Halia López: la mujer de las tres velas

Tenía una familia y vivia tranquila en el norte de Colombia. Pero un día mataron a su esposo y tuvo que huir. Hoy, desplazada, se prostituye en las calles de Cartegena de Indias para alimentar a sus hijos, prende velas esperando un futuro mejor y es una de los casi tres millones de campesinos a los que la guerra civil les cambió el destino
Evangelina Himitian
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25 de abril de 2004  

CARTAGENA DE INDIAS, Colombia.-Halia López viuda de Cordero camina por las calles de Getsemaní contorneando una identidad que no es la suya.

"Quiú, bonito -le lanza a un hombre que pasa-. ¿Que pa’ onde vamos…? Son 20.000 pesos, el cuarto lo invito yo."

Cuando anda por la calle de la Magdalena, ella es La Mona. La que se abre el tajo de la pollera para tentar a los señores y se ofrece a extranjeros con un "foqui foqui ten dólar". Si en cambio va por la cuadra polvorienta de su casa, en Olaya Herrera, anda con la cabeza baja y haciendo caso de aquello de "¡mija, no mire a los hombres a los ojos!" Abre la puerta, zapatea el felpudo y se convierte en La Mamita. La que prepara el arroz con coco, la que todas las mañanas reza por el alma de su esposo y prende tres velas a San Antonio, una por cada hijo que Dios le mandó.

Pone llave y deja afuera su secreto: desde hace dos años se prostituye y así gana para vivir.

"Si ellos supieran…", dice con mirada devastada. Es el pensamiento que la atormenta cada minuto que pasa con los suyos. "Si ellos supieran quién soy yo."

Halia nació hace 40 años en Cereté, Córdoba, en el norte de Colombia. Cuando su mamá la tuvo en brazos por primera vez pensó que era una beba tan bonita que no podía tener un nombre cualquiera. Se tomó varios días para hojear libros y diarios viejos hasta que leyó de una mujer griega llamada Halia y sintió que era el nombre que ella tenía en la punta de la lengua. Y así la bautizó en la pila de la iglesia Nuestra Señora del Carmen, en Cereté. Fue el primero de una larga lista de sacramentos que la familia le enseñó a cumplir.

"Las chicas de Cereté soñábamos dos cosas: casarnos con velo y corona, y ser elegidas reinas", dice. Reinas de algún concurso de belleza de los cientos que se organizan en todo el país. Ella protagonizó el final feliz de los dos sueños.

Tenía 17 años y un vestido carmesí cuando fue erigida Reina del Bollo Dulce. "Fue tan lindo. Llegué a la plaza principal toda temerosa. Estaban las hijas de las familias más importantes. Mi mamá me había hecho un vestido rojo, todo así, importante. Pero yo estaba asustada. Pasé al frente, y cuando dijeron mi nombre... ¿Yo?, ¿la reina? No podía ser."

Un año más tarde llegó al trono del reinado del algodón, uno de los principales concursos de belleza del pueblo, ya que por entonces ése era uno de los principales cultivos de la región. Un tal José Cordero había llegado desde Tolima para trabajar como cosechero. Y tuvo buena cosecha porque al tiempo terminó casándose con la mismísima reina del algodón.

"Sólo dos años después en la familia dejaron que una se casara. Uy, y fue una fiesta… Qué buena. Vino todo el pueblo, hubo música de vientos. Tuve mi velo y mi corona, como soñé."

Cuando repasa recuerdos, Halia es otra mujer. Vive en otra ciudad. Tiene otra imagen de ella misma. Pero de pronto la confrontan imágenes de cómo terminó la historia que está contando. Se ve a sí misma caminando esas calles de Cartagena. Ofreciendo su cuerpo a cambio de poco. Y su propia historia le parece pueril. Insignificante. Ridícula. "Fui reina y mire usted cómo terminé."

La desplazada

El 27 de julio de 1998 se terminó para Halia el cuento de la reina y empezó el de la desplazada. Era época de preparar la tierra para sembrar maíz. El papá de Halia, el hermano y el esposo se estaban lavando las manos, después de trabajar todo el día en el monte. Debían de ser las seis de la tarde. La cena estaba casi lista. Los hijos de la mujer, Mariano, de diez años; Emiliano, de ocho, y Raúl, de seis, estaban sentados a la mesa. Halia llamó a comer. De fondo, en una sartén, crujía el aceite donde se fritaban los bocachicas recién pescados en el río Sinú.

Golpearon la puerta. Eran dos hombres armados y vestidos como soldados. Halia pensó que eran "amigos" y les abrió.

-¿Aquí vive Dionisio López? -dijo uno de los uniformados.

-Sí, soy yo, señor -respondió el papá de Halia.

-¿Quién es Rafael López?

-Yo -dijo el hermano.

-¿Y José Cordero…?

-Soy yo -contestó el esposo.

-Los tres, síganme -ordenó el desconocido.

