Hasta el último instante

Guillermo Jaim Etcheverry
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6 de noviembre de 2010  

En el primero de Los nueve libros de la historia relata Heródoto que el filósofo y poeta Solón -considerado uno de los siete sabios de Grecia y gran legislador que estableció las bases de la democracia ateniense- visitó en el siglo VI a.C. los dominios de Creso, rey de Lidia, en la Turquía actual. Al encontrarse con el sabio, el rey, que se tenía a sí mismo como el hombre más feliz del mundo, ya que sus riquezas eran incalculables y la fortuna lo acompañaba en toda empresa que acometía, preguntó a Solón a quién consideraba el ser más dichoso entre tantos que había conocido. Sorprendido por ese interrogante, Solón le respondió que las tres personas más felices que conocía habían vivido en su Grecia natal, y que a todos los había sorprendido la dulce muerte en medio de la plenitud de su dicha.

Creso, disgustado por la respuesta, le preguntó si no creía que él era más feliz que otros hombres puesto que gozaba de una riqueza, un bienestar y un poder ilimitados. Solón le respondió: "En verdad, rey, eres el más rico. Sin embargo, nadie puede decir si serás más o menos feliz hasta el momento en que la muerte te alcance. Nada se decide hasta el último instante. Nadie conoce las alegrías ni las desgracias que acudirán a nosotros, y ninguno sabrá si fuimos buenos o malos hombres ni si vivimos bien o mal hasta que lleguemos al final de la partida".

Tiempo más tarde, la desgracia se anunciaría a Solón: en un sueño, ve morir a un hijo. Poco después, a la desdicha de esa muerte se suma la pérdida de su imperio. Efectivamente, ante el inquietante avance de Ciro II de Persia, Creso envía un mensajero al Oráculo de Delfos, quien le trae como respuesta que, si conduce su ejército hacia el Este y cruza el río Halis, destruirá un imperio. Lo que no advierte Creso es que el destinado a desaparecer es su propio imperio, tras la derrota por los persas en la batalla de Capadocia (546 a.C.) durante la que cae prisionero.

Condenado a la hoguera y recordando lo dicho por Solón, Creso lloró amargamente arrepintiéndose de su soberbia e incredulidad. Su captor, Ciro II el Rey de Reyes persa, sorprendido por el llanto de este hombre que había sido tan grande, quiso conocer la razón de su tristeza. Cuando la supo, ordenó detener el fuego que comenzaba a alimentar la hoguera, pero ya era tarde pues los maderos ardían velozmente. Según relata Heródoto, fue entonces cuando Apolo reparó en Creso y, mediante una copiosa lluvia, lo salvó de morir en la hoguera. Este hecho despertó aún más la admiración de Ciro, que lo hizo objeto de grandes honores. Designado su consejero por el rey persa, Creso vivió feliz el resto de sus días.

Heródoto ejemplifica en esta historia uno de los rasgos esenciales de la existencia humana: la necesidad de la construcción personal y el aprendizaje permanentes en el transcurso de la incierta lucha cotidiana por la supervivencia en una realidad constantemente cambiante. La vida nos enfrenta a renovados obstáculos, a imprevistos que si bien pueden dificultar nuestra existencia son, a la vez, los que la tornan apasionante. Lo que Solón quiso decir al arrogante soberano es que sólo la humildad nos permite intuir la fragilidad de nuestra suerte, lo que nos proporciona la entereza necesaria para afrontar las pruebas a las que nos somete el siempre provisorio devenir de nuestras vidas.

Sin abandonar la antigua Grecia, cabe recordar las palabras de la desesperada Hécuba en Las Troyanas, de Eurípides: "He sido reina y ya ves lo que soy. Nunca llaméis feliz a nadie, por afortunado que parezca, hasta que no haya muerto... Loco es el hombre que se imagina firmemente próspero y está alegre. Porque, en su proceder, la fortuna, como un demente, salta ahora en una dirección, luego en otra, y el mismo hombre nunca es afortunado (o desgraciado...) para siempre". Como lo había expresado mejor Solón: "Nada se decide hasta el último instante".

El autor es educador y ensayista

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