Guía para copiarse en el aula (¡y en la vida!)

En vez de combatirla, ¡que la copia sea obligatoria!
Santiago Bilinkis
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22 de febrero de 2015  

Fuente: LA NACION - Crédito: Alma Larroca

Hasta la llegada de Internet, obtener un dato que no supiéramos (digamos, el nombre de un río de Europa), era complicado. Si contabas con una enciclopedia en tu casa, podías tratar de encontrarlo allí. Si no, tenías que recurrir a una biblioteca pública. En un contexto así, memorizar mucha información tenía sentido. La escuela se ocupaba de darte los datos y la evaluación consistía en demostrar que los habías memorizado y que podías explicarlos con tus palabras.

Sólo unos pocos profesores (usualmente los mejores) se atrevían a tomar pruebas a libro abierto. Por esta razón, el principal enemigo de los docentes durante un examen siempre fue la copia. Ya sea usando un machete o preguntándole a un compañero, la copia permitía contestar sin haber memorizado la respuesta. La prueba a libro cerrado es un sistema malo de por sí: genera que los datos se almacenen temporariamente pero todo se olvide en los días posteriores al examen. Pero más importante aún: ya no tiene sentido memorizar datos que puede encontrarse en cualquier lado, mucho menos evaluar a los estudiantes por su habilidad para hacerlo.

La enorme abundancia de información y el carácter digital de los contenidos disponibles en Internet, además, hace sumamente fácil copiar y pegar lo escrito por otro sin esfuerzo alguno. Y los dispositivos tecnológicos inalámbricos generan infinitas nuevas posibilidades para machetearse. Para lidiar con este nuevo contexto, las instituciones educativas y los docentes vienen tomando medidas francamente descabelladas. Por ejemplo, muchos están incorporando el uso de softwares que detectan el material copiado y algunas escuelas incluso incorporan cámaras de monitoreo en las aulas.

En el capítulo sobre educación de mi libro Pasaje al futuro, para acercar la educación actual a los desafíos del mañana, propuse invertir por completo esta ecuación: en vez de combatirla, ¡hagamos la copia obligatoria!

La habilidad necesaria para el mundo que viene ya no es recordar de memoria datos sobre un área en particular. La clave ahora pasa por saber: 1) encontrar la información relevante sobre un tema; 2) validar la credibilidad del material hallado, y 3) ser capaz de organizar información de múltiples orígenes de una manera coherente.

Por eso, mi propuesta en ese artículo era cambiar por completo la manera de evaluar y basar los exámenes en tres reglas simples: a) en la respuesta a una pregunta debe usarse material de terceros de al menos tres fuentes distintas; b) todo material escrito por otro debe ser acompañado de la referencia a la fuente correspondiente; c) el resultado de unir el material propio y el de terceros debe ser una exposición bien estructurada, coherentemente construida, no presentar duplicaciones, redundancias o fragmentos extemporáneos, aportando una mirada propia.

En vez de promover la habilidad de memorizar a corto plazo, este modo de evaluar premia a los articuladores, los que pueden crear material original sólidamente incorporando ideas y trabajo de terceros. Cualquier estudiante que puede hacer bien lo que las tres reglas de arriba proponen está, a mi juicio, mucho mejor preparado para vivir en el mundo de hoy que alguien que pueda repetir de memoria todos los ríos de Europa.

A pocos días de iniciar el ciclo lectivo 2015, con técnicas educativas muy similares a las de 1915, esta propuesta para revisar la manera de evaluar (y con ella el esquema de premios y castigos implícito) puede ser un primer paso en la dirección correcta.

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