Golondrinas

Enrique Pinti
Enrique Pinti PARA LA NACION
Los humanos migran de una punta a la otra en una búsqueda que no siempre es fructífera, y que a veces puede llegar a resultados mucho peores de lo inicialmente soñado
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24 de noviembre de 2013  

Hay momentos en los que los sucesos de la historia provocan crisis que son causantes de rupturas y cambios dramáticos en la vida de los seres humanos. Tan importantes y definitorios son esos sucesos que determinan acciones que producen verdaderos terremotos emotivos. Las guerras –declaradas o no–, las persecuciones políticas y religiosas, los prejuicios raciales y, por supuesto, las debacles económicas empujan a miles y miles de personas a huir de sus lugares de origen en busca de mejores condiciones de vida. Estos éxodos o exilios no son placenteros en su ejecución, pues los que optan por ellos tienen que lidiar con la angustia, la nostalgia, el reacomodamiento a nuevas culturas, idiomas y trabajos. Así, como las golondrinas buscando el clima propicio, los humanos migran de una punta a la otra en una búsqueda que no siempre es fructífera, y que a veces puede llegar a resultados mucho peores de lo inicialmente soñado. Muchos sueños americanos se convierten en pesadillas, trayendo consigo la marginalidad, el delito y la cárcel; muchas quimeras europeas del primer mundo acaban por sumergir a la gente en la depresión de la miseria, a la que se agrega el sufrimiento de ser señalados por los locales como ladrones de nuestros puestos de trabajo o competencia desleal por aceptar puestos con salarios bajísimos y en negro por ser ilegales.

Tantos africanos amontonados en embarcaciones inseguras o encerrados en contenedores asfixiantes, pereciendo en alta mar o desembarcando con extremidades entumecidas e infectadas cuya única cura puede ser la amputación; miles y miles de mexicanos y otros latinos paupérrimos dando sus pocos ahorros a malvados mercaderes que los hacen ingresar ilegalmente a la soñada Norteamérica; peruanos, bolivianos, paraguayos y colombianos pugnando por cruzar nuestras fronteras; argentinos tratando de buscar su lugar en el mundo en viajes azarosos que los llevan de norte a sur, de Canadá y Australia a la Europa de sus ancestros, y millones de sirios, libios, egipcios, árabes, iraníes e iraquíes huyendo de la guerra y el fanatismo. Todos forman parte, por distintas razones y con distintos niveles, de un ejercito de golondrinas que buscan sólo la posibilidad de una vida medianamente tranquila y una coexistencia pacífica que les permita proyectar un futuro mas promisorio en un mundo un poco más justo.

Ante semejantes aluviones, los gobiernos no aciertan a implementar políticas coherentes de inmigración y oscilan entre dejar entrar a cualquiera si es que les conviene la mano de obra barata y perseguir, expulsar y desterrar a esos mismos cuando la situación interna lo exige y los locales se quedan sin puestos de trabajo por la implosión económica que producen las burbujas de todo tipo a las que someten a sus economías internas. Es así como el emigrante cae en la trampa de creer que ha sido asimilado y luego tiene que hacer sus pobres maletas y salir en busca de el próximo paraíso.

Nadie sabe cuál es la solución, pero lo que sí se sabe es que en la inmensa mayoría de los casos la legislación es confusa, errática e incoherente y que nadie sale beneficiado ni con las deportaciones ni con la entrada descontrolada de personas con prontuarios policiales escalofriantes, que suelen estar conectados con los peores negocios de todo tipo de tráfico.

Es realmente lastimoso que un problema tan viejo como el mundo no pueda organizarse en forma sensata y que lo que debería ser un tránsito fluido de seres humanos en busca de salidas laborales y mejores condiciones de vida siga siendo una problemática estampida con funestas consecuencias.

Es por eso que el que esto firma no se cansará de repetir hasta el cansancio que el peor negocio que puede hacer cualquier sociedad es el de fomentar la pobreza, no repartir mejor la riqueza y olvidarse de la educación y la salud física y mental de sus pueblos.

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