siempre, aunque escuchándolo hablar, con ese tono relajado y la mirada verde y directa, no impresiona de esa manera. Al contrario. Es muy convincente ese gesto suyo de yo no fui, que ya es su marca registrada.

Ahora trata de escribir un artículo para el anuario de una revista de cine muy prestigiosa en Francia, y donde su firma quedará estampada junto con la de figurones como Eric Romher y Jean Reno. No sabe cuánto espacio ocupan los 20.000 caracteres que el editor le ha pedido, pero Gastón Pauls sabe que la página en blanco y el minuto previo son casi lo mismo.

–Serán unas seis páginas de Word...

–¡Aaah...! Es un pedazo. Es increíble, todo fue a partir de un debate con los espectadores después de la proyección de Nueve Reinas, en el Festival de Biarritz. Ahí nomás la gente relacionó la trama de la peli con la crisis social de la Argentina, y yo me sorprendí, porque es real: el argumento trata la estafa de unos a otros. Pero lo que esto significa es que, más allá de engancharse con el cuento –porque la película es un cuentito simple que dura un día–, a todos les interesó saber algo más sobre la realidad del Tercer Mundo, de cómo sobreviven los países chicos el canibalismo de los grandes. En todos los festivales en los que estuve este año la gente nos preguntaba cómo la estábamos pasando acá, y en el debate hablé justamente de eso, del cine como un retrato de la actualidad. Todavía no elaboré el texto, pero pienso extenderme al papel de los medios audiovisuales en este proceso. Hago esto porque me siento comprometido. De alguna manera, abandoné la televisión para poder realizar cosas que me representaran, que me expresaran más como persona.

Desde que abandonó su papel en Montaña Rusa, hace ya seis años, ha trabajado duro para despegarse el rótulo de galán de telenovela. Por lo pronto, usa la barba a medio afeitar y el atuendo de un chico cualquiera, deliberadamente desaliñado. Tiene menos pelo en la mollera (prefiere no tocar ese tema), y se ha mudado a un barrio en la provincia, a una casa con jardín, donde hay una imponente piscina y un gato rubio que no se deja acariciar. Pero el cambio fundamental sobrevino cuando el cine se convirtió en el centro de su vida. Desde entonces, lleva una existencia muy alejada del medio que lo vio nacer. Salvo un papel en La cautiva (la adaptación del cuento de Esteban Echeverría emitido por ATC, en noviembre último), mide cada una de sus apariciones en la pantalla chica, a la que últimamente se ha encargado de criticar sin pelos en la lengua. Así como está, el mundo no le parece el lugar más justo, pero se ha convencido de que con un guión decente el cine contribuye a mejorarlo, razón por la que desde 1996 ha participado en una docena de películas independientes. En 2001, protagonizó nada menos que cuatro, todas de bajísimo presupuesto y dirigidas por jóvenes debutantes sin subsidio. Y le bastó una maratón por los festivales europeos para demostrarse que estaba haciendo lo correcto: en Venecia promocionó Sábado, la opera prima de Juan Villegas (aquí sigue sin fecha de estreno por falta de fondos), y acompañó el estreno de Nueve Reinas en el Festival de Cinémas et Cultures de l’Amerique Latine de Biarritz, Francia. Ahí, por ese personaje medio bobo y medio zorro que inventa un enredo de estampillas para quedarse con el dinero y con Leticia Brédice, se alzó con el premio al mejor actor, compartido con Ricardo Darín, el coprotagonista.

Esta tarde sonará el teléfono varias veces. Mientras sirve un té y se desparrama en un sillón del living casi vacío, una voz en el contestador le exige que responda de una vez por sí o por no. Pero en marzo Sony distribuirá Nueve Reinas en unas ciento y pico de salas de Nueva York, Los Angeles, San Francisco y Miami, y para esa fecha quizá ya esté filmando en Chile o Brasil. O Estados Unidos, de donde recibió otra propuesta para filmar con la misma productora con la que este año filmó Antibody, en inglés (habla con acento perfecto), integrando un elenco encabezado por Robin Givens, la ex esposa de Mike Tyson. Nada de todo esto excedería lo esperable si no fuera que, de madurar esta propuesta, su nombre lucirá en los carteles junto con el de Gary Oldman.

Un chico inseguro

La suya es una saga de plantones memorables, porque Gastón Pauls nunca tuvo claro si el talento le daba para ser actor. A los 20, le dieron el papel de Dorian Grey, pero hasta ese momento no se había tomado las clases de teatro tan en serio. Días antes de estrenar, aterrado, abandonó a todo el elenco. “Me superaba, era una obra muy compleja”, dice, mientras el gato rubio lo mira expectante desde la tapia del vecino.

