Hay gustos para todas las modas: para ejercer el oficio, hay que investigar

Javier Arroyuelo
Javier Arroyuelo LA NACION
La reina de tailleur; Wintour, floral; editoras, de negro; modelo, de Richard Quinn. Londres, 2018
La reina de tailleur; Wintour, floral; editoras, de negro; modelo, de Richard Quinn. Londres, 2018
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2 de febrero de 2020  

En cuestiones de apariencia, sin subjetividad no hay estilo, es decir, la señal visual y gestual propia que cada cual se crea para presentarse ante el mundo.

Cuanto más subjetiva sea la elección de lo que nos ponemos, cuanto más personal y sanamente autorreferencial, o sea, cuanto menos dependa de la moda, mejor luciremos y nos sentiremos, mayor onda tendremos, pinta más luminosa, más wasabi. Vestir lo que nos gusta, no lo que se usa, es saludable y provechoso, así se trate de una gorra a cuadros con pompón.

Pero he aquí que esa misma subjetividad estorba, y resulta especialmente inadecuada cuando se trata de mirar la moda, con ojo crítico, desde el oficio de la crónica.

Sin embargo, quien recorra las cuantiosas páginas y pantallas internacionales dedicadas a la moda tendrá la ocasión de tropezar con los egos de no menos cuantiosas opinólogas de ambos sexos, dando cátedra, bochando y aprobando todo lo que pasa ante sus ojos, a partir, meramente, de sus predilecciones personales.

En la burbuja de los países centrales de la moda, imperio de las corporaciones, la compra de voluntades es moneda corriente. Por lo cual, suele suceder que la opinión emitida con supuesta sinceridad es, al contrario, interesada. Mención particular merece la sección local de esta conjura de petulantes, que se expresan amparándose en un buen gusto que en sus propios looks brilla por su ausencia.

Así como llenar una planilla no conduce inevitablemente a escribir novelas, tampoco el hecho de vestirse cada día para salir a la vida no basta, por más tarjeteo y empeño que se ponga en ello, para decretar si tal diseñadora es una genia o tal estrella una despistada.

Por tentador que resulte afirmarlas, tales verdades deben ser sustentadas con argumentos válidos. Para ejercer el oficio, ante todo, hay que ampliar el vocabulario. Estudiar historia, y no solo del traje. Investigar a los pensadores que esclarecen la sociedad contemporánea, aun desde el pasado. Y cultivar a Thomas Piketty, también. Sin exagerar, desde ya. No es tampoco cuestión de apilar parciales en tres facultades a la vez: los discursos académicos sobre la moda, tan de moda en el Norte, no son más que una tendencia, incluso allá.

La prensa financiera constituye una lectura obligada. Las páginas económicas de los grandes títulos internacionales. La Bolsa y la moda van de la mano.

La literatura de los siglos recientes, el XIX y el XX, cuando se elaboró la moda tal como la conocemos, alberga un tesoro de cuentos y novelas en los que la apariencia, la belleza, la sensualidad, la figuración social, la pulsión de ostentación, el vértigo de la frivolidad, de los que la moda es parte necesaria, es empleada como factor brillante, potente, seductor, corruptor, o aun trágico.

Las reverberaciones múltiples de la moda, en los tiempos, en la historia colectiva, exigen que, para narrarla, la crónica se fuerce a ser objetiva. Hay modas para todos los gustos o, si se prefiere, gustos para todas las modas.

Cuando desfilan ante nuestra mirada los modelos de una colección, corresponde encontrar a quiénes, cada uno de ellos, podría estar destinado. Es con respecto a las aspiraciones, las expectativas, los deseos de la otra gente que se puede medir si la propuesta es válida o falla. Se trata, en suma, de sentir el gusto de las otras y los otros.

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