Callados, los tres obedecieron. Antes de salir, el padre se dio vuelta y, con la voz entrecortad,a le dijo a Halia: "Bueno, mija, cuide a su mamá".

Desde una ventana, Halia siguió los movimientos. Subieron una loma, la saludaron con la mano y bajaron hasta desaparecer de la vista. Hubo un segundo de silencio. El aceite seguía friendo el pescado. Entonces el aire se cortó con una ráfaga de disparos.

Halia salió corriendo, cruzó la loma y se echó sobre el cuerpo de su papá, que se desangraba. Su esposo y su hermano ya estaban muertos. Con la cabeza destrozada. Lo abrazó como para retenerlo, pero fue inútil.

No sabe por cuántas horas estuvo allí. Sólo que la despertó su hermana y que estaba tan entintada en sangre que no sabía si estaba viva o muerta.

Halia dice que ellos eran gente de campo. Que no estaban ni a favor de la guerrilla ni de los paramilitares. Pero que hacía pocos días les habían vendido yuca y ñame a los paramilitares. Y que se habían negado a regalarle víveres a la guerrilla. "Algunos nunca quieren pagar. Si usted le gusta al comandante, se la lleva el comandante. No les importa nada", dice. No habla en tono de denuncia. Sino apenas con un hilo de voz. Tiembla como una pluma. Porque todavía tiene miedo.

A cambio de la exclusividad de la venta de víveres, no sólo les pagaban efectivo. "Nos avisaban que ciertos días nos acostáramos temprano, que esa noche iba a haber operativos. Había muerto mucha gente y no queríamos problemas", dice Halia.

Pero al final entendió que no había modo de quedarse al margen. Que para los campesinos de las zonas de conflicto no existe la posibilidad de ser neutrales: "Antes de subir a la camioneta, uno de los hombres me gritó que nos fuéramos. Pero los para nos decían que nos quedáramos. Y así no se podía vivir".

Después del asesinato de su marido y de otras muertes en el pueblo, Halia se fue con sus tres hijos, su mamá y su hermana para Ciénaga Magdalena.

"Conseguí trabajo en un colegio, haciendo el aseo. Pero Ciénaga Magdalena resultó peor. Salimos de un pueblo violento y nos fuimos a otro más violento. Todos los días mataban a alguien", cuenta Halia.

Cartagena

Nunca había estado en Cartagena, pero su hermana mayor vivía allí. El 12 de octubre de 2001 viajó a la ciudad de la muralla y compró un solar en Olaya Herrera, un barrio a media hora del centro. En esta ciudad, la pobreza está por todos lados.

"Trabajé cuatro semanas en la casa de una mujer que nunca me pagó. Pasó octubre, pasó noviembre… Y yo no conseguía nada. Ni siquiera que me pagara lo que me debía. Era diciembre y mis tres pelaos (los hijos) me preguntaban qué les iba a comprar para Navidad. No teníamos nada para comer. Ya le debía 215.000 pesos (unos 90 dólares) a mi vecina Luz Marine. Era 20 de diciembre y yo estaba desesperada", cuenta.

Esa tarde, mientras en su estómago rumiaban el hambre y la bronca, vio pasar a Luz Marine, que le dijo: "Vamos pa´ allá, y vas a poder comprar también".

Pa´allá era la zona roja, la calle de la Magdalena, a una cuadra de la Torre del Reloj; un ómnibus nos deja en la esquina.

Halia lo pensó toda la noche. Se levantó temprano y fue a buscar a Luz Marine. Le dijo que estaba lista: "Pero sólo voy de día. De noche, no. A mi familia le digo que trabajo en una casa. Ellos no tienen que saber".

Eran las 10 de la mañana cuando las dos mujeres empezaron a ofrecer sexo en la calle. Bueno, en realidad, Halia no hizo otra cosa que sentarse en una tapia y mirar con ojos desorbitados cómo había muchachas que se meneaban al paso de los hombres, que se bajaban el escote y se subían la pollera. No importaba que fuera temprano. Todo el día hay prostitutas en las calles del barrio de Getsemaní.

Todo era nuevo para ella. Todo le daba mucha vergüenza. Hasta mirar a un señor a los ojos. Menos que menos hacerle una propuesta. "Yo nunca había estado con un hombre que no fuera mi marido. Me parecía imposible estar vendiéndome", dice.

Nadie se le acercó. Cerca del mediodía, Luz Marine quiso darle una mano. Y le trajo a su primer cliente. Un señor de unos 65 años. Después los guió hasta la residencia de la Magdalena, en la calle de la Medialuna. Y al oído le recordó a Halia que le hiciera usar preservativo.

La residencia de la Magdalena es una casa vieja, con una entrada oscura. Tiene una escalera de unos veinte escalones y una reja con candado. La única que tiene la llave es una mujer negra de uniforme amarillo con delantal y guantes blancos que franquea la salida contra el pago de unos dos dólares por un turno. Detrás del ama de llaves casi siempre hay un grupo de chicas -algunas casi adolescentes- despatarradas sobre un sillón.