“Los planté en pleno ensayo argumentando que no quería ser actor. Hoy, viéndolo de lejos, pienso que tal vez en ese momento de mi vida ese personaje tenía algo que ver conmigo. Yo era alguien que escondía mucho (Dorian Grey hacia lo mismo, mandaba todo lo malo que le pasaba a un cuadro inconcluso), andaba dando vueltas sin saber qué hacer conmigo, y no podía tomar distancia para saberlo. Dije: Nunca voy a ser actor, y abandoné. En realidad, siempre fue mi karma esto de empezar y dejar, porque también quise ser jugador de fútbol; de hecho, es lo que más me gusta hacer en la vida. A los 12, mi papá me inscribió en las inferiores de Ferrocarril Oeste, hasta que después me di cuenta de que lo mejor del fútbol era jugar con amigos. Y a los 15 quise ser tenista, y jugaba muy bien, y apenas me dijeron que si entrenaba podía llegar a competir, también abandoné.” El pánico lo convirtió en el mejor vendedor de publicidad en el programa del dietista Alberto Cormillot. Entró gracias a su madre, que por entonces dirigía el equipo comercial de la clínica para adelgazar. Tantos avisos vendió que durante los meses posteriores a su renuncia siguió cobrando jugosas comisiones. A los 21, hizo un casting por primera vez, decidido a probar con la actuación. Quedó seleccionado para dar una prueba en cámara al día siguiente, en Canal 13. No fue. Una asistente le advirtió que no volviera a poner un pie en el canal, pero a los pocos meses una amiga le avisó de otra prueba en la misma emisora. De nuevo resultó elegido y de nuevo desapareció. “Era un juego histérico, pero tenía miedo. Any, la asistente de Ure: a esa persona le debo la profesión. Un día llamó a casa y me pidió que fuera al canal para conversar. Fui, me calmó, me sugirió probar (Si no te gusta, te vas). Volví a casa con una angustia terrible, pensando que si seguía así me iba morir sin haberlo intentado. Al otro día, fui a pedirle perdón a Ure, y ahí empezó una etapa rarísima. Me acuerdo que cuando estábamos grabando los primeros capítulos de Montaña Rusa, un productor me dijo: Preparate, pibe: en un mes, todo te va a dar vueltas.” El presagio se cumplió. De vendedor de publicidad pasó a galán de telenovela. De chico de barrio a estrella. Dice que la sensación del éxito se parece a la de estar sentado en el carrito de una montaña rusa: mucho viento en la cara y vértigo permanente. Así vivió un largo tiempo. Aterrado por la fiebre de las fans que todavía le dejan mensajes en el contestador, sumergido en la lujuria de la fama: dinero, fiestas, chicas, auto. “No me convertí en un prejuicioso por haber dejado la televisión, al contrario. Pero ya está, me encantó, y no volvería a hacer ese tipo de programa. Me parece que en la actuación hay una necesidad de exorcizar ciertas cosas personales, hacer ciertos personajes que uno quiere porque dicen cosas que a uno le interesa decir en determinado momento. No volvería a repetir el mismo discurso. Yo era un chico con 22 años recién cumplidos, simplemente lo disfrutaba. De repente, empezaban a invitarme a todas partes, en los restaurantes me mandaban champagne a la mesa, me llevaban a boliches, me llamaba todo el mundo, tenía plata, cosas insólitas para mí. Pero por otro lado daba entrevistas y, en realidad, podía hablar de un montón de cosas medianamente interesantes, y lo único que salía publicado era: Gastón Pauls usa calzoncillos de tal color para dormir. Me sentía responsable de lo que hacía. Si abrís una puerta de tu intimidad, después bancátela. Pero buscaba un reconocimiento menos superficial. Me llevó tiempo darme cuenta de que ése no era el lugar para expresar mis intereses. Nos ofrecieron la tercera temporada de Montaña Rusa, y yo no acepté. Había empezado a estudiar teatro con Julio Chávez. ¿Si me creía buen actor, decís...? No sé, en ese momento algunos textos me parecían complicados, y hoy los leo... y bueno. Pero, más allá de mi inconstancia natural, siempre tuve necesidad de superarme.”

