Generaciones que navegan entre dos pogos

“De música ligera” de Soda y “Jijiji” de los Redondos, dos temas que conviven en nosotros. ¿Por qué las nuevas generaciones también quieren escucharlos en sus fiestas?
(0)
23 de octubre de 2015  • 12:24

Por Santiago Llach

Vuelvo en taxi por la avenida Santa Fe, un viernes caliente de invierno a la noche, con mi hija Benita. Ella va mirando por la ventana izquierda. Tiene 12: tiene puestos short, borceguíes prestados por la madre y sombra en los ojos. Volvemos del baile de su grado, séptimo. Benita es una nena, todavía, hoy disfrazada de mujer, y ve llegar con ansiedad, sorpresa, temor y entusiasmo el muro del coming of age. En los mediodías sale sola a almorzar con las amigas, y descubre la ciudad. Los sábados, a veces, va al Recoleta Mall con sus viejas amigas del primario o con sus nuevas amigas de este año de ingreso a los colegios secundarios de la UBA. Es su era de la transición, la era de la pérdida de la inocencia, la era brillante e intensa del pase de postas. Benita tiene unos ojos celestes amorosos y ávidos, es una creadora de lazos, es firme y, claro, caprichosa.

Le pregunto qué tal la fiesta y me dice: "Malísimo el DJ. No pasó «Jijiji» ni «De música ligera»". Y yo, por supuesto, vuelvo de un golpe musical, veinticinco años atrás, a mi aleph personal donde figuran un bar a la calle en Canasvieiras, Santa Catarina (Brasil), los estadios de Vélez, Racing y el Mundialista de Mar del Plata, el Autopista Center de Floresta, una fiesta en San Fernando, un verano en Miramar… lugares donde esas canciones quedaron para siempre sonando en mi memoria emotiva. Pero antes, por un segundo, como el crítico literario amargado del cuento "Una bala en el cerebro" de Tobias Wolff, que en el último instante recupera el momento mágico de los 13 años en el que descubrió la poesía cuando se quedó colgado con un error gramatical de un amigo, me fijo en la aliteración de esa dupla de canciones: li-ge-ji-ji-ji.

Me sorprende que los grandes hits pogueables de Soda y los Redondos, las dos grandes melodías nacionales que oficiaron de combustible de nuestra juventud, sean los temas más esperados en las fiestas una generación entera más adelante. No debería sorprenderme, quizás: toda fiesta es dionisíaca, puro presente, pero también un poco museo: la música del pasado, intacta, trae el fantasma de los esqueletos que se movieron con ella. Cuando llego a casa veo en Wikipedia que la revista Rolling Stone hizo justicia: en su lista de los cien grandes hits del rock argentino, detrás de tres temas de la era folclórica ("La balsa", "Muchacha (ojos de papel)" y "Rasguña las piedras"), vienen "De música ligera" y "Jijiji".

Son los dos hits universales del rock eléctrico argentino, himnos de la hendidura democrática. Las dos canciones, compuestas con seis años de diferencia pero que se hicieron populares de manera simultánea, a principios de los noventa, son casi opuestos complementarios, como de alguna manera lo fueron también Soda y los Redondos en esa época en que se los enfrentó con exageración argentina. Pero, con sus grises y ambigüedades, se los puede dicotomizar: Soda pudo ser lo gay, lo blando, lo pop, lo ligero, lo onírico, lo adaptado, lo civil que hay en nosotros; los Redondos, lo hétero, lo duro, lo rockero, lo pesado, lo real, lo apocalíptico. Las grandes canciones del rock, escribió alguien hace mucho en la revista Inrockuptibles, en realidad son pop. "Jijiji", y el disco Oktubre en general, son el eslabón perdido entre la mística de la lucha armada y su sucesora, la mística de hacerse daño. Con sus rasgueos soviéticos, sus bandos parecidos a consignas montoneras, sus bandas de las clases aguerridas, sus tribulaciones en torno a las puertas cerradas de la percepción cocainómana, los Redondos quisieron y no quisieron ser algo más que una banda de rock, tal como lo cuentan en el reciente Fuimos reyes Pablo Perantuono y Mariano del Mazo, dos periodistas amigos de esta columna. Con culpa y capricho, bajaron línea e hicieron su negocio musical. Treinta años después, el pogo más grande del mundo (esa especie de ilusión festiva de un amontonamiento que no distinguía clases sociales) es el modus operandi de los chicos que se aprestan a crecer. Canción animal y "De música ligera" fueron en cambio ofrendas líricas, retratos intimistas, promesas de un horizonte que prefería achicar la presión de la política y alentar la de la poesía-poesía. Gustavo Cerati dijo sobre "De música ligera": "Por un lado, no podés zafar del pop y siempre está bueno escuchar una canción así, donde ni tenés que pensar porque simplemente está y te arrasa. Por otro lado, no es que te quede tanto, sino que es solo un momento en la vida". Las dos canciones, todavía hoy, manejan un crescendo musical que es también anímico, y cuando se disparan logran la magia de ese instante suspendido en el que el presente parece eterno y parece contener también el pasado y el futuro: la música nos sostiene.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.