¿Hay crisis? Entonces llamemos a un argentino

Acostumbrados a sobrevivir en escenarios económicos complejos, creativos y ágiles a la hora de adaptarse y tomar decisiones, los ejecutivos locales se destacan en tiempos de recesión global.
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27 de febrero de 2009  • 16:24

Por Esteban Rafele.

En "La verdad sobre el transbordador Columbia", Roberto Fontanarrosa revela que Artemio Pablo Sosa, un argentino que trabajaba como auxiliar de electricidad en la NASA, solucionó con 20 centímetros de alambre una falla técnica en la nave espacial que los más calificados ingenieros no podían eliminar. Así se sienten los ejecutivos argentinos que pululan por las casas matrices de las compañías globales, mientras lo que puede ser la peor crisis mundial desde 1930 amenaza al management de la opulencia. Ellos, que vivieron el colapso de la economía local en 2002 y tantas otras turbulencias, acuden, alambre en mano, a pilotear empresas en picada.

La historia cuenta que, hace dos o tres años, el ejecutivo argentino comenzó a ser cotizado en el exterior. La teoría, dice Germán Vidal, socio de la reclutadora de ejecutivos Korn/Ferry, sostiene desde hace una década o más que el management local es estimado en el mundo por su formación, creatividad y rápida adaptación a los cambios. En la práctica, los líderes nacionales se ganaron un lugar en el mundo después de salvar empresas durante el derrumbe económico de 2002, muchas veces quemando naves para no morir ahogados.

"La crisis provocó una tolerancia a la ambigüedad como en ningún otro lado —explica Vidal—. El ejecutivo logró destacarse por su alta flexibilidad, por tomar decisiones concretas con muchas opciones y poca información —sigue, recordando épocas de cinco presidentes en pocos días, leyes que cambiaban en cuestión de horas y ajuste, mucho ajuste—. Eran tiempos darwinianos: era adaptarse o no sobrevivir." Hoy, muchos de esos ejecutivos que sobrevivieron ocupan posiciones de liderazgo en las casas matrices de empresas multinacionales, como Peugeot, Telefónica e IBM.

Gabriel del Campo vive en Londres desde junio, cuando fue promovido a una de las vicepresidencias de Global Crossing, empresa de outsourcing que adquirió Impsat, donde trabajaba desde 1999. Haber atravesado la debacle local, dice Gabriel, le dio "la calma necesaria para mantener el foco en lo que uno hace, sin estar pendiente de todos los altibajos y malas noticias". La crisis, confía, "puede generar más oportunidades para servicios de outsourcing —tercerización—, que ayudan a las empresas a ser más eficientes con menores costos".

También Edgardo Pappacena, líder de Estrategia Global de PriceWaterhouseCooers, sostiene que lo mejor en tiempos de crisis es abstraerse del subibaja bursátil. "Uno tiene que tener en claro dos o tres cosas en que enfocarse, porque hay mucho ruido en el sistema, y el día a día de los mercados es parte de ese ruido", afirma el egresado de la UBA que, previo máster en Economía en Chicago y viajes por el mundo, se radicó en La Florida y trabaja en Nueva York, bien lejos de las tortitas negras y la fugazzeta que tanto extraña.

Ellos y otros argentinos aprendieron a tomarse la crisis con cierta tranquilidad, como si fuera una falla en el motor que, se sabe, basta con encontrar y arreglar para que todo siga andando como de costumbre. Nada, en definitiva, que no pueda repararse con 20 centímetros de alambre y algo de ingenio criollo.

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