¡Hagan sus apuestas!

Hay para elegir: carreras de cucarachas o de lagartos, competencias para desenterramiento de lombrices y, si de diversión se trata, nada se compara con las corridas de amebas
Diego Golombek
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29 de junio de 2014  

Fuente: LA NACION - Crédito: Martín Lucesole

La multitud ruge, enardecida. El campeón se concentra, parece ajeno al momento histórico que puede llegar a producirse. De pronto se hace silencio en el estadio, el campeón toma carrera y… ¡salta! ¡Qué proeza amigos! El público enloquece mientras los jueces toman las mediciones de rigor y ¡estamos en condiciones de afirmar que se ha llegado a un nuevo record mundial! ¡Un salto de 2,18 metros de largo! ¡Algo nunca visto aquí en Calaveras!

Lo interesante es que el campeón es, en realidad, una campeona: una rana toro llamada Rosita que, efectivamente, tiene el record de salto en largo en la fiesta de los sapos saltarines, en la feria del condado de Calaveras, en el estado de California. Esto tiene su costado literario, ya que el mismísimo Mark Twain escribió un cuento sobre sapos que saltan, y de hombres que apuestan sobre esos saltos.

Los jockeys tienen sus métodos para hacer saltar a sus pupilos: soplarlos, tocarles suavemente las patas traseras, asustarlos, seducirlos, calentarlos para aumentar su metabolismo; todo sea con tal de ganar el premio mayor… de 750 dólares. Para ello, apelan al extremo de las leyes de la biomecánica: se sabe que los sapos, esos campeones del salto, logran acumular y aprovechar al máximo sus energías para brincar más allá de lo que uno esperaría de sus músculos. Pero con el estímulo y el entrenamiento adecuado, los anfibios de la competencia saltarina alcanzan marcas mucho mayores que lo que se conocía en el laboratorio. Está bien que los sapos concursantes son seleccionados por su atletismo: piernas muy largas, cuerpo no tan grande; en fin, anfibios dignos de la tapa de Sports Illustrated.

Claro que si nuestras apuestas se dirigen al mundo del salto en alto, deberemos prestar mucha atención a otros bichos. Particularmente, a los cercopoideos, una familia de insectos hemípteros (como las chinches), un pequeño bichito saltarín de unos 6 mm de largo y con alas coloridas. ¡Esta insignificante criatura puede saltar hasta 100 veces su altura! Ya saben: las pulgas no van más, lo seguro en el mundo del deporte son estos cercopoideos. A diferencia de los sapos o los canguros, con sus patas largas, estos insectos necesitan liberar energía almacenada (antes de saltar) en los músculos de sus patas cortas para impulsarse hacia arriba.

El apostador crónico tiene para elegir: hay carreras de cucarachas o de lagartos (como las que se realizan en Queensland, Australia) o competencias de "desenterramiento de lombrices" (sin tocarlas, claro, como se entretienen los ingleses en sus concursos). Pero si de diversión se trata, nada se compara con las corridas de amebas, esos protozoos que, si tenemos suerte, podemos ver al microscopio en una muestra de agua de charco. Las pistas de esta carrera son de unos 800 micrones de largo (o sea, un poco menos que un milímetro) y la idea de la competencia es entender cómo se mueven las células. Para que las amebas se orienten correctamente, la línea de llegada tendrá como recompensa un delicioso plato de bacterias (que sin duda enviarán las señales adecuadas para la carrera, algo que en nuestros deportes podría entenderse como incentivación). Seguramente con el tiempo, como dice un editorial de la revista Nature, en estas competencias valgan el doping y la manipulación genética, con el objetivo de comprender mejor la ciencia de la migración celular y, de paso, ganar el premio de 5000 dólares.

Hagan juego, señores, que la ciencia también se hace con apuestas.

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