Halia no se puede olvidar de la primera vez que subió esa escalera. De los ojos de ese hombre que la miraba con lascivia. Entraron en el primero de los cuartos. "Fue en éste", dice, mientras abre la puerta de una oscura habitación de tres por tres. El cielo raso se está descascarando. Hay un ventilador de techo que chilla. Halia cierra y se apoya contra la puerta. Los ojos se le llenan de lágrimas. De agobio y de vergüenza.

Aquella primera vez el hombre le ordenó que se bañara mientras él se desvestía. Ella se bañó, pero cuando salió no quiso sacarse la camisa. Y el hombre se puso violento. Le gritó y la arrojó contra el colchón verde, sin sábanas. Y después hizo con ella lo que quiso hasta que el ama de llaves golpeó la puerta y avisó que acababa el turno.

"Estaba shockeada. Tenía tanto miedo de que me pegara que me olvidé de pedirle el dinero", cuenta, aún consternada.

"Salí y tenía ganas de vomitar. Ese día tuve tres hombres más. A las seis de la tarde tenía 80.000 pesos (unos 35 dólares). Me tomé el bus para Olaya Herrera. Pero me sentía cansada y toda triste.

"Con repugnancia. Lo único que pedí es que si mi marido me veía desde arriba así, que Dios también le hiciera ver que fue por necesidad", cuenta.

Cuando llegó al barrio, se acordó de que no podía entrar en su casa con esa cara. Por más casas que hubiera limpiado, no podía traer ese cansancio. "Me acordé de los pelaos y entré en un mercado y compré comida y regalos para Nochebuena. Compré de todo. Gasté todo el dinero. Bah, casi todo, porque guardé para el pasaje de bus para volver a la calle de la Magdalena al día siguiente."

Rituales de una condenada

Halia lleva más de dos años guardando el secreto. Nadie lo sabe. Sale de su casa a las nueve y vuelve a las siete de la tarde. Normal. Cada mañana, antes de salir, prende tres velas delante de la imagen de San Antonio, "una por cada hijo que Dios me mandó", dice. Pero hay otra verdad. Cada mañana ella inicia una oración interior que nadie escucha. "San Antonio, tres ruegos te traigo", reza mientras enciende la primera vela. "Que hoy mandes hombres que me elijan." Prende la segunda. "Que me protejas del sida." La última. "Y que me muestres cómo salir de la prostitución."

Está cansada de vivir siendo La Mona en Getsemaní y La Mamita en la casa. Desde hace dos años no comulga. Por mucho tiempo ni siquiera se atrevió a pisar un atrio.

"Por nuestra calle pasan hombres de todas las religiones. Los Testigos de Jehová dicen que somos la cara del pecado. Los de la Iglesia Universal nos quieren exorcizar. Los católicos nos traen ropa y comida, pero no nos dejan entrar así vestidas en los templos. Todos nos condenan. Pero nadie nos escucha. Nadie se pone en nuestro lugar".

Sólo hace un año se atrevió a entrar en la iglesia de San Roque, en Getsemaní. Sólo se sentó en el último de los bancos y no pudo dejar de llorar hasta que la misa terminó. No se confiesa ni habla con nadie. Después, toma el colectivo que la devuelve a Olaya Herrera. En el viaje se saca el maquillaje. Se peina con el pelo hacia atrás. Camina las cuadras de tierra pensando que lo hizo por sus pelaos. Abre la puerta, se sacude el polvo, se da una ducha profunda con jabón y con vinagre, sin tocar nada de la casa. Sale y anuncia que en media hora está lista la cena.

En eso estaba una tarde hace dos semanas. Por la calle que baja a la casa de Halia pasó Luz Marine, paseando sus encantos con tacos y la frente en alto, rumbo a la calle de la Magdalena.

La mamá de Halia, que estaba en la puerta, la vio pasar y se le erizó la lengua. "Puta mugre", le gritó. Esa palabra fue como un golpe en el pecho para Halia. Se metió para adentro, como si estuvieran a punto de descubrirla. Se encerró en el baño. Esa noche no pudo dormir. "Si ella supiera. Si ella supiera quién soy yo."

Para saber más

www.desplazados.org.co

www.codhes.org.co

www.red.gov.co/

www.disaster-info.net/desplazados

www.exodo.org.co

Solas y desplazadas

  • Las mujeres son las más afectadas por el desplazamiento forzado en Colombia.
  • El 58,2% de los casi tres millones de desplazados en las últimas dos décadas son mujeres. Y el 32% de ellas son cabeza de familia, según estimaciones de la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento de Colombia (Codhes).
  • El 49% del total de las desplazadas tiene entre 20 y 40 años."En su mayoría fueron abandonadas o son viudas y tienen, en promedio, responsabilidad sobre cuatro hijos",  explica Rubén Darío Guevara Corral, antropólogo de la Universidad del Valle, de Colombia.
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