Una familia agitada

Al costado de la chimenea del living se ve una foto en blanco y negro del clan Pauls. Todos se abrazan. Lucen rubios, lindos, talentosos. Todos son artistas, de modo que lo del fútbol o el tenis hubiera resultado una verdadera excentricidad en medio de una familia tan inspirada. Sus abuelos paternos eran alemanes y llegaron a la Argentina a principios de siglo pasado con el ballet de Josephine Baker, la célebre vedette negra (aclara que los nonos nunca bailaron desnudos). Ellos trajeron al mundo a Axel, productor de cine, casado en primeras nupcias con Pina, madre de Cristhian y Alan, director de cine y escritor, respectivamente. Disuelto ese matrimonio, Axel se enamoró de Marina, pintora hija de un pintor y de una señora que hoy, a los 84 años, trabaja como modelo publicitaria. De ese matrimonio, el 17 de enero de 1972 llegó Gastón, y después Nicolás, que es músico.

“En mi familia no hay problemas de expresión, nos abrazamos, no tenemos problema en demostrarnos el cariño. En casa, pasábamos horas tirados los cuatro en la cama, viendo la tele, charlando, divirtiéndonos, o jugando al fútbol con mi viejo, en la plaza. Papá laburaba mucho, había producido la primera película de Antín y tenía también una agencia de viajes. Es un tipo con mucho sentido del humor. Entonces yo tenía 8 años y mis hermanos mayores, cerca de 23. Para mí, eran ídolos. Fumaban, escuchaban Led Zeppelin y yo decía: ¡Guau!, qué tipos tan piolas. Pasábamos poco tiempo juntos, pero los admiraba y por suerte en los últimos años nos hemos encontrado más.” Al equipo de varones se unió Ana, el inquieto retoño de Axel y Mirta Busnelli. La nena es un primor: estudia teatro. “Tiene pasta, es hermosa y muy inteligente”, dice Gastón, y mientras dice todo esto, los ojos se le ponen como diques sin compuerta. Ana y Nicolás son lo que más quiere en esta Tierra. “Cuando mis viejos se separaron mi hermano tenía 6, y como yo entendía un poco más trataba de protegerlo. De noche le decía: Che, Nico, ¿estás bien? ¿Querés que vaya a tu cama? Lo abrazaba y, en realidad, el loco estaba planchado y el angustiado era yo. Cuando nos anunciaron que papá se iría de casa, pasé varias semanas sin decir nada, porque como veía que el viejo no se iba preferí callarme pensando que se habían olvidado del asunto. Ahora me pregunto cómo hicieron estos dos para aguantarse ocho años. Son increíbles, muy distintos. Cada vez que vuelvo de algún viaje están los dos en Ezeiza, paraditos, esperándome. Yo les agradezco haber nacido en esta familia. A ellos les debo todo lo que soy.”

Un ganador

El balance le da positivo, aunque le adeuden honorarios por su actuación en Sábado y Nueces para el amor, aunque le indigne el monopolio y la escalofriante fortuna que amasan ciertas figuras de la televisión, y que es injusta porque mientras unos se enriquecen, el último eslabón de esa cadena –los actores, los empleados– apenas la ve pasar. Hace unos años, se afilió a la Asociación Argentina de Actores para luchar desde adentro contra esa realidad, y no todos sus colegas jóvenes se unen a los reclamos gremiales como lo ha hecho él. Piensa seguir en esa misma línea, aunque sabe que puede acabar siendo un futuro desempleado.

“Con lo que gané, me pude comprar esta casa, un auto, pero acá hay cosas para arreglar y no me alcanza. Fui a varios festivales, es decir, trabajé menos, y no puedo estar sin laburar un año. Pero se puede vivir de esto, con algunos nervios, porque a veces no te pagan. Economía no le pasa dinero al instituto, el instituto no le paga a la productora, la productora no me paga a mí. En fin. De todos modos, prefiero esto a tener que agradecerle el sueldo a un multimedio”, dice y va a la heladera en busca de un choclo para controlar el hambre de la tarde que ya entra anaranjada por la ventana que da al jardín. Tiene una cita con sus abuelos.

Se pone una campera. Manotea las llaves del auto. En unos días, parte a Montevideo donde terminará de filmar una coproducción argentino-española, dirigida por Diego Arzuaga y protagonizada por Héctor Alterio, Federico Luppi y Pepe Soriano, tres de sus colegas favoritos. Y le acaban de confirmar que Nueve Reinas fue récord en España. “Visto desde afuera, parece que hubiera dado un golpe de timón a mi carrera, y en realidad para mí fue un proceso natural que tiene que ver con disfrutar íntimamente de la profesión. Como el estar caminado por Madrid y que, de repente, alguien que nunca vi en mi vida me diga: Oye, ¡muy bien por Nueve Reinas!”.

Agradecimientos: Hotel Nuevo Reina, Av. de Mayo 1120 - Resistance, Gen, Nadine Z, Emir Bilbao (Diseñadores del Bajo), Nike

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