Hechos de madre

Guillermo Jaim Etcheverry
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19 de octubre de 2003  

¿En qué oscuro cajón estarán aquellos versos que escribía cada Día de la Madre? ¿Dónde habrán ido a parar las nomeolvides que intentaba dibujar en mis cuadernos? En fin, ¿dónde encontrar a mi madre? Hallarla no es tarea difícil. Porque las madres habitan para siempre el interior de sus hijos. Ellos son sus madres. En realidad, cada uno de nosotros está hecho de madre. Problema central en la reflexión humana, el de la madre es, sobre todo, tema esencial de la vida. Tal vez un modo de encarar la imposible tarea de escribir sobre una presencia tan escrita sea analizar su papel como introductora de los niños a una cultura.

Esta dimensión docente constituye una de las tantas facetas, sin duda no la menos importante, de la influencia de la madre en la vida de cada uno de nosotros. Es que, además de asumir la responsabilidad por la existencia de nuestros hijos, los seres humanos debemos adentrarlos en un universo de significaciones que estaba allí antes que ellos llegaran, en el que transcurrirán sus vidas y que persistirá después de su muerte.

Mundo y familia no siempre coinciden. El lugar seguro para el desarrollo del niño es el espacio privado de su hogar, que lo protege del mundo. Cuando el niño queda fuera del cobijo de ese ámbito privado está expuesto, peligra su seguridad. Como no conoce el mundo, debe ser introducido gradualmente en él. Ese proceso de iniciación, que comienza en la familia y en el que cabe a la madre un papel central, se prolonga en el ámbito prepúblico que es la escuela. Allí, los adultos asumen una nueva responsabilidad con relación al niño: la de estimular el libre desarrollo de sus cualidades y talentos específicos. Si bien nunca antes estuvo en el mundo, el niño no es un mero extraño en él porque está en disposición de incorporarse.

Los padres, las madres sobre todo, son los responsables de poner a sus hijos en posesión de esa herencia que les corresponde. Posiblemente el siglo XX marque el momento en que el ser humano deja de pensarse a sí mismo como heredero. Ya no advierte que, sin herencia, no se puede acceder a una verdadera existencia individual. Vivimos en la ilusión de creer que la persona logra su libertad renegando de toda atadura con su pasado. Por eso, se rechaza la noción misma de conservación, a la que la madre está indisolublemente ligada. Sin embargo, una sociedad capaz de proyectar su propio futuro no puede renunciar a la tradición, la madre, que es a la que debe la posibilidad misma de ese futuro. Por eso, hoy necesitamos más madre que nunca.

Esta voluntad de incorporarlos a la tradición -la lengua, las costumbres, el saber- que se inicia en el seno de la familia confirma que amamos a nuestros hijos tanto como para no arrojarlos al mundo librados a sus propios recursos. Demuestra que los respetamos lo suficiente como para no negarles la oportunidad de conocer lo que ha logrado hacer el ser humano como modo de develarles lo que ellos mismos son capaces de hacer, fundamento para la tarea de renovar un mundo sobre cuyo destino tenemos una responsabilidad común. Detrás de esta introducción a la fascinante experiencia de vivir, sobrevuela la sombra omnipresente de la madre. Marchitas las nomeolvides, extraviados aquellos versos, ahora descubrimos y celebramos su presencia a cada instante en los actos de nuestras vidas porque, en lo esencial, hechos estamos de madre.

El autor es educador y ensayista

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